martes, 6 de junio de 2017

De Adan Smith a Marino Murillo: La riqueza de las naciones

Jorge Gómez Barata

En Cuba acaba de culminar un prolongado intercambio en torno a la Conceptualización del Modelo de Desarrollo Económico y Social Cubano de  Desarrollo Socialista, cuya zaga generó opiniones encontradas acerca de cómo lograr que el sector privado de la economía contribuya al progreso nacional y, a la vez impedir (o regular) la concentración de la propiedad y la riqueza de los productores privados. Más fácil sería cuadrar el círculo.

Esas reflexiones, como todas a las que han tenido lugar en la Isla desde que  25 años atrás colapsaron el socialismo real y la Unión Soviética, están condicionadas por premisas ideológicas inmutables, que no permiten reflexiones científicas, acciones prácticas, ni experimentos importantes.

El problema de los problemas es que se trata de reformar el modelo económico sin someterlo a la crítica científica, profunda y multilateral, lo cual sería posible siempre y cuando las bases ideológicas y las proyecciones políticas proporcionaran la flexibilidad y la apertura necesaria, como promete la dialéctica y niega el dogmatismo.

DOS EJEMPLOS

Los líderes alemanes de la posguerra, encabezados por el ministro de economía alemán Ludwig Erhard, aprovecharon la reconstrucción económica y política a que Alemania estaba obligada para reorientar el esquema de desarrollo, introduciendo la Economía Social de Mercado.

Por su parte los socialdemócratas austriacos, finlandeses, suizos y escandinavos, sin renunciar a las fórmulas productivas capitalistas, aplicaron métodos de distribución de la riqueza social de carácter socialista, construyendo los llamados “estados de bienestar”.

Se trata de modelos que combinaron las reglas productivas del capitalismo con un desempeño del estado, que mediante políticas apropiadas, fueron capaces de organizar la distribución de la riqueza social de modo que asegurara el progreso general de diversos estratos sociales. Los capitalistas no dejaron de lucrar, y los obreros no fueron más miserables. La propiedad privada se combinó con el sector público, y las políticas sociales cubrieron los espacios que la lógica del mercado no es capaz de solucionar.

Por esa misma época los líderes chinos, y después los vietnamitas comprendieron que la combinación de fórmulas de mercado y apertura económica con el diseño estatal, las formas de propiedad, y el modelo político socialista, podían conducir a la prosperidad económica general.

Es curioso que tanto europeos socialdemócratas como chinos y vietnamitas marxistas, así como los japoneses que no son lo uno ni lo otro, se hayan apartado del esquema estadounidense donde el pobre es un perdedor, y  el asistencialismo estatal es virtualmente repudiado. 

Lo que parece ocurrir es que sin declararlo ni teorizar excesivamente, partiendo de distintas premisas ideológicas y por diferentes caminos, las élites dirigentes de unos y otros países pueden haber comprendido que el capitalismo no es una forma de gobierno ni un sistema político, sino un modo de producir, compatible con diferentes estructuras estatales y credos ideológicos.

El reciente debate en la Asamblea Nacional Cubana respecto a qué hacer ante el hecho positivo de que el sector no estatal de la economía crece y  genera riquezas, parte de confusos presupuestos no económicos. El sentido de toda producción y de todo negocio es crear riquezas, y el éxito radica en que sean cada vez mayores y más lucrativos.

El éxito económico conduce a la multiplicación de la riqueza, que lo mismo que la pobreza son fenómenos sociales. Allí donde la riqueza se expande, la pobreza se encoge. Al respecto los estados, sus instituciones y sus leyes aportan los mecanismos reguladores. Luego les cuento más. Allá nos vemos.

La Habana, 05 de junio de 2017

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