jueves, 13 de julio de 2017

CENTENARIO BOLCHEVIQUE. IDEOLOGIA: OBSESIÓN DE LAS POTENCIAS

Jorge Gómez Barata

La Primera Guerra Mundial provocó el colapso de tres imperios: ruso, otomano y austro-húngaro y el debut de los Estados Unidos como potencia hegemónica mundial. Del cataclismo emergieron triunfantes los bolcheviques rusos. A partir de aquel momento, exceptuando el paréntesis nazi, la política global dejó de estar dictada por hechos reales para ser regida por un fenómeno virtual: la ideología.

Hasta entonces, las confrontaciones entre las potencias europeas habían tenido como motivaciones, acciones de conquistas, delimitación de fronteras terrestres y marítimas, reclamaciones y litigios territoriales, diferendos comerciales, aduaneros y asociados a la libertad de navegación y otros. El común denominador era la entidad tangible, incluso física de tales desencuentros.   

El cambio que convirtió a la ideología en eje de la política global fue el triunfo bolchevique en Rusia, fenómeno que dividió al mundo en dos sistemas sociales y entronizó dos visiones ideológicas opuestas del pasado y del porvenir. El pensamiento liberal y la cultura judeo-cristiana, ejes de los saberes y comportamientos occidentales, fue confrontado por el materialismo dialéctico e histórico y el marxismo-leninismo, construcciones teóricas ponentes del proyecto político denominado socialismo o comunismo.

A diferencia de las motivaciones dictadas por intereses materiales, la ideología, una especie de expresión política de la fe, no es un fenómeno de la realidad, sino de las mentes, no es concreta sino abstracta, no es tangible ni medible y puede ser rechazada, aunque no abatida. Nadie mató nunca una idea ni encarceló un pensamiento.

La Guerra Fría ejemplifica el período de mayor hostilidad política en toda la historia de los conflictos internacionales. Aquel diferendo con perfiles letales que envolvió a los Estados Unidos y la Unión Soviética en una confrontación que los puso a ambos y, juntos con ellos a toda la humanidad ante el peligro de desaparecer bajo los escombros nucleares, no condujo a la guerra, entre otras cosas, porque no se basaba en premisas reales, sino en una dimensión ideológica. La lucha entre el capitalismo y el socialismo no deja de ser un conflicto de visiones.

El dato más cierto y relevante en los anales de las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética no fue la confrontación sino la colaboración. La explicación es que mientras los enfrentamientos fueron virtuales, la acción conjunta, expresada en la alianza militar y política contra el fascismo, tuvo bases reales. Excepto la lucha por la hegemonía ideológica, no existe ningún dato capaz de justificar antagonismos del tamaño y con potencial destructor de la Guerra Fría.

Estados Unidos y la Unión Soviética no fueron nunca rivales comerciales y las asimetrías tecnológicas, científicas excluían y todavía omiten la competencia. Geográficamente están tan distantes que las pugnas geopolíticas entre ellos no existían. Hasta la Revolución Cubana, las Américas era tan ajenas al interés ruso como Europa Oriental y Asia Central para Estados Unidos.

La usencia de sostén material explica por qué cuando, en un momento de lucidez pragmática, Nikita Jruzchov adoptó como política la coexistencia pacífica, rápidamente fue aceptada por Estados Unidos. De esa logia forman parte el éxito de la detente propuesta por Willy Brandt que se impuso a la Doctrina Hallstein vigente desde épocas de Adenauer, así como la doctrina de “Una sola China” que puso fin a la ficción originada por llegada al poder de Mao Zedong. Se trató de momentos en los cuales la razón prevaleció sobre los preconceptos ideológicos.

Trotski, el único de los grandes líderes bolcheviques que vivió en los Estados Unidos donde ejerció el periodismo, descubrió que aquel país estaba más cerca del socialismo de lo que generalmente se estimaba, y en su momento Kissinger y Nixon encontraron en la China de Mao Zedong interlocutores atentos y Gorbachov, sin ofrecer el socialismo como ofrenda, tal como hizo Yeltsin, logró importantes entendimientos. Raúl Castro, el último de los duros del comunismo tuvo éxito al negociar con Barack Obama, mientras Putin y Donald Trump se profesan mutuas simpatías.

En cierto sentido, al interferir en la política que ha de realizarse sobre bases concretas e intereses tangibles, la ideología, lejos de favorecer, estorba. Allá nos vemos.

La Habana, 09 de julio de 2017


*Este artículo fue escrito para el diario “Por Esto”. Al reproducirlo o citarlo, indicar la fuente.


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