martes, 3 de enero de 2017

SOLAVAYA*

Jorge Gómez Barata

El fallecimiento de Fidel Castro bastaría para calificar a 2016 como un año aciago para América Latina. Es así para los sectores populares que lo apoyaron y admiraron, y son los únicos a los que puede irles mal. A las élites, especialmente económicas, nunca les va mal.

A la desfavorable situación económica derivada de la disminución de la demanda de materias primas, productos semielaborados, alimentos, principalmente soya, trigo, carnes, piensos y otros, debido a la crisis económica y al desempeño de la economía china, la caída de los precios del petróleo, las devaluaciones monetarias y la reducción de la inversión extranjera, entre otros problemas de esa índole; se sumaron importantes fenómenos políticos negativos.

El año que concluye puede marcar o no el fin de un ciclo, pero lo cierto es que el avance de las fuerzas progresistas y de la izquierda no solo fue frenado, sino en algunos casos revertido. Así ocurrió en Argentina y Brasil, y en los desfavorables resultados electorales de Venezuela y Bolivia.

En Venezuela el éxito electoral permitió a la oposición obtener mayoría en la Asamblea Nacional, y de ese modo apoderarse del poder legislativo, iniciando una etapa de inestabilidad política y conflictividad social que favorece las acciones nacionales y extranjeras contra el gobierno bolivariano. En Bolivia el revés sufrido por el presidente Evo Morales en el referéndum del pasado 21 de febrero, en principio, impide su postulación para una nueva reelección.

En Brasil y Argentina, dos de los países económica y políticamente más influyentes de Sudamérica y pilares del proceso de integración en la región, a la derecha no le ha bastado con desplazar del poder a los gobiernos populares, sino que ha desplegado una intensa persecución política, judicial y mediática contra los líderes de esos movimientos, en particular los expresidentes, Lula, Dilma Rousseff y Cristina Fernández, a quienes amenazan con juzgar y presumiblemente enviar a la cárcel.

En estos y otros países los eventos políticos negativos para la izquierda han traído como consecuencia graves costos sociales para las mayorías, expresados en la cancelación de políticas sociales destinadas a proteger o beneficiar a los sectores más desfavorecidos y vulnerables, el incremento del desempleo y el encarecimiento del costo de la vida.

Las únicas buenas noticias han sido la victoria electoral del sandinismo, que logró frenar la tendencia a la derechización, y también los acuerdos de paz en Colombia.

Para México, segunda economía latinoamericana, las cosas no han marchado bien. Las reformas aplicadas por el presidente Enrique Peña Nieto no han resultado exitosas en prácticamente ninguna esfera, y son particularmente rechazadas en los ámbitos económicos, energético, y educativo y, hasta donde se puede apreciar, la lucha contra la violencia y la delincuencia parece una batalla perdida.

A los desfavorables resultados económicos y políticos y las perspectivas desalentadoras para 2017, se suma la incertidumbre para todo el continente, especialmente para México, Venezuela y Cuba, por la elección de Donald Trump, cuya administración presagia, como mínimo, nuevas tensiones.

No obstante los malos augurios, es preciso conservar la esperanza, luchar y confiar en que la Providencia asistirá a los más necesitados y vulnerables. En cualquier caso, el advenimiento de un nuevo año es un momento propicio para entonar alabanzas.

Mientras redactaba estas notas, Abdón, amigo, hombre de fe, conocedor de las escrituras y la doctrina, y profundamente optimista, me recordó un pasaje del evangelio de San Lucas, que refiere el momento cuando en la remota Belén vino al mundo el niño Jesús, una frágil e indefensa criatura, expuesta a todos los peligros pero saludada por un coro celestial.

Entonces se escuchó un cántico que, por toda la eternidad, acompaña a la humanidad: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres…” Bienvenidos sean los tiempos nuevos para, otra vez, luchar y vivir en ellos. Allá nos vemos.

La Habana, 31 de diciembre de 2016

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⃰* Expresión de origen gitano que llegó con los españoles a América. Es una palabra a la que se atribuyen poderes intrínsecos para alejar malos espíritus, prevenir desgracias, y contrarrestar “mal de ojos”. En algunos lugares se nombra “Sola vaya” a una especie de fiebres. 

Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   


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