sábado, 3 de junio de 2017

¿Aislacionismo? ¿Ahora?

Jorge Gómez Barata

Las reservas de Estados Unidos ante Europa no comenzaron con Donald Trump. Los fundadores y los primeros emigrantes que llegaron a América del Norte desde el Viejo Continente, lo hicieron para escapar de la intolerancia, la violencia, el despotismo, y la exclusión imperante bajo las monarquías feudales. Del rechazo a esos fenómenos surgió el apasionado discurso en favor de la libertad y el individualismo, y en política externa, el aislacionismo estadounidense.      

En su despedida George Washington fue explícito: “Nuestra gran regla con respecto a las naciones extranjeras está en la ampliación de nuestras relaciones comerciales, para tener con ellos tan poca conexión política como sea posible. Europa tiene unos intereses prioritarios de los cuales nosotros no compartimos ninguno, o muy pocos. Los europeos están sumidos en controversias, las causas de las cuales son esencialmente ajenas a nuestras preocupaciones…”  

Thomas Jefferson, tercer presidente suscribió esa política: “…Paz, comercio, y amistad honesta con todas las naciones sin forjar alianzas con ninguna…”  

El quinto mandatario, notorio por su proyección internacional, no se apartó de la norma: “…En las guerras entre europeos, en asuntos que solo les conciernen a ellos, nunca hemos participado, porque no corresponde a nuestra política…”

En 1898 el presidente William McKinley introdujo un paréntesis porque no se trataba de un conflicto entre europeos, sino de una cruenta guerra de liberación en las inmediaciones de la frontera estadounidense entre los patriotas cubanos y la Corona Española, que dio lugar a la guerra con  España, por cierto la única confrontación europea librada por Estados Unidos por sus propias razones.

En 1917 Woodrow Wilson hizo lo que había prometido que no haría, e involucró a Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, para lo cual movilizó cuatro millones de efectivos, de los cuales 364.000 fueron bajas. De  ellos 126.000 muertos, 234.000 heridos y 4.500 desaparecidos.

Semejante desastre dio la razón a los aislacionistas, impidió el ingreso de los Estados Unidos en la Sociedad de Naciones, condujo a la aplicación de las leyes de neutralidad, y con ello al retraso de su incorporación en la lucha antifascista. 

El desenlace de la II Guerra Mundial, de la cual la Unión Soviética emergió como superpotencia con una decena de países bajo su esfera de influencia, mientras   Europa Occidental y Japón eran montañas de escombros, incapaces de reponerse por ellos mismos; dio la oportunidad a Estados Unidos de asumir la función del Big Brothers protector. Así se abrió una era de liderazgo que fue brillante para Norteamérica que ha pasado.

En los setenta años transcurridos desde el fin de la II Guerra Mundial, Europa Occidental se puso al día en la economía, forjó los estados de bienestar, asistió al fin de la Unión Soviética, y está lista para avanzar con Rusia, no contra ella.

Para Europa no existe la amenaza nuclear eslava, y no hay nada que Rusia desee más que una relación fluida con sus vecinos, a la cual China está integrándose firmemente. Ignoro si la élite norteamericana comprende que hoy Europa no necesita de Estados Unidos como en la postguerra. 

Si a pesar de las evidencias de que los cambios en los últimos 72 años crearon nuevas realidades, entre ellas la economía, las finanzas, el comercio global, encadenamientos productivos transnacionales, y la necesidad de la seguridad colectiva planetaria, en los cuales Estados Unidos, Europa, China, Rusia, Japón y los países emergentes son protagonistas, Donald Trump elige una remake del aislacionismo decimonónico, deberá asumir los costos de tal decisión.

Hasta aquí el espacio. Mañana les cuento más. Allá nos vemos.

La Habana, 01 de junio de 2017


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