lunes, 13 de marzo de 2017

LAS NIÑAS DE GUATEMALA

Jorge Gómez Barata

“…Entró de tarde en el río /, la sacó muerta el doctor / dicen que murió de frío / yo sé que murió de amor…” Así, en sentidos versos, escribió José Martí, la voz más alta de las letras hispanoamericanas, a propósito de la muerte de una joven guatemalteca a cuya familia frecuentaba.

Quisiera, como Martí, encontrarle alguna razón a la muerte de una joven llena de vida e ilusiones, inocente de las trampas conque la maldad obstaculiza el camino de los buenos. Morir de amor tiene sentido, lo que no lo tiene es el sacrificio de casi cuarenta niñas victimas de la pobreza, el abandono, y la desidia. 

En 1878, cuando contaba 24 años, la muerte de la joven guatemalteca María García Granados y Saborío, hija del general Miguel García-Granados, quien había sido presidente de Guatemala, y cuya residencia visitaba, conmovió hasta las lágrimas a José Martí, quien trece años después, en 1891, le dedicó uno de los más tiernos y estremecedores homenajes póstumos que persona alguna haya recibido.

Estas son letras que no debieran escribirse, porque quienes las hilvanan no pueden hacer como José Martí, que rindió tributo al amor y ponderó la grandeza y profundidad del homenaje que fue rendido a la joven inmolada: “Iban cargándola en andas /obispos y embajadores / detrás iba el pueblo en tandas / todo cargado flores…” 

Las circunstancias que en días pasados ocasionaron la muerte a las niñas de Guatemala nunca debieron ocurrir. Sin embargo, aunque esta vez el hecho es especialmente trágico, cosas así suceden con escalofriante frecuencia, y aunque bajo formas y en escalas diferentes, se repiten una y otra vez.

Los niños no mueren de hambre y desamparo porque tengan mala suerte, mucho menos porque Dios lo quiera, ni porque ese sea su destino. Ningún niño debería morir, porque ello contradice la lógica de la existencia.

A lo único que están predestinados los niños es a ser felices, ir a la escuela, jugar y crecer sanos y buenos junto a sus padres y familia. Ningún niño o niña debía permanecer ni dormir en una casa de acogida, indefensos, encerrados bajo llave, y a merced de discriminaciones y abusos. Las sociedades donde esto ocurre son sociedades enfermas, que además de condenadas, deben ser sanadas.

Los hechos acaecidos en Guatemala ocurren porque existen circunstancias sociales y económicas, incluso políticas, que sirven como premisas a tan insólitos acontecimientos como los ocurridos en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción en San José Pinula, en las inmediaciones de Ciudad Guatemala, donde el pasado ocho del presente mes perecieron quemadas o asfixiadas 39 niñas.

He visto por televisión al presidente de Guatemala Jimmy Morales, “cantinflear” para reconocer sin asumir toda la culpa, la obvia responsabilidad del estado y del sistema. No solo del que hoy rige los destinos del país, sino del que lo ha hecho por doscientos años, en los cuales no ha encontrado el modo de crear condiciones socales para que tales calamidades no puedan ocurrir.
 
La muerte es un hecho irrevocable, repetido cada día, y un desenlace que nos aguarda a todos, pero cuando llega como les ha llegado a las cuarenta niñas de Guatemala, se ruega porque exista algún poder capaz de torcer el destino, y devolverlas a la vida y a la risa.

Castigar a los culpables es justo, pero no repara el daño. Lo único que puede hacerlo es el establecimiento de la justicia social y la eliminación de la pobreza. En paz descansen criaturas, porque quienes las sobrevivimos, mientras la injusticia cometa crímenes semejantes, no podemos deponer las luchas sociales. Allá nos vemos.

La Habana, Marzo 13 de 2017


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