lunes, 24 de abril de 2017

LA RETORICA Y LA GUERRA

Jorge Gómez Barata

Setenta y dos años atrás, en el más absoluto secreto, Estados Unidos fabricó tres bombas atómicas, realizó la prueba de una de ellas y elaboró la decisión para su empleo contra Japón. A pesar de la Guerra Fría, las crisis de Suez, Berlín y de los Misiles en Cuba, las guerras de Corea y Vietnam, la intervención soviética en Afganistán, tensiones con Irán y conmociones como la del 11-S, la terrible experiencia no se ha repetido. ¿Por qué? 

Al margen de los debates acerca de si el bombardeo atómico contra Japón estaba o no militarmente justificado, lo cierto es que ocurrió en el contexto de la II Guerra Mundial y la lucha contra el fascismo, la más terrible amenaza experimentada por la humanidad. Nunca más se ha configurado un escenario así que tampoco existe hoy.

La bomba atómica se creó como una necesidad de la lucha contra el eje fascista que llegó a ocupar prácticamente toda Europa, parte de Asia y África del Norte. Paradójicamente la iniciativa surgió de científicos pacifistas. En 1939, Albert Einstein advirtió al presidente Franklin D. Roosevelt que era posible construir la bomba atómica y que existían evidencias de que los alemanes trabajaban en esa dirección. El mandatario norteamericano dio su aprobación. 

Así se puso en marcha el proyecto Manhattan que involucró a algunos de los científicos más brillantes del siglo XX, unas setecientas empresas e instituciones y alrededor de 130.000 personas. Al costo de dos mil millones de dólares de entonces (unos 20 000 millones de hoy), se fabricaron tres bombas atómicas (una de uranio y dos de plutonio) 

En ese proceso hubo que resolver cientos de asuntos teóricos y prácticos y obtener el material fisionable necesario. A los problemas de la Física se sumaron los de ingeniería para construir los mecanismos de disparo y la estructura de acero que albergaría el explosivo y otros elementos. Al final tanto las bombas de uranio como las de plutonio pesaban más cuatro toneladas lo cual las hacia inutilizables por los aviones convencionales.  La solución fue adaptar bombarderos B-29.

Las bombas atómicas utilizadas por Estados Unidos se ensamblaron en el laboratorio de Alamogordo, Nuevo México en 1945 y en el puerto de San Francisco fueron embarcadas en el destructor USS Indianápolis que las trasladó a la isla Tinian, del grupo de Las Marianas a unos 8000 kilómetros. En esa base se instalaron en los B-29 que las arrojaron sobre Hiroshima y Nagasaki.  

Entre otras cosas, las armas atómicas nunca han vuelto a utilizarse porque se conocen sus terribles efectos y porque entre Estados Unidos y la Unión Soviética se alcanzó una paridad nuclear, en virtud de la cual, ambos alcanzaron la “destrucción mutua asegurada con capacidad de segundo golpe. Los demás países nucleares están sumamente lejos de semejante simetría.

Nunca países atómicos han entrado en guerra entre sí y se han abstenido de utilizarlas, incluso de amenazar a quienes no las poseen. Es extraño que alguno alardee de su potencial nuclear, incluso hubo un país, Sudáfrica que renunció a ellas.

Cuando en 1951, durante la Guerra de Corea el general Douglas MacArthur, solicitó emplearlas contra China, el presidente Harry Truman, no sólo le negó la autorización, sino que lo destituyó. Pese a la retórica, lo cierto es que Estados Unidos y Corea del Norte han convivido durante 64 años y Corea del Sur y Japón, los presuntos blancos, no poseen tales armas.

Por otra parte, si bien el sistema político norcoreano presenta peculiaridades difíciles de asumir por la mentalidad occidental, la idea de que sus gobernantes son orates o suicidadas es insostenible. Tampoco en Estados Unidos decisiones del calibre de un ataque nuclear preventivo que ocasionaría millones de muertos y pondría en grave riesgo la seguridad nacional, puede ser tomada a la ligera.

Al margen de la retórica conocida de larga data y del aventurerismo de algunas administraciones y gobiernos, así como de las especulaciones mediáticas generadas en torno a tensiones como las vividas en estos días, es poco probable que nadie intente incendiar los océanos o inmolarse a cambio de nada.

Cuentan que, en el idioma chino, crisis y oportunidad se escriben con los mismos caracteres. Tal vez sea el caso. Allá nos vemos.

La Habana, 24 de abril de 2017

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 *Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   


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