martes, 11 de abril de 2017

ACCIÓN SIN REACCIÓN

Jorge Gómez Barata

Aunque podía haberlo hecho, el presidente ruso Vladimir Putin, se abstuvo de ordenar a las defensas anticoheteriles, aviación, y buques rusos desplegados en Siria, repeler el ataque coheteril contra la base Al-Shayrat. Esta vez el Comandante en Jefe del segundo ejército más poderoso del mundo, directamente involucrado en el conflicto en Siria, prefirió dar paso al costado para no escalar una confrontación de inevitables repercusiones globales. 

De haber reaccionado ante el ataque coheteril, las defensas rusas podían haber derribado algunos misiles Tomahawk, cuya capacidad para volar a baja altura no los hacen invulnerables a los sistemas S300 y S400. Los MIG y SUKHOI basificados en Latakia podían haber atacado a los destructores estadounidenses, y los buques de la base de Tartus, zarpar en zafarrancho de combate al encuentro de los atacantes y sus navíos de escolta.

De ese modo, la aventura bélica hubiera derivado inevitablemente hacía una confrontación, directa y letal, entre la OTAN y Estados Unidos con Rusia e Irán.

En un escenario así, las fuerzas aeronavales de Estados Unidos, la OTAN e Israel, y las bases y unidades dislocadas en Chipre, Turquía, Grecia, España, Italia y otras locaciones cercanas, que seguramente estaban prevenidas y listas, habrían entrado en combate contra la armada rusa, que sin posibilidades de apoyo inmediato, hubiera sido abrumadoramente superada.

En el peor de los casos, sin opciones, Vladimir Putin pudiera haberse visto tentado a apretar el fatídico botón, Irán a atacar a Israel, que sin vacilar habría utilizados sus capacidades nucleares no solo contra el país persa, sino contra cuanto adversario se le ocurriera.

Afortunadamente nada de eso ocurrió, y los norteamericanos disfrutaron del evento como si fuera una práctica de tiro, las bajas sirias fueron mínimas, y ningún militar ruso sufrió un rasguño. 

Para restar peligrosidad y dramatismo a la acción estadounidense, se especula que Putin pudo ser avisado, cosa a la que Estados Unidos no estaba obligado, porque no se trata de un aliado sino de un rival.

No obstante, de haber ocurrido, el líder ruso necesitó tiempo y argumentos para formar un consenso con su gobierno y el alto mando militar, y naturalmente para alertar y convencer a sirios e iraníes de permanecer tranquilos, evacuar la base área, y cerciorarse de que sus comandantes en el terreno estuvieran debidamente instruidos. Obviamente, el hecho de ser informado no obligaba a Putin a la inacción. 

Probablemente desde la Crisis de los Misiles en Cuba en 1962, el mundo no había estado tan cerca de una confrontación directa entre las superpotencias como en la madrugada del pasado viernes. Entonces el presidente John F. Kennedy aportó la sensatez, y contuvo los aprestos belicistas de algunos de sus asesores y comandantes. Esta vez ese papel correspondió al presidente Putin, que hasta donde se sabe, acaba de dar una lección de moderación y serenidad que ha evitado un desastre.

Afortunadamente, en esta ocasión, la acción no fue seguida de una reacción, y funcionó el axioma de que “La mejor manera de ganar una guerra es evitándola”. En cualquier caso, un ataque de tales dimensiones, en un ambiente de tensiones y frente a adversarios con capacidad para contragolpear, es sumamente peligroso. El Pentágono lo sabe. Ojalá aventuras semejantes no se repitan. Allá nos vemos.

La Habana, 11 de abril de 2017

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 *Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   

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