sábado, 11 de febrero de 2017

DE AYER A HOY

Jorge Gómez Barata

En el siglo XXI a la política se sumaron el colapso soviético y el fin de la Guerra Fría, la globalización, la emigración y el auge de la democracia. Se excluyeron la lucha armada y las revueltas, y perdieron vigencia las huelgas obreras. El auge del terrorismo sumó nuevas percepciones.

A la vez las contiendas electorales, las acciones institucionales y los movimientos sociales, elevaron su preponderancia, y los enfoques ideológicos se tornaron irrelevantes. Las tecnologías de la comunicación y las redes sociales en lugar de incentivar el activismo político, lo reducen. La generación del milenio o “nativos digitales” dispone de más información, pero la usa menos. Los jóvenes no son más politizados sino al revés.

La política se hizo menos idealista y las utopías se descontinuaron. Hay quienes creen en ellas, pero lo hacen sin correr riesgos. Nadie va a la cárcel por liberal o comunista, y con Fidel Castro dijo adiós el último de los líderes. La política no emociona, y nadie necesita la prensa o la literatura clandestina. De haber existido INTERNET Lenin podía haber incendiado Europa, pero los tanques del Pacto de Varsovia no habrían rodado por Praga, el mayo francés fuera universal, y quizás no tendríamos que lamentar la matanza en Tlatelolco.
  
La globalización es un fenómeno económico y tecnológico, y también cultural con fuertes acentos políticas. La formación de cadenas productivas a nivel mundial, los avances en las comunicaciones telefónicas, el acceso a Internet, y la participación en las redes sociales, la generalización de la televisión satelital, el crecimiento del comercio internacional y los tratados de libre comercio, permiten a países pobres consumir productos pensados para mercados desarrollados. El conjunto ha eliminado fronteras y atenuado diferencias.

Por otra parte, las transferencias culturales desde los países desarrollados, principalmente Estados Unidos, han ampliado los horizontes de las personas, con especial impacto en las clases medias y la juventud. El conocimiento de los niveles de confort, los estilos de vida y las libertades de que se disfruta en las naciones desarrolladas, despiertan no solo admiración, sino afanes de alcanzar tales estatus. Aunque por razones ideológicas la izquierda tiende a criticar esos fenómenos, políticamente se beneficia de ellos. 

La cuestión de la emigración, que en Europa muestra trágicos perfiles, y en los Estados Unidos da lugar a algunas posiciones extremas, está presente también en países emergentes como México, Brasil, Argentina, India y otros, que lidian con ella sin grandes traumas. Los efectos económicos y demográficos, tanto en los países emisores como en los receptores, a corto plazo no son dramáticos. En general unos y otros ganan más de lo que pierden. 

El auge de la democracia ha traído beneficios netos para la izquierda, lo cual es particularmente notable en América Latina, donde en las últimas dos décadas han gobernado una docena de gobiernos de perfil avanzado que, con altas y bajas; han logrado cambios irreversibles de profundo impacto político y social.

Al desarrollo económico, la disminución de la pobreza, y el acceso a los bienes del progreso, se suman formidables avances políticos, aceptable evolución de los procesos de integración económica y concertación política en foros multilaterales y regionales.

Lamentablemente estas tendencias positivas son estorbadas por las acciones imperialistas, en particular por las intervenciones y las guerras estúpidas, que además de ocasionar profundos daños materiales, dilapidar cuantiosos recursos, y provocar crisis humanitarias, desvían a algunos pueblos y regiones del curso natural del progreso.

No obstante, las profundas desigualdades en el acceso a la riqueza social, numerosos asuntos puntuales, eventos críticos, situaciones tensas y crisis como las de Ucrania, Siria y otros países del Oriente Medio, las cuales provocan inconformidades y obligan a luchar definitivamente; en el siglo XXI el vaso se ve medio lleno. Allá nos vemos.

La Habana, 11 de febrero de 2017

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 *Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   


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