viernes, 10 de noviembre de 2017

ONOMATOPEYA DE OTRO ABUSO

Jorge Gómez Barata

Según afirma el Departamento de Estado de los Estados Unidos y rechazan el gobierno y científicos cubanos, ciertos ruidos cuya onomatopeya recuerda el canto del grillo, dañaron la salud de unos veinte funcionarios estadounidenses en La Habana. Cierta o no, a la cifra de norteamericanos presuntamente perjudicados, debe añadirse varias decenas de miles de cubanos, los cuales difícilmente podrán realizar sus planes de viajar o emigrar a los Estados Unidos.

A lo largo de más de cincuenta años, estimulados por las políticas, las facilidades y los atractivos de Estados Unidos y presionados por multitud de problemas políticos, económicos y familiares, así como por aspiraciones personales, los cubanos han emigrado a ese país de todas las formas imaginables. Para ello han realizado sacrificios, asumidos riesgos y soportado vejaciones. La idea de que han sido rehenes del conflicto bilateral no carece de base. 

El largo camino hacia soluciones viables comenzó en 1978 cuando en virtud de los diálogos con personas representativas de la Comunidad Cubana en el Exterior, se reanudaron los viajes desde Estados Unidos a Cuba, en virtud de lo cual, según mis cálculos, pueden haberse efectuado unos cuatro millones de visitas.

En esa línea, en 1994 fue suscrito un acuerdo migratorio, en virtud del cual, Estados Unidos concedió a los que deseaban emigrar, no al gobierno cubano, 20. 000 visas anuales, lo cual puede haber beneficiado a medio millón de nacionales, a lo que se suman abultadas cifras de visitas familiares a Miami y otras urbes. 

Por su parte, Cuba eliminó los permisos de salida y concedió un período de gracia de dos años de estancia en el extranjero antes de considerar a un cubano emigrado. El hecho de que los que emigran ahora no pierdan sus propiedades y aquellos que se marcharon en cualquier momento puedan regresar y con trámites y costos mínimos recuperar sus derechos, eliminó el concepto de salida definitiva. También se decretó una especie de amnistía para aquellos que habían salido del país ilegalmente y se fijó un plazo de sanción a los que abandonaron misiones oficiales.

Días antes de concluir su período presidencial, el presidente Barack Obama descontinuó la política de pies secos y mojados suprimiendo un privilegio del que los cubanos disfrutaron durante décadas. De ese modo, con medidas de una y otra parte, se avanzó en el propósito de lograr una emigración legal, segura y ordenada.

Recientemente, un estrafalario incidente asociado a ruidos que solo veinte personas dicen haber escuchado, Estados Unidos dispuso la retirada del personal de su embajada en La Habana y la expulsión de la mayor parte de los diplomáticos cubanos en Washington, lo cual ha paralizado la actividad de esas sedes, poniendo pausa a la normalización migratoria.

El carácter humanitario de las necesidades, tanto de los cubanoamericanos que reclaman o esperan la visita de sus familiares, como de estos a los que se les obliga a realizar dilatas gestiones en terceros países, contrasta con la frivolidad con que son tratados. Hasta hoy no he escuchado voces que en Miami o la Habana se levanten para protestar y condenar el abusivo trato ni para reclamar la revocación de las medidas dictadas.

En el pasado reciente, las restricciones y las manipulaciones a la emigración desde Cuba provocaron situaciones extremas. La experiencia, no solo cubana enseña que, cuando en los temas migratorios que involucran a decena de miles de personas y los gobiernos dejan de ser parte de la solución y se convierten en ejes de los problemas, las multitudes, apremiadas por urgencias inaplazables y metas irrenunciables, procuran sus propios caminos. Ojalá no ocurra otra vez y se generen ruidos mayores. Allá nos vemos. 

La Habana, 09 de noviembre de 2017

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El presente artículo fue redactado para el diario Por esto. Al reproducirlo indicar la fuente.  


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