martes, 26 de septiembre de 2017

Los acuerdos son mejores que las guerras

Jorge Gómez Barata

El presidente Donald Trump considera que el acuerdo nuclear con Irán es un mal acuerdo. Aunque por otras razones, los halcones iraníes comparten esa opinión. Raras veces un acuerdo político multilateral que incluye componentes militares y de seguridad puede complacer a todas las partes. El entendimiento nuclear alcanzado en junio de 2015 entre el Consejo de Seguridad + Alemania e Irán, no es bueno ni malo, sino el único posible.

La andadura nuclear de Irán comenzó en la década de los años cincuenta del pasado siglo cuando el presidente Dwight Eisenhower, como parte del programa “Átomos para la Paz”, le entregó un reactor nuclear y cierta cantidad de uranio para fines pacíficos. En los años setenta el país se propuso construir plantas electronucleares lo cual contó con el beneplácito norteamericano, incluso el presidente Gerald Ford aprobó la transferencia de tecnología para la recuperación del plutonio, material utilizado en la fabricación de bombas atómicas. Entonces Irán era gobernado por una monarquía proccidental. 

En 1979 con el triunfo de la llamada “Revolución islámica” el desarrollo nuclear de Irán dejó de contar con asistencia técnica occidental y a partir de cierto momento la Organización Internacional de la Energía Atómica y los servicios de Inteligencia occidentales sospecharon que el estado persa utilizaba la excusa del programa con fines pacíficos para dotarse de capacidades nucleares. Así comenzó el diferendo que alcanzó momentos extremos bajo los gobiernos de Mahmud Ahmadinejad y que el presidente Trump relanzó con su discurso en la ONU.  

En los años ochenta, amparado en las salvaguardas del Tratado de No Proliferación, Irán inició el enriquecimiento de uranio para producir su propio combustible nuclear, profundizándose el diferendo con Estados Unidos y el resto de las potencias del Consejo de Seguridad + Alemania que condujo a duras sanciones comerciales y financieras, incluso amenazas militares extremas. En respuesta, Teherán desarrolló la industria militar y adquirió equipamiento aeronaval y coheteril fortaleciendo sus capacidades militares convencionales. Entre las muchas acciones destinadas a impedir el desarrollo nuclear de Irán estuvo el asesinato de varios de sus científicos.

Después de intensas pugnas, en 2004 anunció la decisión de suspender el programa de enriquecimiento de uranio que, aunque estaba en los límites permitidos por el TNPN, constituía la manzana de la discordia. En 2005 reinició esos trabajos. Con altos y bajos las tensiones alcanzaron situaciones límite. En 2012 y 2013 Estados Unidos e Israel sostuvieron que Irán estaba muy cerca de adquirir capacidad para fabricar bombas atómicas por lo cual la OIEA lo conminó a detener el enriquecimiento de uranio y poner bajo custodia sus existencias.
 
En 2013 Irán accedió a detener las operaciones de enriquecimiento del mineral, en 2015 el estado persa y el Grupo 5+1 acordaron suspenderlo permanentemente, bajo estricta fiscalización y el 15 de julio del propio año las potencias del Consejo de Seguridad + Alemania y no solo Estados Unidos, alcanzan un detallado y voluminoso acuerdo que virtualmente cerró el camino de Irán hacia la obtención de la bomba atómica. El presidente Barack Obama se declaró satisfecho, mientras Israel rechazó el acuerdo.

El resto de la historia es conocida y ha llevado al presidente Donald Trump a un rechazo visceral de lo acordado. El mandatario tiene razón al señalar que el acuerdo no es perfecto, pero probablemente no la tenga al desconocerlo. No es verdad que los negociadores y los gobernantes de los cinco estados miembros del Consejo de seguridad + Alemania hayan claudicado ante Irán, sino que optaron por una solución de compromiso satisfactoria. 

Los riesgos son enormes. Si Estados Unidos desconoce lo acordado y se retira de lo pactado, deja las manos libres a Irán que pudiera reiniciar su programa de enriquecimiento de uranio y avanzar hacia la obtención de capacidades nucleares extraordinarias. Al respecto, la experiencia está a la vista. De haber persistido en los acuerdos alcanzados por Bill Clinton con Corea del Norte no existirían los peligros a que hoy se expone la humanidad.

Con pragmatismo, la actual administración debería asumir que lo perfecto es enemigo de lo bueno, que en política se hace lo que se puede y que un mal acuerdo es la base para avanzar hacia uno mejor y así sucesivamente.

Desde Hiroshima, la humanidad no ha dejado de luchar por eliminar las armas nucleares. Los avances logrados son pequeños pero la voluntad persiste. El entendimiento con Irán es un paso adelante. Bueno sería lograr algo parecido con Corea del Norte para ganar tiempo y dar chances a la diplomacia. Alla nos vemos.

La Habana, 23 de septiembre de 2017

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El presente artículo fue elaborado para el diario Por Esto. Al reproducirlo favor indicar la fuente.


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