lunes, 27 de febrero de 2017

LOS PROBLEMAS Y LAS SOLUCIONES

Jorge Gómez Barata

El desarrollo científico y tecnológico, los factores más dinámicos y relevantes en los avances de la civilización universal, en ocasiones son presentados como motivos de preocupación, incluso como amenazas para el planeta y el género humano. Al respecto se impone una verdad incontrovertible: la ciencia y la tecnología pueden originar problemas para los cuales ellas mismas, a su debido tiempo, proveerán las soluciones.

Tanto en el pasado reciente, como ahora, la industrialización y la automatización, el uso de nuevas fuentes de energía, el empleo de máquinas y fertilizantes en la agricultura, la introducción de variedades de plantas y razas de animales más productivas, y la aceleración del crecimiento económico, constituyen las metas de todos los países, especialmente de los más atrasados y pobres. Ello significa más empleos, mejores salarios, acceso al consumo y al confort, bienestar, mayor nivel y calidad de vida.

Esas percepciones que en todas las culturas y civilizaciones acompañaron al género humano, están siendo profundamente matizadas y subvertidas por diletantismos, más o menos ilustrados. A las exageradas preocupaciones de carácter ecológico y ambientales, que atribuyen a la actividad económica efectos catastróficos sobre el planeta, se suman fenómenos como el llamado “desempleo tecnológico”.

Una de las explicaciones para este paradójico fenómeno radica en el desigual desarrollo de la civilización y la cultura humanas, caracterizada por las diferencias en el ritmo en que avanzan unas esferas y otras. En esa dinámica la moral, la ética, y la política son de las más atrasadas. En todas las ramas la humanidad es capaz de producir más de lo que necesita, y de lo que es capaz de distribuir con mínimos de justicia y equidad. Ello explica por qué junto a una fabulosa acumulación de riquezas, convive una aterradora pobreza.

Según la muestra tomada en diez países desarrollados y otros tantos emergentes, para más del ochenta por ciento de la población mundial económicamente activa el principal ingreso es el salario. Uno de los problemas es que, en esos mismos países, en los próximos veinte años, entre el 50 y el 70 por ciento de los empleos tradicionales están amenazados por la mecanización y automatización, y por la adopción de fórmulas que reducen las necesidades de mano de obra.

Obviamente el fenómeno no es nuevo, y con diferentes acentos, implicaciones, y costos sociales ha estado presente en todas las etapas del desarrollo, particularmente desde la Primera Revolución Industrial iniciada hace casi tres siglos, y acelerada en las últimas décadas.

Es cierto que el progreso técnico aplicado a la industria, los servicios, la agricultura, el comercio, los transportes, incluso a la medicina y la educación, reducirán o harán desaparecer empleos y profesiones, así como procedimientos tradicionales, pero ello no será causa de empobrecimiento ni de miseria.

No existe un solo argumento que permita culpar a la ciencia, la automatización, o a las más avanzadas tecnologías, del desempleo, el hambre, la insalubridad, el analfabetismo u otros males de la sociedad contemporánea. El racismo, la exclusión, la xenofobia y el maltrato a los seres humanos, una parte de los cuales se pretende encerrar mediante muros y cercas, no tienen ninguna justificación.  

Los estudios y las reflexiones son válidas, como lo son también la defensa de legítimos intereses nacionales, siempre que no confundan los factores ni subviertan los valores. La lucha contra la pobreza y por el progreso es la principal tarea de la humanidad hoy, y para ello la ciencia y la tecnología son las mejores herramientas. Ellas son parte de la solución, no del problema. La política y los malos gobiernos no pueden decir lo mismo. Allá nos vemos.

La Habana, 26 de febrero de 2017


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 *Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   


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