miércoles, 13 de septiembre de 2017

Reconciliación con la Madre Tierra, entre nosotros, con Dios

Chencho Alas


Esta semana he recibido dos fotografías que constituyen por si solas un mensaje poderoso. La primera corresponde al viaje del Papa Francisco a Villavicencio, Colombia, en su peregrinar por la reconciliación y la paz. La segunda fue tomada en Santa Clara, Cuba, después del paso del huracán Irma.

En la primera fotografía vemos al Papa sembrando un árbol, símbolo y mensaje de paz para los colombianos que vivieron por medio siglo una guerra fratricida. En la segunda vemos a seis cubanos levantando un árbol caído para que continúe su misión de purificar el aire, darnos agua, frutos, sombra y belleza. Un mensaje diametralmente opuesto al dicho popular que nos ha enseñado que al árbol caído, leña.

La relación naturaleza-ser humano es intrínseca. Si herimos a la naturaleza, nos hacemos daño a nosotros mismos. El Papa lo confirma en su conferencia de prensa a los periodistas que le acompañaban en su retorno a Roma: “La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes”. “Que el sí a la reconciliación incluya también nuestra naturaleza”. Todo pareciera que no caemos en la cuenta que la naturaleza continuará su curso pero nosotros no. Se da un ecocidio.

Recuerdo mis años cuando trabajaba con la clase media y alta de mi país en Cursillos de Cristiandad. Los lunes venían a las ultreyas y escuchaba sus comentarios. Algunos de ellos cultivaban grandes extensiones de algodón. Después de varios años de dedicar el suelo al monocultivo, no lograban controlar los insectos que biológicamente se acomodaban a los diferentes insecticidas. Uno de ellos afirmaba que a pesar de mezclarlos, los insectos continuaban haciendo destrozos y agregaba “Me siento culpable, porque están naciendo niños deformes, sin brazos, sin piernas, con una sola oreja, con labios leporinos …

Hace poco una señora de la comunidad El Tigre, cantón el Majahual, me decía que ellos no tienen problemas legales con la tala de árboles. Recogen un poco de leña, la colocan al pie del árbol que quieren cortar, le ponen fuego y a los pocos días este comienza a morir. Piden el permiso para botarlo, el cual lo logran siempre y luego lo asierran. Esta es la causa por qué el río Majahual se queda seco en verano y los pozos de los vecinos no tienen agua.

El Ministerio del Medio Ambiente continúa dando permisos para el cultivo de caña de azúcar, lo que significa la tala de bosques para hacer la siembra. Todos los que tenemos la oportunidad de sobrevolar el territorio salvadoreño nos damos cuenta que un alto porcentaje de la superficie plana del país está cultivada de caña, un monocultivo que exige mucho del suelo y que es quemado antes de la cosecha. Tarde o temprano esas tierras se volverán estériles y sufriremos de los calores propios del oriente del país que fue cultivado con henequén y algodón. Nosotros mismos creamos nuestros desiertos.

Por 11 años ha estado enterrada en la Asamblea Legislativa la Ley General de Agua. Los intereses particulares han prevalecido sobre los nacionales en el uso del agua. Los señores de la caña y otros empresarios quieren privatizarla. Este día se comenzará a discutir la ley artículo tras artículo. La Iglesia, la UCA, muchas asociaciones demandan una ley que proteja el derecho humano primordial del agua.

Ojalá que los diputad@s tengan presente el mensaje sobre el agua del Papa Francisco. En su carta encíclica “Sobre el Cuidado de la Casa Común, Laudato Si’, en el numeral 30 nos dice: “Mientras se deteriora constantemente la calidad del agua disponible, en algunos lugares avanza la tendencia a privatizar este recurso escaso, convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado. En realidad, el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos.”

Nota: Desde hace mucho tiempo he querido denunciar el hecho de que el aeropuerto Mons. Oscar Romero no tiene el servicio de agua potable para pasajeros y visitantes. Antes de la última remodelación lo había. Probablemente las influencias de las embotelladoras como el Agua Cristal le pidieron al director de CEPA, autónoma gubernamental, que cerrara el servicio para obligarnos a comprar las botellitas que tienen precios exorbitantes. En El Salvador continúan mandando los grandes capitalistas y no los gobiernos de turno. Quizá a eso refiere Bukele, cipote rebelde, alcalde de San Salvador, cuando afirma que no tenemos presidente.

Austin, Tx, 13 de septiembre de 2017

LA NATURALEZA Y NOSOTROS

Jorge Gómez Barata

Los ciclones, llamados también huracanes o tifones, son fenómenos tropicales. Tropicales son también el subdesarrollo y la pobreza. Los terremotos son menos selectivos, aunque sus consecuencias son considerablemente mayores en las naciones en desarrollo. La peor situación se presenta en aquellos países donde existe variedad de catástrofes naturales.

En todo el mundo diariamente se registran unos 50 terremotos. Chile, donde como promedio, la tierra tiembla diez veces al día, casi cuatro mil ocasiones al año y una vez en cada década ocurre un sismo de grandes proporciones, es el lugar del mundo donde se desarrollan más eventos de este tipo. Allí el 22 de mayo de 1960 tuvo lugar uno que registró 9,5 grados en la escala de Richter y ocasionó un tsunami que levantó trenes de olas de 10 metros de altura que viajaron desde Sudamérica hasta Hawái y Filipinas.

Por el número y la intensidad de los terremotos, escoltan a Chile:  Indonesia, Japón, Rusia, Estados Unidos, Islandia, Perú, Nueva Zelanda, India, Vanuatu, Guatemala, Tonga, Ecuador, Tuvalu, Papúa Nueva Guinea, China, Costa Rica, Taiwán e Italia. En esta relación México ocupa el séptimo lugar.

En el llamado cinturón de fuego del Pacifico, la zona de mayor actividad sísmica en el planeta, además de Chile, se encuentran otros diez países latinoamericanos: Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, México, junto con Estados Unidos y Canadá.

En los últimos 12 años, el Servicio Sismológico de México registró 16,540 sismos igual o superior a 3.5 grados en la escala de Richter, esto es más de tres diarios y, según la UNAM, cada año ocurren más de 100 con magnitudes superiores a 4.5 grados y, en ciclos de cuatro años suceden unos cinco de magnitud mayor a 6.5. En 1985 tuvo lugar uno de 8,1 que devastó Ciudad México y el pasado día siete ocurrió el mayor en cien años con 8,2.

Por lo general los terremotos ocurren en regiones con relieves irregulares accidentados, tales como costas, cordilleras u océanos extremadamente profundos, volcanes y otros escenarios semejantes. En las regiones mediterráneas y en las llanuras, raras veces se desatan movimientos telúricos de consideración. El país con menos catástrofes naturales es Paraguay.

En cualquier caso, los desastres naturales son circunstanciales, obedecen a condiciones difíciles de modificar y hasta hace unas décadas, no se relacionaban directamente con la actividad humana. No ocurre lo mismo con los conflictos sociales que tienen carácter permanente. Los ciclones y los terremotos pasan, sus daños son resarcidos, mientras la pobreza y sus manifestaciones más terribles, el hambre y la ignorancia permanecen.

Obviamente la lucha contra el cambio climático y la voluntad de mitigar sus consecuencias es de vital importancia para la supervivencia del género humano. También lo son los esfuerzos por el progreso general de los países pobres, así como la lucha contra la pobreza, más destructiva y humillante que los terremotos y los huracanes, incluso que las bombas atómicas. Allá nos vemos.

La Habana, 12 de septiembre de 2017

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El presente artículo fue redactado para el diario Por Esto