viernes, 8 de septiembre de 2017

EL DEDO EN LA LLAGA

Jorge Gómez Barata

Al convocar a las reformas para relanzar la economía cubana, el presidente Raúl Castro subrayó la necesidad de “cambiar la mentalidad”, patentizando así la importancia del factor ideológico. No obstante, si bien las orientaciones de carácter económico y laboral han sido respaldas por acciones en las esferas gubernamentales y empresariales y forman parte de las agendas del Partido, el parlamento y el gobierno, no se conoce ningún evento científico, académico o cultural relevante convocado para examinar lo relativo al “cambio de mentalidad”.

Dos veces en un mismo período histórico, la Revolución se ha empeñado en cambiar la mentalidad de la sociedad cubana. La primera fue a partir de los años sesenta, cuando la profundización del proceso revolucionario concitó la agresividad del imperialismo estadounidense, a la vez que promovió la solidaridad de la Unión Soviética factores que, en conjunto determinaron el curso socialista de la Revolución.

Entonces las ideas promovidas, eran acompañadas por un intenso proceso de progreso general y un extraordinario esfuerzo cultural. La reforma agraria, las nacionalizaciones y un sinnúmero de otras medidas, fueron los arietes de una transformación como resultado del cual las ideas socialistas, en el formato entonces vigente, constituido por la versión soviética del marxismo-leninismo y la experiencia de aquel país en la construcción del socialismo, se instalaron con carácter dominante en la sociedad cubana.

El cambio de mentalidad a que el presidente exhorta se deriva, tanto de la necesidad de rectificar una experiencia fallida, expresada en la debacle de Europa Oriental y la Unión Soviética, como de la voluntad de sostener el proyecto socialista. El conjunto requiere de honestidad intelectual y espíritu autocrítico para reconocer los errores y perfilar nuevas concepciones y formas de realizar esa tarea histórica, la cual no puede avanzar sin profundas reformas, rectificaciones y cambios estructurales.

A diferencia de los años sesenta, cuando se trabajaba intensamente por cambiar la mentalidad de la sociedad cubana para auspiciar el rechazo al capitalismo y la filosofía liberal, acatar el socialismo, instalar la concepción del mundo basada en el materialismo dialéctico e histórico, edificar un nuevo orden económico y social, asentada en el colectivismo y un sistema político regido por el partido comunista, elementos en los cuales la dirección revolucionaria creía firmemente y que despertaban el entusiasmo de importantes sectores populares; el cambio de mentalidad que ha de operarse ahora tiene otros signos y parte de premisas menos optimistas.

El cambio que se realiza ahora está plagado de dudas, incógnitas y riesgos que no despiertan el entusiasmo de los círculos dirigentes, ni son asimilados por sectores populares que ven peligrar conquistas sociales. El camino ahora no esta tan claro como cuando la promoción de la opción socialista se realizó a partir de referentes objetivamente existentes.

A ello se suman escenarios internos y externos más complejos. No existe la Unión Soviética ni el campo socialista, y aunque hay relaciones diplomáticas con Estados Unidos, persiste el bloqueo norteamericano y se abre paso una perspectiva política regional desfavorable. Y aunque el país cuenta con instituciones políticas más sólidas como el Partido y las organizaciones sociales, ha de asimilar la ausencia física de Fidel Castro y, en breve el alejamiento de la dirección histórica de la Revolución.

En esta contradictoria coyuntura, el país necesita con urgencia de su activo intelectual, especialmente de sus ideólogos y especialistas más esclarecidos para que contribuyan, no solo a reiterar las ideas que es preciso defender y los preceptos que es necesario reiterar, sino también a aquellas que hay que introducir.

En Cuba hoy lo revolucionario son las reformas y la renovación del arsenal ideológico y conceptual para reinventar el socialismo, sumando a la eficiencia económica, las dosis de modernidad ideológica y política necesarias para una sociedad que se interna en el siglo XXI y necesita no solo resistir sino avanzar con el credo de que otro socialismo es posible.

Para hacerlo necesita salir de las trincheras y avanzar a campo abierto. Los riesgos son enormes, pero también lo son las oportunidades. Allá nos vemos.

La Habana, 07 de septiembre de 2017


Catalunya: Referéndum suspendido

EL 'PROCÉS', EN FASE DECISIVA

El Constitucional prohíbe el 1-O y el fiscal se querella contra Puigdemont mientras el Parlament redobla su órdago con la ley de ruptura

EL PERIÓDICO  -  08/09/2017 a las 11:32 CEST

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, tras la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros. / JOSE LUIS ROCA

Flota en los pasillos del Palacio de la Moncloa una extraña sensación de irrealidad, tan inapelable como paradójica: todos sabían que el choque de trenes entre la Generalitat y el Estado iba a ocurrir y nadie esperaba que sucediese. El Gobierno admite la perplejidad, pero Mariano Rajoy aprendió del 9-N que debía haber preparado un plan de crisis y este jueves salió a desplegar la respuesta del Ejecutivo para frenar el desafío independentista. En 48 horas, Junts pel Sí y la CUP han aprobado la arquitectura jurídica para desgajar a Catalunya de España en dos plenos del Parlament extenuantes y tensos como nunca. Y en solo 24 horas, el Gobierno y el Tribunal Constitucional han laminado los cimientos del 1-O.

