lunes, 12 de diciembre de 2016

SOCIALISMO 25 AÑOS DESPUES (II)

Jorge Gómez Barata 

Como cualquier proyecto de dimensiones globales, el socialismo de matriz marxista no era un plan perfecto, sino que vino al mundo con defectos de génesis. El principal fue la creencia de que para establecer estándares de justicia social, democracia, y paz, era necesario enmendar el curso de la historia y construir una nueva sociedad.

La desmesura de aquella percepción conllevó a la crítica, a veces nihilista, y al rechazo de prácticamente todas las estructuras económicas, políticas, sociales y culturales vigentes, y motivó gigantescos esfuerzos para sustituirlas. Así surgió la necesidad de una nueva economía, nuevas nociones jurídicas y una institucionalidad estatal diferente, una nueva moral y una ética renovada. Incluso se entronizó la idea de que era posible prescindir de la fe y de las religiones.  

A partir de esas premisas, basadas en el monopolio estatal de la gestión social y en la exclusividad ideológica, como parte de una gigantesca improvisación, en el antiguo imperio de los zares, uno de los estados más atrasados de Europa, arruinado por la Primera Guerra Mundial, y acosado por la hostilidad de todas las potencias de la época; los bolcheviques intentaron la utopía de construir un mundo nuevo. Así nació la Unión Soviética, una arquitectura estatal, social, política y cultural avanzada, aunque imperfecta.

Sin embargo, no fueron aquellas imperfecciones ni las improvisaciones quienes, setenta años después provocaron el colapso de una superpotencia que desde el exterior no podía ser derrotada. El fin de la Unión Soviética fue resultado de la incapacidad de sus líderes para percatarse de los defectos estructurales del proyecto, subsanarlos a tiempo, e impedir que la práctica incorporara otros. Faltó audacia y determinación para rectificar y cambiar lo que debía ser cambiado.

Aunque existen antecedentes acerca de tempranos debates asociados a la necesidad de rectificaciones, protagonizados principalmente por Lenin y Trotski, y está registrado el intento de Lenin de introducir un vasto programa de reformas denominado Nueva Política Económica (NEP); el primer punto de inflexión que debió provocar un viraje en la conducción de los asuntos políticos internos y una remodelación del sistema político en la Unión Soviética fue el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética efectuado en 1956.

El Informe Secreto presentado en ese evento por Nikita Kruzchov, reveló inéditas deformaciones que condujeron a graves y masivas violaciones de la legalidad, que ampararon crímenes que dejaron perplejos a los delegados y al pueblo soviético. No obstante, lejos de profundizar y atacar las causas de aquellos fenómenos, se cubrieron con el eufemismo del “culto a la personalidad”. El Partido, que tuvo lucidez para encarar aquella situación, le faltó determinación para conducir una rectificación.

En el plano de la política interna, no así en la exterior, las administraciones de Nikita Kruzchov (1953-1964), y Leonid Brézhnev (1964-1982), se caracterizaron por el inmovilismo, en total 29 años perdidos, en los cuales, a pesar de reconocer la necesidad de las reformas, faltó voluntad política para realizarlas.

El resto de la historia es conocido. Andropov, y en menor medida Chernenko, aunque tímidamente, intentaron introducir ciertos cambios, pero entre otras cosas la vida no les alcanzó. Entró en escena Gorbachov, pero, probablemente ya era tarde.

El sistema político soviético y el partido carecieron de capacidad para enrutar las reformas, el proceso no pudo ser bien administrado, se entronizó el caos, y llegó el colapso del que ahora se cumplen 25 años. Luego les cuento más. Allá nos vemos.

La Habana, 11 de diciembre de 2016

*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente


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