jueves, 20 de julio de 2017

LA IDEOLOGÍA Y LA POLÍTICA (II)

Jorge Gómez Barata

En América Latina, donde históricamente los esfuerzos por la difusión de las ideas socialistas han estado asociados a las luchas por la justicia social, la independencia, y el antimperialismo, nada fue tan contraproducente como el sectarismo que alejó adeptos y simpatizantes, impidió alianzas, y contribuyó al aislamiento de los partidos y los líderes comunistas, de otras fuerzas populares, incluso de izquierda.

El sectarismo como entidad política surgió cuando erróneamente los partidos comunistas enfatizaron excesivamente los aspectos filosóficos de su ideario y de su programa, entre otros el materialismo, el ateísmo, y la colectivización, asumieron consignas ajenas como la “dictadura del proletariado”, e hicieron visible el sometimiento a la orientación soviética, lo cual favoreció a la reacción que los presentó como ponentes de una ideología exótica sometida al dictak extranjero.

Aquel nefasto comportamiento introdujo equívocos que convirtieron en fenómenos ideológicos a procesos que no lo eran. Antes como ahora la lucha por la justicia social, la independencia nacional, y el antimperialismo, incluso por la revolución social, son procesos políticos en torno a los cuales pueden construirse grandes consensos, plataformas sociales y opciones políticas, empeños en los cuales las diferentes ideologías pueden convivir sin hostilizarse.

Ninguno de los grandes movimientos populares latinoamericanos, comenzando por las luchas por la independencia, incluidas las tres revoluciones victoriosas del siglo XX en México, Cuba y Nicaragua, como tampoco el peronismo y otros, reivindicaron alguna ideología, o se constriñeron a los límites de algún partido. Por el contrario, en todos los casos el éxito se derivó de la capacidad de convocatoria de sus proyectos basados en objetivos de liberación nacional y social, asociados a lucha contra tiranías opresoras de los pueblos.

El sectarismo es tan nefasto y poderoso que en los días iniciales,  cuando ya la Revolución Cubana se había proclamado socialista, y conferido un extraordinario protagonismo a los líderes y militantes del antiguo partido comunista, de allí mismo se derivó una corriente sectaria que intentó mediatizar a la Revolución, y disputarle el liderazgo a Fidel que la enfrentó conjurando la peligrosa desviación, que años después, incluso con presunta complicidad soviética, volvió a renacer en la llamada micro fracción.

Correspondió también a Fidel encabezar los esfuerzos para neutralizar otra expresión de sectarismo que condujo a actitudes discriminatorias, ajenas al espíritu de la Revolución, contra los creyentes, fenómeno que incluso afectó al laicismo, del estado, entronizándose en el sistema escolar y la cultura.

Afortunadamente en el siglo XXI, cuando la debacle soviética colocó a las ideas socialistas y al pensamiento marxista en su nivel más bajo; la nueva izquierda latinoamericana, con un sabio pragmatismo, levantó las banderas de la justicia social, la independencia nacional, y el socialismo, tomando distancia de los enfoques y los compromisos ideológicos que suelen conducir al extremismo.

Francamente me parece digno de los mayores elogios la defensa apasionada de las ideas en las que se cree, cualesquiera que sean, incluidas las socialistas y las comunistas, las cuales en el ámbito de las luchas sociales y políticas serán más influyentes en la medida en que se asocien y convivan con otras. Desde las posiciones revolucionarias es erróneo condenar a algún luchador porque sus ideas sean menos radicales o diferentes.

En Cuba afortunadamente el liderazgo revolucionario adoptó como credo la lucha por la unidad en la diversidad. El peligro de nuevas manifestaciones de sectarismo que resten y desunan está conjurado. No por pensar diferente o ser menos radicales alguien será excluido ni tratado como compañero de viaje. No es una tesis, sino una experiencia revolucionaria. Allá nos vemos.

La Habana, 19 de julio de 2017

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*Este artículo fue escrito para el diario “Por Esto”. Al reproducirlo o citarlo, indicar la fuente.


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