viernes, 10 de febrero de 2017

ESTADOS UNIDOS PRIMERO ¿Y DEPUES?

Jorge Gómez Barata

Estados Unidos es el único país del mundo al que nadie ha impuesto nada. Ellos escogieron sus batallas y sus caminos, crearon sus leyes e instituciones y diseñaron su modelo político. Sus precursores y forjadores proclamaron la Declaración de Independencia, realizaron la revolución y adoptaron la Constitución. También entronizaron la esclavitud, evadieron la solución del problema racial y en cada momento establecieron sus legislaciones y prácticas migratorias. De lo que allí ande mal, no tienen a quien culpar.

Estados Unidos pisaron la escena histórica realizando la primera y más trascendental revolución anticolonialista en el Nuevo Mundo y protagonizando un rápido, inédito y eficaz proceso unitario mediante el cual, trece entidades formaron un solo país que rompió sus lazos con la Europa monárquica e imperial que entonces dominaba a Iberoamérica.

Aprovechando las barreras naturales constituidas por los océanos Atlántico y Pacifico, su primer presidente, George Washington adoptó una inteligente y consecuente política aislacionista que, por más de un siglo los separó del mundo con dos excepciones: México y Cuba.

En el caso de México se trataba de un inmenso, rico y poblado país, una de sus dos fronteras terrestres y un obstáculo para abrirse paso hacia el Pacifico y convertirse, hasta hoy en la única potencia de los dos océanos. Cuba, por su parte constituía un territorio aledaño a sus límites sureños, era entonces un emporio de riquezas, con una economía agrícola y mercantil más desarrollada que la de sus territorios recién adquiridos de Luisiana y Florida.

La geopolítica de entonces y los hechos mediante los cuales Estados Unidos comenzó a proyectar una política exterior, aunque no colonial, definidamente imperialista, tuvieron como ejes a esos dos países por los cuales la joven nación libró sus dos primeras guerras en el extranjero. Contra México (1846-1848) como resultado de la cual anexó inmensos territorios con costas al Pacifico, y contra España (1898) para apoderarse de Cuba o, como ocurrió, establecer sobre ella un inequívoco control.

Esa génesis que no fue resultado de una elección, sino de acciones inducidas por realidades geográficas y económicas que ningún muro, embargo o bloqueo pueden cambiar y de vínculos que el devenir, lejos de debilitar refuerzan.

El Tratado de Libre Comercio y una política liberal y tolerante respecto a la emigración fue una fórmula para aproximar a México y encadenar su economía con la de Estados Unidos reforzando por vía de la complementación y el intercambio comercial, vínculos que la naturaleza estableció por la geografía.

Respecto a Cuba, con cincuenta años de retraso, el presidente Barack Obama se percató de la ineficacia de las políticas estadounidenses y, de cara a los intereses nacionales de su país, con determinación y transparencia, decidió cambiarlas. De ese modo, por segunda vez Estados Unidos coincidió con las proyecciones estratégicas de la nación cubana. La primera asumiendo la necesidad de separarla de España y otra, expresando la intención de dejar su destino al arbitrio de los cubanos.

Como otras veces, el presidente Trump puede elegir sus opciones, lo que no podrá es emular a Dios, dar marcha atrás a la historia ni modificar la geografía. Cuando él sea historia y a los otros nos absorba el olvido, Estados Unidos, México, Cuba, con todo el mundo seguirán su curso. La única certeza política vigente, es que la humanidad marcha hacia la integración y la unión. Cargar contra la globalización y practicar el aislacionismo es quebrar lanzas contra el progreso.

El muro de Berlín y el bloqueo a Cuba se derivaron de fronteras ideológicas que hoy son escombros, el de México será cultural y carece de futuro. Todos tienen en común el anacronismo, son inútiles y feos. Allá nos vemos.

La Habana, 10 de febrero de 2017

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 *Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   


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