lunes, 15 de mayo de 2017

BUENOS Y MALOS NEGOCIOS

Jorge Gómez Barata

Para un reducido grupo de países el negocio de las armas es una excelente manera de hacer dinero, y para quienes las compran un modo absurdo de malgastarlo. Los que no forman parte del primer núcleo, no deberían esforzarse por pertenecer al segundo. 

Alrededor del 75 por ciento de todas las armas que se venden en el mundo son fabricadas por cinco países: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Alemania. El mayor productor en América Latina es Brasil, cuyas ventas alcanzan 85 millones, una cifra considerable, aunque alejada de los 20.000 millones de Estados Unidos, y los 11.000 millones de Rusia.

La producción de armamentos es una de las ramas más avanzadas y dinámicas de la industria en los países altamente desarrollados, y una de las áreas donde se realizan las mayores innovaciones. Los grandes productores de material militar son los que más invierten en investigaciones asociadas a la producción bélica.

Paradójicamente, no pocos de los equipos militares que se diseñan, nunca se fabrican, y muchos de los que se construyen se vuelven obsoletos sin haber entrado en combate. Aunque el dato incluye tanques, fragatas, aviones, submarinos y portaaviones, ningún ejemplo es más ilustrativo que el de las armas nucleares, las más caras, y cuyo poder de destrucción las hace inutilizables.

Según el presidente Harry Truman, en 1945, para fabricar tres bombas atómicas, una utilizada en la primera prueba nuclear, y dos arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki, Estados Unidos gastó el equivalente a veinte mil millones de dólares (20.000.000.000) actuales. Aunque entonces los gastos fueron mayores, porque se partió de cero y hubo que realizar costosas investigaciones y construir infraestructuras, los costos se mantienen altos, entre otras cosas porque las bombas son mayores y más sofisticadas.

No obstante fabricar las bombas no es el único gasto, probarlas es sumamente oneroso. Según las cifras más reiteradas el almacenamiento, mantenimiento y custodia de las 15.000 ojivas existentes cuesta unos 80. 000 millones cada año. La mitad de esa factura corresponde a Estados Unidos.

Afortunadamente casi doscientos países, algunos de ellos inmensamente ricos, industrialmente desarrollados, y con tradiciones militares seculares como Alemania, Japón, Italia, Australia y otros, decidieron mantenerse al margen del desquiciamiento nuclear, y suscribieron el Tratado de No Proliferación.

Fabricar armas nucleares, probarlas, y almacenarlas es un pésimo negocio, y amenazar con ellas o vivir la ilusión de que pudieran servir para responder a un ataque atómico, entraña enormes peligros. Tratándose de bombas atómicas, siempre hay mejores opciones. Allá no vemos.

La Habana, 14 de mayo de 2017

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 *Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   


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