lunes, 19 de diciembre de 2016

UN DIA DE DICIEMBRE Y… 70 AÑOS DESPUES…

Jorge Gómez Barata

Durante setenta años, con particular agresividad durante la Guerra Fría, la destrucción, derrota o neutralización de la Unión Soviética fue la más importante y difícil meta del imperialismo, que empleó cuantos recursos económicos, políticos y militares pueden ser imaginados. Nunca nadie sospechó que sin un disparo, hace ahora veinticinco años, les sería entregada por quienes juraron y perjuraron defenderla.

Con argumentos, buenos para unos y discutibles para otros, los bolcheviques decidieron mantener unido el antiguo imperio de los zares. En esa línea, en diciembre de 1922, representantes de tres estados firmaron el tratado Constitutivo de la Unión Soviética.

Setenta años después, en 1991, los líderes de Rusia, Bielorrusia y Ucrania, suscribieron otro acuerdo que disolvió el mega estado creado por los bolcheviques, que ocupó una sexta parte del planeta. La Unión Soviética dejó de existir. La primera vez no hubo referendo ni consultas, la segunda tampoco, aunque en esta ocasión probablemente existiera una conspiración. 

Veinticinco años atrás, en medio del caos y el desconcierto, en occidente Mijaíl Gorbachov fue loado como héroe por liquidar el poder soviético, mientras la izquierda lo condenó al atribuir aquel desenlace a las reformas emprendidas en 1985. En el primer caso se trató de una manipulación, y en el segundo de un equívoco.

Quienes culpan a las reformas del colapso en la Unión Soviética, minimizan las responsabilidades de los líderes y las instituciones que, durante sesenta años, carentes de visión practicaron el inmovilismo, y no tuvieron la determinación necesaria para rectificar o perfeccionar el sistema.

Antes y después de la toma del poder los debates políticos sobre temas fundamentales para el partido y el país, incluyendo la autocrítica y la necesidad de rectificar e introducir reformas eran frecuentes; en el seno de la dirección bolchevique se asumían con normalidad, se ventilaban en conferencias y congresos, y encontraban espacio en la prensa del partido. Aquel ambiente fue cancelado por la muerte de Lenin y el ascenso de Stalin al poder.

En 1956 el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética realizó una profunda critica a los errores cometidos por Stalin, pero falló al considerar que bastaba con emplazar al líder muerto, sin reconocer que tales errores fueron posibles, entre otras cosas, por la ausencia de democracia en el partido, las estructuras políticas, y la sociedad, y por no proceder a la necesaria rectificación.

A la justa crítica del partido, sucedieron otros 29 años en que bajo la conducción de Kruzchov y Brezhnev, en la política interna prevaleció el inmovilismo que desconoció la necesidad de reformas estructurales, y permitió que los problemas económicos, políticos y sociales se profundizaran hasta volverse insolubles en los marcos del sistema.

El resto de la historia es conocida. La Unión Soviética, Rusia y otros veinte estados surgidos de la disolución de la URSS se volvieron permeables a la influencia occidental, y se sumaron a los estados ex socialistas de Europa Oriental, y adoptaron el capitalismo salvaje como sistema social. De ese modo el estatus político global se desequilibró, y la hegemonía norteamericana fue más opulenta que nunca antes.

No obstante, veinticinco años después del fin de la Unión Soviética y de la Guerra Fría, el mundo no es un lugar más seguro, no se perciben perspectivas alentadoras para conjurar los grandes problemas nacionales y solucionar los asuntos globales. No es posible recomenzar donde terminaron los bolcheviques. Se necesitan nuevas ideas y otros caminos. Ahora como entonces la pregunta es la misma: ¿Qué hacer? Allá nos vemos.   

La Habana, 17 de diciembre de 2016
  
*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente


No hay comentarios:

Publicar un comentario