martes, 25 de abril de 2017

UN ENCUENTRO QUE CAMBIÓ LA HISTORIA

Jorge Gómez Barata

El crucero USS Indianápolis fue el primer buque en transportar bombas atómicas, y el ultimo navío de guerra hundido en la II Guerra Mundial. Su misión postrera fue transportar los artefactos nucleares que un mes después arrasarían a Hiroshima y Nagasaki.

El 16 de julio de 1945 en los muelles de San Francisco, California, fueron izados a bordo del Indianápolis varios contenedores. Ninguno de los 1269 tripulantes conocía qué contenía dicha carga La orden fue “a máxima velocidad y sin escolta navegar hasta las Islas Marianas y entregar allí la carga”. La arriesgada travesía por aguas infectadas de submarinos japoneses se realizó sin contratiempo, y el 26 de julio, después de recorrer unos 10.000 kilómetros, el buque llegó a su destino.

Reabastecido, el Indianápolis recibió la misión de dirigirse a la isla Guam, desde donde el 30 de julio partió rumbo a Filipinas. La pesada nave, indefensa ante ataques de submarinos, no recibió escolta frente a ese tipo de navíos al estimarse que navegaría por “aguas seguras”. No resultó así.

 Cerca de la medianoche, a mitad de camino entre la isla Guam y el golfo Leyte, el submarino japonés I-58 localizó al crucero. Sin ser descubierto se aproximó a unos 600 metros y lo atacó con una salva de seis torpedos, tres de los cuales impactaron al buque hiriéndolo de muerte. Sin energía, la nave no pudo siquiera emitir una señal de auxilio. Ante el inminente hundimiento el capitán McVay ordenó abandonar el navío.

Investigaciones posteriores indicaron que en los primeros minutos, debido al impacto de los torpedos y las explosiones a bordo, murieron más de trescientos marinos, mientras más de 800 lograron abandonar la nave, la mitad de ellos murieron en el mar en una odisea que duró cuatro días, hasta que el dos de agosto fueron casualmente encontrados por un avión de exploración, que comunicó por radio la posición.

Un avión Catalina acudió en auxilio, amarizó, y logro rescatar a unos cincuenta marinos. Horas después el destructor USS Cecil Doyle salvó a 316 supervivientes, entre ellos al capitán McVay. Los muertos ascendieron a más de 800.

Acusado de negligencia, el contralmirante McVay fue juzgado, degradado, e inhabilitado para ejercer el mando. Por una extraña paradoja, en el juicio, a su favor testificó el capitán del submarino japonés que hundió al Indianápolis, y que se encontraba prisionero. Según el oficial: “Una vez localizado, ninguna maniobra podía salvar al Indianápolis de sus torpedos”.

Avergonzado y tal vez considerándose responsable por la pérdida del buque y la tripulación, en 1968 McVay se suicidó de un disparo. En 2000 el caso fue reabierto y el marino exonerado. Un decreto del presidente Bill Clinton lo rehabilitó devolviéndole sus grados. 

Quienes creen que la historia es una infinita sucesión de casualidades tiene en la tragedia del Indianápolis otra prueba. De haber ocurrido una semana antes el encuentro en la ruta de San Francisco a las Marianas, en lugar de arrasar a Hiroshima y Nagasaki, las bombas atómicas hubieran terminado en un abismo de tres mil metros de profundidad.

Hubo otros hechos que pudieron cambiar la historia. Luego les cuento. Allá nos vemos.

La Habana, 25 de abril de 2017

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 *Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   


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