lunes, 16 de enero de 2017

WASHINGTON Y MOSCÚ. AYER Y MAÑANA

Jorge Gómez Barata

En el caso de que Donald Trump socialice con Vladimir Putin, no debutaría al intimar con un inquilino del Kremlin. Antes lo hicieron Franklin D. Roosevelt con Stalin, Reagan con Gorbachov y Bill Clinton con Yeltsin. En 1972, Richard Nixon se convirtió en el primer presidente estadounidense en viajar a la Unión Soviética.

La relación personal más significativa fue la sostenida entre Roosevelt y Stalin que, junto a Winston Churchill, forjaron la coalición aliada durante la II Guerra Mundial. Muchos se sorprenderían al conocer que aquel aristócrata neoyorquino le prodigaba afectos a Stalin con el que intercambió más de trescientas cartas y mensajes y a quien dispensaba el tratamiento de: Mi querido señor Stalin".

La primera de las misivas del presidente le fue entregada al líder soviético el 26 de junio de 1941 por Harry Hopkins y la última fue escrita por Roosevelt el 12 de abril de 1945, horas antes de morir.

Cuando Roosevelt, Stalin y Churchill decidieron reunirse, aunque físicamente débil por la poliomielitis que padeció, abordó un buque de guerra y se desplazó hasta la remota Teherán, un lugar al que Stalin, reacio a viajar y a subir a un avión, podía llegar en tren. Finalmente, el 28 de noviembre de 1943, en la capital persa, se encontraron personalmente.

Al llegar a Teherán, el extenuado Roosevelt fue informado que el contraespionaje soviético había descubierto un complot alemán para asesinarlo junto a Stalin y Churchill. Debido a esta circunstancia, el presidente decidió alojarse en la Embajada de la URSS, lo cual desagradó al premier británico, perturbó a los órganos de inteligencia estadounidenses y complicó la labor del Servicio Secreto encargado de su protección.

La muerte de Roosevelt, antes de concluir la guerra, sin haber concretado acuerdos específicos con la Unión Soviética, lo cual formaba parte de su agenda, abrió una era de hostilidad política estatal y personal conocida como Guerra Fría. No obstante, desde el fin de la II Guerra Mundial en 1945 y el ascenso de Mijaíl Gorbachov que, en 1985 inicio de las reformas en la Unión Soviética, hubo alrededor de una decena de encuentros cumbres entre ambas superpotencias.

Después de la disolución de la Unión Soviética en 1991 entre Estados Unidos y Rusia, autoproclamada heredera de la Unión Soviética, se inició una especie de “luna de miel”, derivada de la actitud complaciente de Boris Yeltsin que hizo a Washington cuanta concesión le fue demandada, la mayoría de ellas gratuitamente. Esa situación comenzó a cambiar con la llegada al poder de Vladimir Putin en el año 2000.

Por razones asociadas al renacimiento económico, el fortalecimiento del potencial militar y el protagonismo internacional de Rusia y sobre todo por las crisis en Ucrania, Crimea y Siria, a las sanciones de los Estados Unidos y la visible falta de química entre Barack Obama y Vladimir Putin, los contactos entre ambos mandatarios se han agriado ostensiblemente.

Nadie sabe cómo el hasta ahora impredecible Donald Trump, encaminará sus relaciones con Putin y de Estados Unidos con Rusia. Si ello sirviera a la causa de la paz y la seguridad internacional, y a la solución pacifica de las diferencias de los conflictos, sería un aporte. De otra manera el pronóstico es reservado. Allá nos vemos.

La Habana, 16 de enero de 2017

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** Susan Butler. Correspondencia entre Roosevelt y Stalin 


Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   


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