martes, 20 de junio de 2017

ECONOMÍA, POLÍTICA Y DEMAGOGIA

Jorge Gómez Barata

En un filme de Luis Buñuel un protagonista afirmó: “El rey puede crear todos los condes, duques y marqueses que quiera, pero ningún médico”. De ese modo el cineasta precisó ciertos límites del poder, que se expresan en los ámbitos de la cultura, la economía, la tecnología, el comercio y otras áreas donde la voluntad política no lo puede todo. Alguien debería contarle a Donald Trump cómo funciona la historia económica y social.

La fase de la globalización que ha conducido a que el mundo funcione como un sistema, constituye la esencia de la Era Moderna, que comenzó hace más de medio milenio, cuando los europeos llegaron a América, se establecieron en África, dieron la vuelta al mundo, y pasaron al océano Pacifico. De ese modo, Europa incorporó la otra mitad del planeta a los circuitos económicos y comerciales, que desde entonces constituyen la columna vertebral de la economía mundial.

La inyección de capitales procedentes del oro y la plata, los alimentos,  las materias primas, y la mano de obra de América y África, acompañadas por una gigantesca transferencia de tecnología y cultura (incluidas las lenguas, la rueda, el arado, la ganadería, la metalurgia y otros elementos), unidas al afán de innovación; aceleraron el desarrollo mundial, hicieron progresar al capitalismo, dieron lugar a la Revolución Industrial, y a los movimientos migratorios que poblaron América, donde los descendientes de europeos crearon los Estados Unidos y otra veintena de repúblicas.

Por esos caminos plagados de luces, sombras y tragedias, entre ellas dos guerras mundiales, hechos trascendentales y grandes retrocesos, la humanidad llego al punto donde hoy se encuentra, y que ningún poder y ninguna filosofía retrógrada o conservadora pueden revertir.

Donald Trump puede abusar de la retórica y del enorme poder de su cargo para hostilizar a Rusia, pero no anularla, emplazar a China, aunque no prescindir de ella, ofender a México, sin poder excluir la relación económica bilateral, denostar de Alemania, aunque no ignorar su potencial económico y su papel en Europa y en el mundo. 

Tampoco puede prescindir de la OTAN, porque se colocaría al margen de importantes asuntos europeos. En el Viejo Continente están los principales escenarios políticos, económicos y militares mundiales, y está Rusia, su principal adversario. Sin la OTAN, a Estados Unidos le sería difícil emplazar misiles en Polonia, la República Checa, los países bálticos, Turquía, y otros teatros de operaciones.

Donald Trump puede dañar las relaciones con Cuba, utilizarla como moneda de cambio para obtener magros aplausos en Miami, pero no puede dar marcha atrás a la historia, ni anular los avances alcanzados en la normalización de las relaciones, que no fueron un regalo de Barack Obama, sino la constatación realista de una necesidad histórica.

Como señaló el ministro de relaciones exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez: “Las políticas anunciadas por Trump no son viables…” 

Estados Unidos puede poner pausa a ciertos contactos y ralentizar algunos procesos, pero de ese modo también dañar sus relaciones hemisféricas y concitar el repudio del pueblo cubano, incluidos los emprendedores a quienes pretende beneficiar. Tal vez se trata de una operación irrentable con más pérdidas que beneficios. Allá nos vemos.

La Habana, 19 de junio de 2017

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El presente artículo fue originalmente en el diario Por Esto. Al reproducirlo favor  indicar la fuente.


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