viernes, 4 de mayo de 2018

BICENTENARIO DEL NATALICIO DE CARLOS MARX (II)


Jorge Gómez Barata 

Carlos Marx fue afortunado. Realizó su vocación científica, su trabajo lo hizo feliz y lo convirtió en el primer dirigente socialista mundial. Hijo de una familia solvente, accedió a la mejor educación. En la juventud desposó a Jenny von Westphalen, una bella mujer que lo amó toda la vida y encontró en Federico Engels a un amigo y colaborador excepcional.

Proscripto en casi toda Europa, Londres lo acogió y le permitió trabajar en la biblioteca del Museo Británico. En 1851 Charles Dana, un editor norteamericano lo empleó en el New York Herald Tribune, por cierto, Dana también contrató a José Martí. No obstante, el mejor beneficio lo obtuvo Marx del triunfo bolchevique, del establecimiento de la Unión Soviética y del sistema socialista mundial que lo catapultaron a la fama y a la inmortalidad.

La juventud de Karl Marx coincidió con un asfixiante período de auge de la reacción europea que, al dificultar su vocación y estudios académicos con marcada preferencia hacia la especulación filosófica, lo inclinaron al periodismo, profesión que lo condujo al examen de los problemas sociales y políticos, a la denuncia del régimen prusiano y más tarde a la crítica del capitalismo.

La obra teórica realizada como tampoco el periodismo practicado por más de veinte años en doce periódicos y revistas, en los cuales escribió alrededor de 400 artículos, no le proporcionaron bienestar económico ni fama. Cuando murió en 1883 a sus funerales asistió una docena de personas, entre ellas, su hija Eleanor Marx, sus yernos, el cubano Pablo Lafargue y el francés Charles Longuet, además de los alemanes Wilhelm Liebknecht, Friederich Lessner, los británicos Carl Shorlemmer y Edwin Ray Lankester y naturalmente, Federico Engels.

Los únicos homenajes fueron sendas coronas sobre el ataúd, colocadas por G. Lemke del Socialdemócrata y otra de la Asociación de Educación de Obreros Comunistas de Londres. En la despedida de duelo, hablaron: Federico Engels en inglés, Longuet, en francés, el delegado del Partido Obrero Español José Mesa, en castellano y Liebknecht, en alemán.

En Europa, incluso en Inglaterra, donde había vivido, trabajado y publicado sus obras más importantes y en cuyos círculos era ampliamente conocido, el suceso apenas se mencionó y en los Estados Unidos tuvo escasa repercusión, incluso el día 17 de marzo, al informar del deceso, el Tribune de Nueva York, omitió que Marx había sido su corresponsal en Londres durante once años.

En Hispanoamérica donde el marxismo era prácticamente desconocido, el deceso de Carlos Marx, no fue noticia. La excepción fue aportada por José Martí, que el 19 de marzo de 1883, escribió las más bellas palabras que se dijeron sobre el prócer caído y con las cuales dio pruebas de su propia capacidad para percibir la grandeza del hombre y lo enorme de la pérdida.

Por una afortuna parábola, José Martí, el héroe nacional cubano  fue el primero, fuera del círculo más inmediato, en reconocer en Marx, al líder socialista internacional que era al morir: “…Vienen a honrarlo ─escribió─ hombres de todas las naciones…”, “...Karl Marx ha muerto. Como se puso al lado de los débiles, merece honor…”

No obstante, y como para dar ejemplo de honestidad intelectual, Martí reprochó al finado su apuesta por la lucha de clases: “…No hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que señala el remedio blando al daño...”

Federico Engels, la persona que mejor lo conoció, hizo ante su tumba un retrato perfecto que coronó con la mejor de las sentencias: “En vida tuvo muchos adversarios, pero ningún enemigo personal.  Es así porque Marx fue lo que un gran poeta español quiso ser: “…En el buen sentido de la palabra, un hombre bueno”. Luego cuento más. Allá nos vemos

La Habana, 03 de mayo de 2018

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El presente artículo fue publicado por el diario ¡Por Esto! Al citarlo indicar la fuente.

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