martes, 2 de mayo de 2017

COREA, DONDE TODOS PIERDEN

Jorge Gómez Barata

A la hora de contar los muertos, si llega, poco importará quien tiró la primera bomba. En la Guerra de Corea (1950-1953), entre coreanos y chinos murieron ¡TRES MILLONES! Los norteamericanos no llegaron a cincuenta mil. ¿Por qué tan abrumadora diferencia? La explicación es obvia. No había en Corea civiles norteamericanos.

La guerra comenzó el 25 de junio de 1950, e inmediatamente se inició la primera batalla por Seúl, capital surcoreana, a 50 kilómetros de la frontera, distancia que las tropas norcoreanas cubrieron en una jornada. Mientras escapaban para salvar la vida, los pobladores caían bajo el fuego y las bombas de ambos bandos.  Atacantes y defensores eran coreanos.  

Tan coreanos eran los soldados del Sur que no pudieron retener Seúl, como los del Norte que cedieron en Inchon y Pyongyang ante la armada y la infantería de marina norteamericana. En apenas un año, cinco batallas por dos capitales de un mismo país. Parece un récord.

Aunque iniciado como un conflicto entre coreanos, rápidamente la confrontación perdió identidad, para convertirse, por persona interpuesta, en un enfrentamiento entre las potencias de la Guerra Fría.

Mientras, convocado por Estados Unidos y con la inexplicable ausencia de la Unión Soviética, el Consejo de Seguridad de la ONU condenó como agresor a Corea del Norte, y cobijó bajo la bandera de la ONU a las huestes de los Estados Unidos. MacArthur introdujo en combate tropas que, aunque con grandes bajas, frenaron el avance norcoreano, estabilizando la situación, permitiendo ganar tiempo para preparar la operación principal.  

Considerablemente reforzado, el mando norteamericano posicionó frente a la costa surcoreana una escuadra formada por más de 250 buques, que durante semanas barrieron la península de Inchon, la cual, el 15 de septiembre, fue conquistada con muy pocas bajas de los atacantes. Además, fue ocupado el aeropuerto de Kimpo, que permitió trasladar aviación desde Japón.

Con más de 50 mil efectivos de infantería desembarcados a 30 kilómetros de Seúl, casi siete mil vehículos y carros de combate, abundante artillería y neta superioridad aérea, las tropas norteamericanas comenzaron la sangrienta ofensiva sobre la ciudad, defendida por apenas una división norcoreana, y en la cual la población fue otra vez diezmada.

El 25 de septiembre de 1950 la ciudad cayó en poder de las tropas norteamericanas que, explotando el éxito, avanzaron sobre Pyongyang, la cual conquistaron el 7 de octubre de 1950. Lejos de detenerse, los efectivos norteamericanos penetraron en profundidad, aproximándose a las fronteras con China y Rusia. La República Popular China advirtió que de asomarse a su frontera natural señalada por el río Yalú, tomaría las medidas pertinentes.

MacArthur desoyó la advertencia. Alrededor del 25 de octubre sus unidades de vanguardia llegaron a la raya roja, con lo cual se activó el dispositivo chino. Como un avispero, alrededor de medio millón de voluntarios chinos, al mando del general Peng Dehuai, con apoyo aéreo y logístico soviético, entraron en combate, e hicieron retroceder a la agrupación norteamericana.

El 5 de diciembre Pyongyang fue reconquistada, y el cuatro de enero entraron en Seúl. El 25 de enero de 1951 se inició la contraofensiva norteamericana, ante la cual, lentamente y con grandes pérdidas, las tropas norcoreanas y chinas retrocedieron, y de reversa cruzaron el paralelo 38, donde adoptaron posiciones defensivas y durante meses libraron feroces batallas contra las fuerzas estadounidenses, llegándose a una situación militar de virtuales tablas.

En junio de 1951 se iniciaron conversaciones de paz que concluyeron el 27 de julio de 1953, cuando en Panmunjom se firmó el armisticio todavía vigente. No hubo ganador. Todos perdieron.

Si alguien, del sur o del norte, en Washington, Seúl, o Pyongyang le cuenta que ahora será diferente, no le crea. Lo único que puede ocurrir diferente es que sea peor. Allá nos vemos. 

La Habana, 02 de mayo de 2017

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 *Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   


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