sábado, 22 de julio de 2017

CENTENARIO BOLCHEVIQUE. EL PAPA Y MARX

Jorge Gómez Barata

Con ocho años de diferencia en la edad, el papa León XIII y Carlos Marx no solo fueron contemporáneos en la Europa del siglo XIX, sino que coincidieron en la crítica al capitalismo salvaje.

Marx lo hizo mediante la Economía Política, y el papa desde la fe. Marx escribió El Capital, mientras el Santo Padre publicó, la encíclica Rerum Novarum (Las Cosas Nuevas). Las ideas de uno alimentaron el comunismo, y las del otro fomentaron el movimiento social cristiano. Marx era un radical y el papa un reformista, ambos fecundaron las ideas socialistas, y contribuyeron a la lucha por la justicia social.

Como lo prueban textos maduros y teóricamente significativos, como El Capital y Rerum Novarum, llamada la “Carta Magna del Trabajo”, a pesar de las criticas mutuas y las diferencias en la concepción del mundo, entre la apelación del religioso que llamó a los católicos a la acción social por el bien común, y las propuestas de Marx, existían coincidencias esenciales. El conjunto pudo ser magnífico.

No ocurrió así por qué al teorizar sobre la historia y la sociedad en general, Marx no evadió la cuestión religiosa, que es el elemento central de la espiritualidad, lo cual realizó en fecha tan temprana como 1843, cuando contaba 25 años, y en medio de una interesante reflexión global deslizó una desafortunada analogía:

“La miseria religiosa es a la vez la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el sentimiento de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una situación sin alma. Es el opio del pueblo…”

Aunque cuando aquel texto fue escrito, el opio era legal, y en Europa se le utilizaba en medicamentos, remedios, sedantes, anestésicos y somníferos. Las palabras de Marx fueron tomadas al pie de la letra, y como ocurrió con prácticamente todo lo que él escribió, incluso con algunas metáforas literarias, fueron convertidas en dogmas por sus exégetas, contribuyendo a cavar el injustificado abismo entre el socialismo y la fe religiosa.

Todo se complicó cuando en la crítica a otro reformista, Karl Eugen Dühring, Federico Engels intentó una sistematización del marxismo, que luego los científicos y autores soviéticos convirtieron en el denominado “Materialismo Dialectico”, en el cual la crítica a la religión asumió un sentido doctrinario y el combate contra ella se transformó en precepto.

Al divorcio generado por la teoría y la teología, se sumaron la confrontación derivada de la práctica política, todo lo cual alcanzó perfiles de tragedia en las complejas dinámicas asociadas al triunfó de los bolcheviques en Rusia, donde, a la actitud refractaria del clero y las jerarquías de la Iglesia Ortodoxa, los islámicos de Asia Central, y los judíos, se sumaron los inevitables extremismos, entre ellos el increíble fusilamiento de Dios, protagonizado por el Comisario para la Cultura, Anatoly Lunacharski, que desde la Plaza Roja disparó una salva al cielo, y dio por muerto al Creador. 

El caso es que, por diversas razones, se generaron antagonismos entre la religiosidad y la militancia marxista, que se propagó, tanto por las estructuras religiosas, como por las correas de transmisión del movimiento comunista internacional, provocando daños imposibles de cuantificar a la causa de ambos, que en realidad son metas compartidas asociadas al bien común, la justicia social, y la democracia.      

Aunque su obra no sobrevivió para disfrutar el momento actual en que barreras, a veces justificadas y en ocasiones artificialmente levantadas, han desaparecido, no obstante, a la tolerancia le faltan asuntos por resolver.

Algunos marxistas pueden no solo convivir sino compartir las trincheras con jerarcas y creyentes de todas las religiones, monoteístas o populares, con el judaísmo y el islam, participar en debate con todas las escuelas filosóficas y acoger en sus filas el arcoíris de la grey LGTB, y asumir como válidas todas las expresiones de la cultura antes llamadas burguesas, y no pueden tolerar a un socialdemócrata o un liberal, sobre todo del patio. Si es de afuera es otra cosa.

Se trata de procesos que maduran desigualmente. Alguna vez Lenin declaró: “Los filósofos pueden o no ser dialécticos. No importa, la realidad siempre lo es”. Allá nos vemos.

La Habana, 21 de julio de 2017


*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente   


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