domingo, 16 de abril de 2017

SIN SENTIDOS POLITICOS

Jorge Gómez Barata

A diferencia de Siria, eje de manipulaciones geopolíticas, víctima del terrorismo internacional y escenario de la confrontación entre Rusia y Estados Unidos, donde alguna acción militar local puede dar lugar a una confrontación nuclear, una agresión norteamericana a Corea del Norte carece de potencial para generar un conflicto global.

Aunque trabajen por evitar la colisión y critiquen los desplazamientos militares estadounidense, Rusia y China, únicas potencias nucleares que no se alinean con Estados Unidos, tampoco se identifican con los argumentos y las políticas norcoreanas, se distancian de sus enfoques y consideran peligrosos sus aprestos nucleares. En otras palabras: Corea está sola.

Esta circunstancia ha permitido al presidente Donald Trump, ejercitar una combinación de presiones e incentivos para sumar a China a los esfuerzos por moderar las posiciones coreanas. Aunque la idea es positiva porque trata de activar a un influyente mediador y ofrece un chance a la diplomacia y la política, contiene elementos de incertidumbre que probablemente la invaliden.

Quizás China no tenga suficiente influencia para hacer lo que Trump le pide ni Corea esté dispuesta a someterse a semejante dictado.  No obstante, el líder chino Xi Jinping lo está intentando, para lo cual ha devuelto la pelota y pedido moderación a Trump. De momento se repite el ciclo. Tal vez Corea se contenga y el portaaviones Carl Vincent de media vuelta. No obstante, los riesgos son enormes.

Aunque difícilmente un conflicto con Corea conduzca a una confrontación directa entre las grandes potencias, las consecuencias para la humanidad serán tan desastrosas como duraderas. Tal vez no haya “invierno nuclear” pero la desestabilización y la ruina de la zona Asia-Pacifico, la región más prospera y económicamente más dinámica del planeta, será desastroso, además de para Corea del Norte, China, Japón, Corea del Sur y los Estados Unidos.  

En realidad, trabajar para establecer correlaciones cuantitativas y cualitativas de fuerzas militares, que nunca favorecen a Corea del Norte y elucubrar acerca de quién puede resultar vencedor es ocioso. En un conflicto militar de gran escala, en países densamente poblados y con el probable empleo de armas nucleares, no habrá ganador.

Así ocurrió hace más de sesenta años cuando una aventura sin apoyo y sin futuro condujo a la Guerra de Corea (1950-1953) que, después de tres años de cruentos enfrentamientos, terminó en tablas, expresadas en un armisticio todavía vigente, aunque con alrededor de tres millones de coreanos (del norte y del sur) y chinos tendidos en los campos de batalla. El precio de entonces fue demasiado alto, el de hoy puede ser exponencialmente mayor.

Al margen de otras consideraciones sobre el breve y tormentoso desempeño de su gestión, Donald Trump parece haber acertado al apelar a la mediación de China, único interlocutor con probabilidades de ser escuchado en Pyongyang. Las opciones son pocas.

Si Corea realiza otra prueba coheteril, Trump puede desenfundar. Ojalá no ocurra ahora ni nunca, allí ni en ninguna parte. “La paz no es un camino, sino el camino” y las únicas guerras que se ganan son las que se evitan. Allá nos vemos.

La Habana, 14 de abril de 2017

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 *Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   


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