martes, 8 de agosto de 2017

DIALÉCTICA DE LA POLÍTICA

Jorge Gómez Barata 

Al nacer, la izquierda mundial de matriz inequívocamente marxista, asumió dos opciones. Los comunistas apostaron a “todo el poder o nada”, mientras los socialdemócratas prefirieron el reformismo y acoplándose a la institucionalidad liberal, desde finales del siglo XIX integraron parlamentos y gobiernos europeos. Con el triunfo en Rusia y China, los comunistas dieron pasos de significado universal. En una difícil cohabitación ambas vertientes colocaron el socialismo en la geografía política mundial. 

En Iberoamérica, las instituciones cooptadas por las oligarquías, impidieron a socialistas y comunistas acumular fuerzas, intervenir en la política, de modo que los partidos marxistas, generalmente clandestinos, apoyaron las reivindicaciones obreras, campesinas y sociales, sin llegar a constituirse en opciones de poder. Tampoco hubo condiciones para que prosperara el reformismo socialdemócrata.

Condicionado por el dominio de las oligarquías nativas y el capital extranjeros, con la excepción de momentos de auge del nacionalismo y del liberalismo, el proceso político latinoamericano se estancó hasta los años sesenta cuando la Revolución Cubana, estimuló un despertar del pensamiento, enriqueció la práctica y la cultura política, apoyó las luchas de liberación nacional e incorporó el socialismo a la agenda política regional, incluido una tardía promoción socialdemócrata que por razones conocidas ha tenido poco éxito.

El impacto de la Revolución Cubana, el fin de las dictaduras, el fracaso del neoliberalismo, el relax creado por la crisis política en Europa Oriental y el colapso de la Unión Soviética, dieron lugar al auge de movimientos políticos que propiciaron el surgimiento de una nueva izquierda, a la cual Fidel Castro aconsejó moderación y abstenerse de la lucha armada para aprovechar los espacios electorales existentes.

Con el telúrico debut de Chávez (1999, Lula (2003), el desempeño de Néstor Kirchner (2003), la elección de Manuel Zelaya (2005) y de Evo Morales, (2006), el retorno del sandinismo (2007), el triunfo de Fernando Lugo en Paraguay y del Frente Farabundo Martí en El Salvador, confirmaron el espectacular avance de una nueva izquierda que apoyó a Cuba y forzó a Estados Unidos a una rectificación de su política hacia la Isla.

Aunque obviamente se trata de un resultado multifactorial, no existe una explicación al hecho de que, en su conjunto, con la misma rapidez con que aquella corriente progresó, comenzó a remitirse y de unos nueve países que avanzaron por caminos decididamente progresistas, se han reducido a tres: Nicaragua, Bolivia y El Salvador), mientras que, en Brasil, Argentina y más recientemente en Ecuador, los liderazgos de procesos políticos con alrededor de diez años de magnificas experiencias, se han sofocado.

Ante la evidencia de que es difícil esperar repuntes electorales espectaculares como los de Chávez, Lula, Evo, Kirchner, Correa otros, se impone la necesidad de adoptar otras tácticas, estrategias y argumentos, para reconstruir los consensos, reflotar los movimientos sociales y forjar nuevas mayorías, no tanto para alcanzar la presidencia, como para usar la capacidad de convocatoria que se conserve para presionar y ejercer la oposición en beneficio de las reivindicaciones y las conquistas alcanzadas en la llamada “década ganada”.

Es vital maniobrar para para salvar el capital político que pueda preservarse, aun cuando haya que pasar del maximalismo que alguna vez habló incluso de “construir el socialismo” a lo que Lenin llamó “programas mínimos”, lo cual es preferible a perderlo todo, un riesgo que también existe. Allá nos vemos.

La Habana, 07 de agosto de 2017


Este artículo fue escrito para el diario “Por Esto”. Al reproducirlo o citarlo, indicar la fuente.


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