domingo, 5 de febrero de 2017

TRUMP NO TIRÓ LA PRIMERA PIEDRA, PERO…

Jorge Gómez Barata

La idea de que Estados Unidos es un país de emigrantes, describe un fenómeno portador de magnificas oportunidades, aunque también entraña enormes cuotas de sacrificios. No se trata solo de los costos afectivos del desarraigo y de la aventura de comenzar desde cero, sino también de las vejaciones de todo tipo que muchos soportan. Entre los casos más dramáticos estuvo el de los emigrantes chinos.

En 1882, mediante la Ley de Exclusión de Chinos, por primera vez en Estados Unidos, se prohibió la entrada a ciudadanos de un país específico. La legislación que les negó el derecho, tanto a ingresar como a aspirar a la residencia y la ciudadanía a los que ya vivían allí, impidiendo que la adquirieran sus hijos nacidos estadounidenses. La medida, concebida para diez años fue prorrogada y, en 1902 se le atribuyó carácter permanente. Finalmente estuvo vigente durante 61 años.

A la prohibición se añadieron otros instrumentos jurídicos específicamente dirigidos contra las mujeres y las familias chinas. La “Inmigracion Act.” de 1924 prohibió la entrada de cualquier mujer nacida en Asia. En 1930 la medida se endureció con el Cable Act mediante la cual, las féminas estadounidenses que contrajeran matrimonio con una persona inelegible para la ciudadanía norteamericana, perdería la suya. 

En 1917 se negó también la entrada de japoneses a Estados Unidos, medida vigente hasta el cese de la ocupación norteamericana en los años cincuenta.

Antes, en 1941 debido al ataque a Pearl Harbor y la declaración de guerra de los Estados Unidos, el presidente Franklin D. Roosevelt emitió la Orden Ejecutiva 9066 que dispuso el internamiento de unos 120.000 japoneses en campos de concentración, quienes permanecieron recluidos allí hasta el fin de la guerra en 1945.

Todas aquellas personas eran residentes legales, muchos ciudadanos norteamericanos de los cuales un elevado por ciento había nacido en los Estados Unidos. Siete mil de ellos perdieron allí la vida. En 1976 el presidente Gerald Ford revocó la orden ejecutiva 9066 y en 1988 Ronald Reagan se disculpó e indemnizo a los sobrevivientes con 20. 000 dólares.

Mediante el sistema de expedición de visas, el gobierno de los Estados Unidos está habilitado para permitir o negar la entrada de individuos de cualquier país o condición. Sin embargo, legalmente no puede excluir a alguien invocando su condición nacional y, en el espíritu de la Primera Enmienda, tampoco hacerlo por motivos religiosos.

Es cierto que, al vetar la entrada de ciudadanos de siete países de mayoría musulmana, el presidente Donald Trump no tiró la primera piedra. Antes hubo otras arbitrariedades, su decisión recuerda momentos de la historia de los cuales los norteamericanos no se sienten precisamente orgullosos. Ojalá no ocurran otros de los que puedan sentir vergüenza. Allá nos vemos.

La Habana, 05 de febrero de 2017

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 *Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   


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