lunes, 17 de abril de 2017

LAS GUERRAS SON EVITABLES

Jorge Gómez Barata

Debido a que la capitulación de Japón en la II Guerra Mundial se realizó cuatro meses después de la rendición de Alemania, respecto a Corea se aplicó la lógica seguida en Europa. De común acuerdo, Estados Unidos y la Unión Soviética dividieron la península en dos zonas de ocupación, estableciendo el paralelo 38 como línea de demarcación. Ninguno suponía que con el tiempo aquel límite se convertiría en una frontera entre dos estados.

Al desatarse la Guerra Fría, como ocurrió con Alemania, la reunificación se hizo imposible. Otra vez aplicando la receta europea, en 1948, en la zona de ocupación de Estados Unidos se creó la República de Corea y, un mes después, los soviéticos hicieron lo mismo y surgió la República Popular democrática de Corea presidida por Kim Il Sung. Así nacieron Corea del Norte y del Sur y la línea de demarcación se volvió frontera. 

Desde su nacimiento, entre los dos estados surgidos, en lo que geográfica, cultural y nacionalmente es una sola entidad, un mismo país y una nación, signados por la hostilidad política y las diferencias ideológicas, apoyados por Estados Unidos y occidente y la Unión Soviética y China, respectivamente, se desarrollaron el Corea del Norte y Corea del Sur.

Mientras en Europa occidental y oriental y Japón, bajo la egida de las potencias ganadoras, aun bajo los apremios de la Guerra Fría, la situación avanzaba hacia la estabilización, en Corea eran constantes y cruentos los enfrentamientos, las provocaciones y la retórica guerrerista. Tanto el Norte como el Sur deseaban la reunificación, pero cada uno la quería bajo sus premisas. La hostilidad entre las superpotencias echaba leña al fuego.

Así, en 1950 durante grandes maniobras militares, suponiendo que el sur planeaba hacer lo mismo, el 25 de junio las tropas de Corea del Norte cruzaron el paralelo 38. A pesar de la resistencia de los militares sudcoreanos y la guarnición norteamericana, en tres días las tropas norcoreanas tomaron Seúl a escasos 50 kilómetros de la frontera. La Guerra de Corea había comenzado y 64 años después, sigue inconclusa.

Convocado por Estados Unidos, el mismo día del inicio de las acciones se reunió el Consejo de Seguridad de la ONU que, con la inexplicable ausencia de la Unión Soviética que pudo ejercer al veto, fue aprobada la Resolución No. 81 que declaró agresor a Corea del Norte y le impuso sanciones militares.

Inmediatamente Estados Unidos movilizó sus tropas acantonadas en Japón y estableció una corriente de refuerzos con hombres y material de guerra que permitió al general Douglas MacArthur contratacar, retomar Seúl, conquistar Pyongyang y avanzar en la profundidad del territorio norcoreano hasta llegar a las inmediaciones de la frontera con China, que entró en combate con poderosas fuerzas al mando del general Peng Dehuai que obligaron a las llamadas “tropas de la ONU” a replegarse.

Debido al equilibrio de fuerzas y al peligro de una conflagración directa entre las potencias, en un momento en que fue restablecida la frontera del paralelo 38, se iniciaron negociaciones que al cabo de casi dos años condujeron a la firma de un armisticio que, si bien no significó la paz, estableció una tregua que con altas y bajas ha durado 64 años y puede romperse en cualquier momento.

La Guerra de Corea que no era necesaria ni fatalmente inevitable y que lejos de aportar alguna solución, ocasionó al pueblo coreano y chino millones de muertos y dejó tendidos en lejanos campos de batalla a casi 60 000 jóvenes norteamericanos inmolados en una guerra que no era su guerra, no debe repetirse.

Con el armamento de hoy, en los primeros minutos de una nueva guerra, puede haber más muertes, dolor y sufrimiento que los ocasionados en aquellos fatídicos tres años. Ningún líder, por ninguna razón debería cargar con semejante responsabilidad. Están a tiempo. La línea de no retorno no ha sido sobrepasada. Allá nos vemos. 

La Habana, 17 de abril de 2017

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 *Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   


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