miércoles, 14 de diciembre de 2016

SUMAS Y RESTAS

Jorge Gómez Barata

En el presente mes de diciembre se cumplen 25 años del colapso de la Unión Soviética y dentro de unos días comenzará el año del centenario de la Revolución Bolchevique de 1917. Se trata del principio y del fin del más audaz proyecto revolucionario alternativo emprendido por la izquierda. Una difícil y heroica transición del capitalismo al capitalismo.
   
Reflexionar sobre ambos hechos históricos no es un divertimento diletante, sino una necesidad para blindar los proyectos socialistas presentes y futuros para evitar, no solo la repetición de los errores cometidos allí, sino la vigencia de estereotipos y mitos que contribuyeron al desastre.

Una de las más graves confusiones teóricas inducidas por la lectura errónea del marxismo fue la creencia de que el socialismo implantado en la Unión Soviética, en China y en Europa Oriental, constituía una nueva formación económica y social, formaba parte de la evolución de los sistemas sociales y era irreversible.

Tal vez esa creencia, reforzada por el apoyo popular al socialismo y las extraordinarias muestras de heroísmo masivo de los pueblos de la Unión Soviética, impidieron que se percibieran los defectos estructurales del sistema y no se corrigieran mediante oportunas reformas. En este caso se cumplió el proverbio de que los arboles impiden ver el bosque. En parte, la Unión Soviética puede haber sido víctima de su propio autoengaño.

Ello explica porque a Mijaíl Gorbachov no le fue difícil convencer al estamento político soviético de la pertinencia de las reformas y porque, aunque no fueron convocados, los pueblos de la Unión Soviética las acogieron con más resignación que apoyo y finalmente no se movilizaron para impedir el desenlace.
  
Tal vez las reformas en la Unión Soviética terminaron por donde pudieron comenzar. La flexibilización para atenuar las contradicciones nacionales, el perfeccionamiento y la descentralización de las estructuras políticas, la apertura y diversificación económica, la separación del partido y del estado y la democratización de la sociedad, estaban más allá del pensamiento de la época y de las posibilidades del estamento político soviético.

Al partido cuya insuperable audacia hizo historia, le faltó lucidez y determinación para reformar su propia obra. No puede decirse que le faltó autoridad y capacidad de convocatoria porque ni siquiera trató de ejercerla.  

Sobre aquella zaga de la que Vladimir Putin no ha sido esclavo, pero de la que tampoco ha renegado, Rusia ha conseguido prácticamente lo mismo que la Unión Soviética solo que en menos tiempo y con un precio incomparablemente menor. En lo interno la fórmula de capitalismo de estado con institucionalidad, economía de mercado y democracia liberal cooptadas por el predominio de un estado firmemente establecido, encabezado por un liderazgo, aunque autoritario legitimado en las urnas, expone un modelo interesante.

En el ámbito exterior, aunque sobre otras bases, Putin ha logrado reconstruir la alianza con China y, como antes lo fue la URSS, apoyada en la cohetería, en el asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU y en otras alianzas Rusia, más que una piedra en el zapato, es un obstáculo para la consumación de la hegemonía planetaria de los Estados Unidos.

Obviamente en la Rusia de hoy no están presentes las virtudes de la Unión Soviética, aunque tampoco sus defectos. No asume las obligaciones internacionales de aquel poderoso estado, pero tampoco es indiferente. No vuelan allí mirlos blancos, pero no existe el capitalismo mafioso y salvaje entronizado bajo Yeltsin y se asoman los perfiles de paz social, democracia y bienestar característicos de otros proyectos europeos avanzados.

El empeño bolchevique y lo mejor de la ejecutoria soviética no son el fantasma comunista que a mediados del siglo XIX recorría Europa, pero tampoco una página vuelta. La Unión Soviética no puede revivir, pero quizás el espíritu que la alentó no yace bajo sus escombros. De ahí los enigmas y expectativas. Allá nos vemos.

La Habana, 13 de diciembre de 2016

*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente


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