miércoles, 18 de enero de 2017

¿ES DONALD TRUMP IMPREDECIBLE?

Jorge Gómez Barata

La respuesta es no. Probablemente Donald Trump sea el más predecible de los políticos contemporáneos, tal vez porque no es un político. Dice lo que piensa y, en la medida en que se lo permitan, hará lo que dice. En caso de error, el equívoco no es suyo, sino de quienes lo eligieron. La idea de que las masas nunca se equivocan es ficción.

Sus proyectos no son tan errados como extemporáneos. En la época de Luis XIV hubiera sido un ministro de economía tan bueno como Colbert, y podía haber colaborado con George Washington en el diseño de las políticas aislacionistas. En tiempos de la economía global sus propuestas no son viables. La idea de que la globalización puede ser revertida, o que una guerra comercial con China, Europa, y Japón puede ser ganada, es algo suicida.

Los temores de que impulsando una reforma sin plan, metas, ni límites, Donald Trump pueda conducir al capitalismo americano y a los Estados Unidos a un caos letal como el que Gorbachov y Yeltsin llevaron a la Unión Soviética, no tiene en cuenta que las instituciones estadounidenses están en capacidad de impedirlo. La preservación del sistema es el límite o línea de no retorno que en la URSS no funcionó.

Las mismas estructuras que impidieron a Barack Obama realizar acciones que a muchos les parecían razonables y justas, como aplicar reformas migratorias y de salud, cerrar la prisión de Guantánamo, y levantar el bloqueo a Cuba, probablemente impidan a la nueva administración impulsar políticas obviamente erradas.  

Quizás lo que muchos observadores no comprenden es que Donald Trump y sus millones de seguidores son un resultado de procesos internos, específicos de la evolución de los Estados Unidos, que obtuvieron un éxito económico relampagueante y una estabilidad política que soportó todas las pruebas, sin resolver problemas sociales como el del racismo, la pobreza, y la desigualdad, y sin crear salvaguardas que impidieran que la codicia y los intereses del capital prevalecieran sobre los de la sociedad.

Tal vez Trump tenga razón al plantearse que la desregulación que acompañó la entronización de un neoliberalismo de perfiles fundamentalistas, concedió al capital financiero y a los bancos un protagonismo desmedido que condujo a la crisis financiera, y que para maximizar las ventajas de la globalización, contribuyó a procesos económicos negativos para la población de los Estados Unidos, especialmente para la clase obrera que votó a Trump, pero también aplaudió a Bernie Sanders, que desde su enfoque socialista democrático ofreció a Trump apoyo crítico.

Un problema que suele acompañar a los enfoques de los reformadores políticos radicales de cualquier signo, incluidos los revolucionarios, es que en ocasiones identifican correctamente los problemas, establecen diagnósticos atinados, pero dan malas respuestas. Sobre todo, cuando creen poder resolver con voluntarismo, lo que solo puede ser producto de dinámicas sociales y económicas evolutivas.

En este empeño, no pocos han incurrido en la paradoja de los bárbaros que conquistaron Roma, y fueron capaces de destruir un orden que no podían sustituir.

Donald Trump no carece de posibilidades para comprender que, en la era global, los grandes problemas sociales, nacionales e internacionales, los relativos a la economía local y mundial, las relaciones con los vecinos, aliados, y adversarios, los fenómenos del comercio, la cultura, las ciencias, las migraciones y otros, son multifactoriales y complejos. Ninguno puede ser enfocado de modo unilateral ni resuelto a la tremenda.

En el mundo global ningún país, ni siquiera Estados Unidos, puede obrar solo y menos contra todos los demás. Allá nos vemos.

La Habana, 18 de enero de 2017

*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   


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