El Gobierno respondió en dos esferas. La jurídica: cuatro recursos al Tribunal Constitucional, que ya de noche suspendió las leyes validadas en la Cámara catalana y apercibió a un millar de cargos políticos y no políticos de las consecuencias penales de desobedecerle. Y la dialéctica: la patrimonialización del concepto 'democracia'. Rajoy trató de adueñarse de su significado para erigirse en el defensor y garante de la libertad frente a los “radicales”.

La poderosa teatralidad de la bronca del Parlament y la respuesta grandilocuente de Moncloa, han dado alas al concepto fuerza que ha comenzado a circular en los argumentarios de los populares: “golpe de Estado”. Frente a esa amenaza, Rajoy advirtió por primera vez que si se celebra el referéndum el 1-O, podría estar en juego el autogobierno de Catalunya. No fue un desliz. Lo leyó en un comunicado que su equipo preparó y revisó al milímetro.

Épica y drama

El Parlament y Moncloa se miraban de reojo en una jornada de épica y drama. El Parlament, robándole horas al sueño, se reabrió con una ley del referéndum aprobada la noche anterior y con una ley de transitoriedad alumbrada ya entrada la madrugada del viernes, en otra jornada que algunos vieron “histórica” y otros como “histriónica”. Mientras tanto, la Generalitat desplegaba el referéndum desde el minuto uno, demostrando una clara intencionalidad de tirar adelante con la ley y el decreto de convocatoria aprobados el miércoles y suspendidos a las 24 horas.

Se puso en marcha la web del referéndum, se enviaron cartas a todos los alcaldes reclamándoles que indiquen en dos días qué locales ponen a disposición y se hizo caso omiso a los avisos que iban llegando des la fiscalía y el Consejo de Ministros. El fiscal general del Estado anunció que la querella contra los miembros de la Mesa del Parlament se ampliaba al ‘president', Carles Puigdemont, y el resto de su Ejecutivo. Nada más comparecer José Manuel Maza, el portavoz del Govern, Jordi Turull, denunciaba un “estado de sitio" encubierto, pero recomendaba calma y mantenimiento del rumbo previsto.

Los informes del Consejo de Estado, que son preceptivos para plantear un recurso ante el TC, habían llegado a la Moncloa a las tres de la madrugada. Por la mañana, mientras los abogados de Estado redactaban los escritos al alto tribunal, Rajoy se reunió con el líder de la oposición, Pedro Sánchez. Es un apoyo que el presidente agradeció públicamente, sabedor de que Podemos iba a usar en la izquierda la consabida bala de la derechización.

"Firmeza y aplomo"

Cuando se despidió del secretario general del PSOE, Rajoy presidió el Consejo de Ministros y compareció en una escenografía de solemnidad, arropado por todos los miembros de su gabinete, para intentar transmitir un mensaje de hombre de Estado. “Soy muy consciente de mis obligaciones y de la gravedad del momento, de lo que está en juego. Sé lo que se espera de mí. Y les puedo asegurar que no he dedicado tantos años a mi país y al interés general como para permitir ahora que se pueda liquidar de un plumazo nuestro modelo de convivencia”, advirtió.

Suele admitir la Moncloa que su no-comparecencia el 9-N del 2014, tras la exitosa consulta soberanista, fue probablemente el peor error en la presidencia de Rajoy. Por eso este jueves quiso dirigirse a los ciudadanos como un jefe de Gobierno que no va “a vacilar a la hora de cumplir su deber” con “firmeza, aplomo, serenidad y dignidad”.

Desafío redoblado

Nada mejor para indicar la voluntad de desafío que la tramitación de la segunda de las leyes de ruptura, la de transitoriedad jurídica, la que fija la arquitectura legal y política básica de una Catalunya independiente si vence el 'sí' el 1-O. Sin embargo, el pleno parlamentario se encalló de nuevo, como el miércoles, en repetidas reuniones de la Mesa y la Junta de Portavoces, en las que los grupos de la oposición trataban de evitar el debate de la ley, denunciando que de nuevo la mayoría parlamentaria la tramitaba recortando derechos de las minorías.

Este combate entre unos y otros se alargó por espacio de horas durante la tarde noche de este jueves hasta que finalmente la mayoría independentista logró aprobar una norma con la que se redobla el desafío hacia el Estado tras la aprobación de la ley y el decreto del referéndum del 1-O.