jueves, 11 de mayo de 2017

Payasos para curar

En el Hospital pediátrico Pepe Portilla de Pinar del Río la doctora Nadia Arteche y sus estudiantes cumplen con rigor el trabajo de siempre, pero lo hacen de un modo distinto, disfrazados de payasos    

10 de mayo de 2017 20:05:06

El objetivo de los payasos terapéuticos es reducir el estrés al que están sometidos los pacientes y lograr una mejor compenetración con el médico. Foto: Cortesía del proyecto Pedialegría

PINAR DEL RÍO.– Sus ojos inquietos la delatan detrás de la nariz roja, los zapatones enormes y el atuendo de colores. Es la doctora Nadia Arteche Díaz, solo que ahora recorre la sala, interroga, ausculta, valora, encarnando la piel de la payasa Nanka, ese personaje pintoresco que desde hace un año reparte alegría entre los pequeños pacientes del pediátrico Pepe Portilla de Pinar del Río.

Esta vez las batas blancas están disimuladas por lazos y otros adornos, en el pase de visita por cada uno de los cubículos. Nadia y sus estudiantes cumplen con rigor el trabajo de siempre, pero lo hacen de un modo distinto.

Médico y alumnos van disfrazados de payasos y como tal se comportan.

El objetivo es acercarse de una manera diferente a los niños y a sus padres, romper la barrera que suele establecerse entre galeno y paciente, reducir la carga de estrés que provocan el ingreso, el malestar, los pinchazos… A fin de cuentas, se trata de un hospital y de personas enfermas.

«Todo el que entra aquí es porque tiene fiebre o algún otro síntoma por el que hay que hacerle exámenes, ponerle sueros o inyecciones, y eso hace que se deprima, que se ponga triste, incluso que deje de comer.

«Por eso cuando llega el payaso y consigue que se ría o que juegue, el niño pierde un poco la idea de que está fuera de su medio», apunta Nadia.

Foto: Cortesía del proyecto Pedialegría

PEDIALEGRÍA

Cuenta que todo comenzó después de asistir en la Universidad de Ciencias Médicas de Pinar del Río, a la conferencia de una especialista canadiense sobre la importancia de los payasos terapéuticos.

«Al escucharla y ver un video que proyectó, me di cuenta de que podíamos aplicar aquello en nuestros hospitales», recuerda.

En mayo del año pasado, les propuso a los estudiantes que rotaban por su sala hacer un pase de visita distinto al de todos los días, y no fue difícil enamorarlos de la idea.

«Todavía no sabíamos mucho del tema, ni que existía todo un movimiento en el país.

Éramos médicos que nos disfrazábamos, pero nos faltaba mucho conocimiento, así que comenzamos a investigar», dice Nadia.

Así aprendió, por ejemplo, que no debía maquillarse mucho ni usar peluca, porque puede atraer una infección, y que en el caso del vestuario y los juguetes también tienen que utilizarse prendas y objetos que sean fáciles de lavar.

En septiembre del 2016, presentó la experiencia en la Primera Jornada Nacional de Payasos Terapéuticos de Santiago de Cuba, un evento que le permitió conocer el trabajo de otros territorios y encauzar mejor su proyecto, que ha bautizado con el nombre de Pedialegría.

Algunos meses más tarde, con el apoyo de profesores de la compañía infantil de teatro La Colmenita, logró que se desarrollara en Pinar del Río un taller de formación del que egresaron 25 nuevos payasos vinculados al pediátrico de la provincia y otros centros de salud como el policlínico de especialidades.

Foto: Cortesía del proyecto Pedialegría

NARICES ROJAS VS. BATAS BLANCAS

A diferencia de los que todos hemos visto en el circo o en una fiesta de cumpleaños, Nadia explica que la función del payaso terapéutico no es la de divertir por divertir.

«Su objetivo es dar salud, mejorar la hospitalización del niño. Está demostrado que la alegría, que un estado de ánimo positivo, influye en la recuperación», asegura la especialista.

«El payaso incluso puede intervenir a la hora de canalizar una vena o hacer una punción lumbar», agrega.

Aunque es una técnica útil ante cualquier paciente, señala que en los que hacen largas estadías hospitalarias se aprecia mejor el efecto.

Es el caso de Emily Márquez Valdés, una pequeña que ya lleva un año y ocho meses en el pediátrico pinareño. «Al principio se estresaba tanto cuando veía un médico, que hasta vomitaba», recuerda Erich, el padre.

«La estancia en los hospitales casi siempre es tensa para los niños, sobre todo cuando hay que inyectarlos o llevan una bránula. En cuanto ven al médico en la puerta, enseguida preguntan si los van a pinchar.

«Sin embargo, con este método de los payasos eso ha cambiado. Todos los padres con los que hemos conversado están muy contentos con él».

Así también lo cree Giselle Morales, residente de segundo año de Pediatría, quien desde el principio se sintió cautivada con esta iniciativa, y cada vez que se organiza un pase de visita u otra actividad, deja de ser Giselle para convertirse en la payasita Alegrina.

«Nunca pensé que fuera a tener tanta aceptación», afirma, y añade que para el médico también resulta de gran ayuda en su trabajo.

«Muchas veces, cuando el niño ve la bata blanca, se cierra, no se quiere examinar, y es un poco difícil evaluarlo en esas condiciones. En cambio, cuando usted logra que lo acepte, que se sienta cómodo con su presencia, es una garantía, porque le da la posibilidad de ver el estado real del pequeño y no uno enmascarado por el miedo al doctor».

Complacida con la acogida que en apenas un año ha logrado el proyecto, Nadia advierte que además del resultado desde el punto de vista terapéutico, también tiene un impacto docente.

«Siempre trato de motivar a mis alumnos, y enseñarles que hay un modo diferente de interactuar con los niños, que pueden aplicar el día de mañana, cuando estén en un consultorio o un hospital», dice. Una máxima que aunque se basa en la risa, tiene un propósito muy serio, cada vez que la pediatra y sus alumnos entran a la sala con sus narices rojas, y empieza la función.


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