sábado, 11 de marzo de 2017

UN LENINISTA EN LA CASA BLANCA

Jorge Gómez Barata

Entre las novedades entronizadas por el presidente Donald Trump está el nombramiento como su principal estratega a Steve Bannon, un ideólogo de derecha autoproclamado “leninista”.

Al parecer se trata de un mal entendido. Según el profesor Ronald Radosh del Hudson Institute, que en 2013 conversó con Steven Bannon, el leninismo del director del portal Breitbart, considerado el sitio más conservador de la blogósfera estadounidense con más de 20 millones de visitas mensuales, consiste en querer hacer lo mismo que, según él hizo Lenin: “Destruir el estado para reconstruirlo de otra manera…”       

Según el académico lo más inquietante en la perspectiva ideológica del colaborador de Trump es su aparente convicción de que la violencia y la guerra pueden tener un efecto “limpiador” para derribar las cosas y construirlas desde cero…”

En lo que a mí respecta comprendo las confusiones que aparecen en el discurso “leninista” de Bannon, debido a que Lenin, la personalidad política a la vez más denostada y loada del siglo XX, es un gran desconocido. Ello se debe a las deformaciones y falsedades introducidas en la cadena de custodia de su legado, alterado de una parte por el anticomunismo visceral y primitivo, y de la otra por el estalinismo. Unos lo satanizaron y otros lo sacralizaron. Seguramente, como diría el profesor Nicolás Ríos: “La verdad es mezcla”.

Lo cierto es que, al margen de especulaciones más o menos utópicas, en el terreno histórico, mediante una práctica política concreta, en 1917 Lenin no podía plantearse la tarea de destruir el estado ruso. La razón es obvia, en esa fecha no había en Rusia un estado que destruir, sino un caos que ordenar, fue lo que el líder bolchevique trató de hacer.

La Rusia de entonces no era un país ni un estado, sino un inmenso y antediluviano imperio euroasiático, gobernado de modo despótico por zares que detentaron el poder durante más de trescientos años. El último de ellos se involucró en la Primera Guerra Mundial, a la cual arrastró a diez millones de hombres, una cuarta parte de los cuales murieron.

Cuando en 1917, después de 15 años de exilio Lenin volvió a Rusia, aquella anacrónica estructura se había derrumbado bajo el peso de la herrumbre que la corroía. Acusar a Lenin de pretender destruir el estado ruso no es una crítica, sino una manifestación de ignorancia.

Por otra parte, Lenin no era un hombre intrínsecamente violento, sino un reformador social al que le tocó vivir en una época excepcionalmente violenta.  Violentos fueron los esbirros zaristas que cuando él tenía apenas 17 años ahorcaron a su hermano por conspirar contra el zar, y los estadistas europeos que desencadenaron la Primera Guerra Mundial, una de las dos grandes carnicerías del siglo XX, en cuya vorágine Lenin fue atrapado.

Hasta el final de los tiempos podrá reflexionarse acerca de cómo hubiera conducido Lenin la transformación de la sociedad rusa de haber tenido oportunidad de hacerlo, cosa que no ocurrió. La muerte se lo llevó con 54 años, de los cuales pudo dedicar seis a la tarea de edificación del nuevo orden en Rusia, cuatro de ellos malgastados en conducir una cruenta Guerra Civil.

Lenin no conoció a los Estados Unidos, pero de haberlo hecho, a un hombre de sus luces no se le hubiera ocurrido destruirlos. Aprovechar su desarrollo y enmendarlos tal vez. Allá nos vemos.

La Habana, 10 de marzo de 2017

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 *Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   


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