martes, 4 de abril de 2017

EVIDENCIAS Y DUDAS RAZONABLES

Jorge Gómez Barata

Rusia heredó de la Unión Soviética una formidable planta industrial, incluidas capacidades para la producción de armamento pesado, armas nucleares, y cohetes avanzados, buques, submarinos, y material aeroespacial, que en conjunto con otras ramas conformaron una poderosa economía. A ello añadió un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU que le proporciona capacidad de veto. Con las bienhechurías el legado incluyó material toxico en forma de prejuicios y estereotipos anticomunistas firmemente establecidos. La rusofobia es el sucedáneo del anticomunismo y del antisovietismo. Un lastre que Rusia cargará por generaciones.

Ese conjunto instalado en la conciencia social y la cultura política occidental arraiga en los europeos, que temen y rechazan a Rusia, y es inamovible entre los estadounidenses, que tal como practicaron un anticomunismo visceral, son rusofóbicos, no por lo que ese país sea hoy, sino por lo que fue su alma mater, la Unión Soviética.

Tales prejuicios manipulados por poderosos medios de difusión y alimentados por torpes acciones políticas, dan lugar al más grave problema ideológico que puede confrontar un presidente de los Estados Unidos, que es ser acusado de connivencia con los gobernantes rusos, espacialmente con Vladimir Putin, cuyos antecedentes profesionales, como jefe de la KGB en Alemania durante la época soviética, y director del Servicio Federal de Seguridad durante el gobierno de Boris Yeltsin, a los ojos norteamericanos lo hacen particularmente sospechoso.

Eso explica el impacto de las acusaciones de hackeo y otras formas de intromisión, entre ellas las de suministrar pistas informáticas y material a WikiLeaks, realizada en los últimos días de la administración de Barack Obama, tanto por el presidente como por el jefe de la campaña de Hilary Clinton, John Podesta, acogidas por la comunidad de inteligencia, el FBI y círculos del Congreso como suficientemente creíbles como para justificar sendas investigaciones, que involucran a varias personas cercanas al ex candidato y ahora presidente que, aunque inocente mientras no se pruebe su culpabilidad, no puede evitar los costos de imagen que ello conlleva.

El hecho de que el ex consejero de Seguridad Nacional Michael Flynn haya renunciado después de reconocer que ocultó información acerca de sus contactos con el embajador ruso en Washington Serguei Kislyak, y que por razones análogas el Fiscal General, Jeff Sessions, se recusara de intervenir en el asunto, así como las investigaciones en curso por dos comités del Congreso, han instalado con suficiente firmeza un margen de duda razonable acerca de la existencia de contactos ilegales, o como mínimo no usuales y mal vistos por el público norteamericano, de varios altos funcionarios cercanos al presidente con autoridades rusas.     

En el momento más delicado de este proceso Michael Flynn, quien se presumía que avergonzado guardaría silencio por mucho tiempo, aparece con una declaración insólita, enigmática, y profundamente sospechosa. Según sus propias palabras el ex consejero se declara dispuesto a testificar ante el Congreso, siempre que se le garantice inmunidad.

Las preguntas del momento son: ¿Para qué quiere Flynn inmunidad? ¿Teme ser enjuiciado? ¿De quién necesita protegerse? ¿Cuál es la historia que tiene por contar?

El general debería saber, que con inmunidad o sin ella, puede ser convocado por un Gran Jurado y obligado a declarar, excepto que se acoja a la Quinta Enmienda de la Constitución según la cual: “Ninguna persona está obligada a declarar contra sí misma…” En ese caso el margen de duda se ampliará. Como en los clásicos problemas de ajedrez: “juegan las blancas y matan en dos”. La administración lleva las negras. Allá nos vemos.

La Habana, 02 de abril de 2017


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