sábado, 8 de abril de 2017

AYER Y HOY

Jorge Gómez Barata

A la luz de los hechos puede discutirse si la Revolución Bolchevique de 1917 inauguró o no una nueva era en la historia de la humanidad. Lo que nadie duda es que inició un debate teórico y político, cuya pertinencia sobrevive al ocaso de los proyectos políticos que trataron de liquidar al capitalismo sin contar con una solución de salida, es decir: ¿Cómo y con qué sustituirlo? 

El proyecto socialista iniciado por los bolcheviques se desplegó en Europa, el espacio geográfico en el cual el desarrollo del capitalismo salvaje creó condiciones para generar aquellas ideas que adquirieron soporte conceptual con la obra de Marx, y forma orgánica en las grandes corrientes políticas que junto al liberalismo ofrecieron opciones alternativas, como fueron el socialismo, la socialdemocracia y el pensamiento socialcristiano, todas de matriz marxista.

A mediados del siglo XIX, momento en que aquellas definiciones teóricas, y soluciones organizativas se difundieron por el continente, llegaron al Nuevo Mundo, e incluso se abrieron paso por territorios coloniales del Oriente. 

En su diversidad, aquel pensamiento identificado por una esencia común, opuesta a la injusticia social, e instaurada por el capitalismo salvaje, ofreció un menú político capaz de acoger los intereses de la mayor parte de los sectores sociales: obreros, campesinos, intelectuales y clases medias, incluidos empresarios y comerciantes de varias dimensiones.

Lamentablemente las coincidencias políticas fueron anuladas por las diferencias ideológicas surgidas alrededor de la Primera Guerra Mundial, y posteriormente ahondadas por las circunstancias, las divisiones, y los debates surgidos alrededor de ciertos planteos de la Revolución Bolchevique.

Bajo la dirección de Stalin, la política soviética, cuyos enfoques estrechamente sectarios impidieron la reconciliación y la cooperación de diversas corrientes políticas en la lucha por la democracia, el progreso político y el desarrollo económico y social, cosa que se manifestó con particular intensidad en Europa y tuvo un enorme impacto en América Latina.

Las diferencias que los partidos políticos no pudieron resolver han sido saldadas primero por la Revolución Cubana, un movimiento plural, ajeno a los partidos políticos de todas las orientaciones, sin compromisos con doctrinas ni dogmas, sin apego a los enfoques clasistas y totalmente desconectada de las influencias internacionales.

Aunque luego el proceso político cubano evolucionó hacia otros enfoques, el precedente original fue retomado por los movimientos sociales, que con un enfoque plural, no atado a compromisos ideológicos ni a dogmas filosóficos con implicaciones políticas, ha permitido el desarrollo de eventos que han colocado a liderazgos y proyectos de izquierda en posiciones protagónicas.

De alguna manera hoy como hace cien años el debate en torno a la pertinencia de avanzar hacia el socialismo está vigente. Si bien es aceptable pertinente la pregunta de cómo hacerlo, existen abundantes evidencias de cómo no debe ser.  Allá nos vemos.   

La Habana, 07 de abril de 2017

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 *Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   

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