viernes, 12 de mayo de 2017

ESTAMPAS DE LA GUERRA FRIA

Jorge Gómez Barata

Cuentan que, para equilibrar la agresividad, el Creador o la naturaleza, colocaron al león en África y al tigre en Asia porque tan formidables depredadores no pueden convivir en el mismo espacio. Así puede haber ocurrido con Estados Unidos y la Unión Soviética, ubicados suficientemente lejos como para impedir que fueran rivales militares.

Entre 1917 y 1945 la hostilidad entre ambos estados y modelos de sociedad fue básicamente política e ideológica. Las distancias de miles de kilómetros que los separan y a la barrera del océano excluía una confrontación militar en gran escala. Ni siquiera la aparición de la bomba atómica cambió la situación, porque no existían los medios portadores capaces de transportarla de un escenario a otro.

En la II Guerra Mundial el mayor avión de combate en operaciones fue el B-29, un bombardero pesado fabricado en 1942 con una autonomía apenas suficiente para volar desde las islas Marshall a Hiroshima, lanzar la bomba atómica y regresar al aeródromo de partida.

Los primeros misiles portadores de bombas que resultaron viables, fueron los V-2 diseñados por Wernher von Braun y fabricados por la Alemania nazi en número de unos 10.000. Capaces de alcanzar velocidades supersónicas y cubrir distancias de 350 kilómetros, en 1944 fueron utilizados contra Inglaterra y Bélgica desde bases en Francia. Aunque eran poco precisos su ojiva podía pesar casi una tonelada. 

Concluida la guerra, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética, así como Inglaterra, Francia y otros países se beneficiaron con aquellos avances, procurando capturar y poner a su servicio al mayor número posible de los científicos y técnicos que fabricaron y operaron aquellos sistemas. El caso más destacado fue el de von Braun, participante activo en los programas de desarrollo de misiles de Estados Unidos, incluido el Saturno V que llevó a los astronautas a la luna.

En los años cincuenta, junto a los avances en la construcción de bombas atómicas aptas para ser utilizadas en misiles y aviones, Estados Unidos obtuvo ventajas al emplazar sus misiles de corto alcance y desplegar sus aviones en bases en Europa, cerca de las fronteras soviéticas. Entonces la correlación de fuerzas favoreció ampliamente a los norteamericanos. No importaba cuantas bombas pudiera tener la URSS, Norteamérica estaba demasiado lejos y fuera de su alcance.

Ese status cambio cuando en 1957 la Unión Soviética lanzó el primer Sputnik. Aunque Estados Unidos ripostó y el 31 de enero de 1958 puso en órbita el Explorer 1, el empate se rompió a favor de la URSS en abril de 1961 cuando Yuri Gagarin viajó al espacio y retornó a la tierra en el primer vehículo de reentrada, lo cual cambió todos los escenarios.

Desde los años sesenta cuando la industria aeroespacial y naval soviética y norteamericana pusieron el territorio de una al alcance de las armas atómicas del otro, el mundo ha vivido una perenne zozobra, turbada por más de dos mil pruebas nucleares.

En momentos cuando el colapso de la Unión Soviética puso fin a la Guerra Fría y se registran entendimientos para frenar la proliferación nuclear y se han prohibido todas las pruebas, existen países emergentes que creen posible lograr sus metas a partir de explotar el miedo creado por las armas atómicas, lo cual es obviamente erróneo. El fin de tales armas es una meta de la humanidad cuya conquista beneficiará a todos los pueblos y países. Allá nos vemos.

La Habana, Mayo 11 de 2017

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 *Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   


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