martes, 31 de enero de 2017

Decreto Trump: una estudiante iraní relata su expulsión de EEUU

Sara Yarjani fue registrada y deportada tras cuatro horas de espera e interrogatorios en Los Ángeles, donde regresaba de unas vacaciones en Canadá para reanudar sus estudios

Manifestantes protestan contra la orden antiinmigración decretada por Trump, en Washington, el 30 de enero. AFP / SAUL LOEB

EL PERIÓDICO  -  AFP / LOS ÁNGELES
MARTES, 31 DE ENERO DEL 2017 - 14:18 CET

Sara Yarjani creía que pasaría los controles sin problemas, como siempre, al llegar el pasado viernes al aeropuerto de Los Ángeles: esta estudiante iraní no tenía ni idea del caos que se iba a desencadenar por el decreto antiimigración de Donald Trump.

Ignoraba que 23 horas después, sería expulsada y se convertiría en una de las primeras víctimas de un decreto firmado aquel mismo día por el nuevo presidente norteamericano, prohibiendo temporalmente la entrada a EEUU a los ciudadanos de siete países de mayoría musulmana, entre ellos Irán.

Sara, que se entrevistó el lunes con AFP en Viena, donde posee el estatus de residente permanente, explica que su calvario empezó poco después de aterrizar su avión en la noche del viernes, cuando el decreto de Trump entró en vigor, sin que ella lo supiera.

"Había estado de vacaciones en Canadá para ver a mi hermana antes de ir a Austria y regresar para continuar el curso", cuenta esta joven de 35 años, diplomada universitaria y estudiante de salud integral en el California Institute for Human Science, situado al norte de San Diego.

"No esperaba en absoluto ser detenida. Ya había entrado muchas veces en este país y siempre me habían tratado muy bien", continua. "Cruzaba habitualmente los controles aduaneros en pocos minutos".

CONTRA LA PARED

Esta vez, comprendió rápidamente que las cosas habían cambiado. El agente de inmigración al que había mostrado el pasaporte se lo guardó y la llevó a una sala de espera, donde la pusieron contra la pared, con los brazos arriba, y la sometieron a un registro corporal practicado por dos mujeres policía que le daban órdenes a gritos. Le exigieron que se quitara el pañuelo, las joyas y los cordones de los zapatos. Y luego dejar el dinero que llevaba encima y el teléfono móvil.

Más tarde le devolverían sus efectos personales. Pero antes tuvo que sufrir cuatro horas de espera y de interrogatorios, con la prohibición de hacer o recibir ninguna llamada. Un policía que le dijo que su visado de estudiante ya no era válido le obligó a firmar un formulario por el cual aceptaba su expulsión.

DOS OPCIONES

"El policía me dijo 'tienes dos posibilidades: o aceptas y estás de acuerdo en marcharte por tu cuenta... o serás expulsada a la fuerza a riesgo de que se te prohíba regresar a EEUU en un período de uno a cinco años o más", recuerda. "El agente se expresó en un tono muy amenazante y sentí que no tenía elección".

Fue poco después de la medianoche, cuando le autorizaron a telefonear brevemente a su hermana para informarle de su expulsión, cuando Sara se percató del desorden que reinaba en los aeropuertos estadounidenses a causa del decreto antiinmigración. "Llegué a Los Ángeles a las 20.53 horas y me marché a las 19.30 del día siguiente", recuerda la joven.

Mientras que dos policías armadas la escoltaban hacia su vuelo de regreso a Europa, pudo echar una ojeada rápida al móvil y ver que una juez había parcialmente bloqueado la aplicación del decreto. "Le dije a una de las policías que una juez había resuelto contra el decreto (...) y que no debería estar en el avión, pero todo lo que me dijo fue 'ah, genial', ordenándome que siguiera adelante", explica.

TRISTEZA EN AUSTRIA

De vuelta a Austria con sus padres, Sara todavía trata de entender lo sucedido y determinar qué hacer. Se le rompe la voz explicando que se siente totalmente confusa: "Por un lado, me siento aliviada de no estar detenida, pero por otro, estoy realmente triste porque me gustan mucho mis estudios". "He trabajado muy duro durante un año y medio y ha sido muy complicado poder estudiar allí una carrera que realmente me apasiona".

Sara subraya que se ha sentido muy apoyada por los responsables de su universidad, inquietos por su situación, y que abogados de la Unión Americana de las Libertades Civiles (ACLU, en sus siglas en inglés) le han ofrecido su ayuda.

"Impedirme la entrada en el país donde curso mis estudios no tiene ningún sentido", comenta Sara, que tenía previsto conseguir su diploma el próximo verano. "Me trataron como si hubiera cometido un delito", se sorprende. "No creo que seguir mis estudios para ayudar a la gente sea un crimen que merezca la expulsión", concluye.


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