jueves, 7 de junio de 2018

Sede paradisíaca para un difícil encuentro


Jorge Gómez Barata

Cuando el próximo 12 de junio los mandatarios de Estados Unidos y Corea del Norte, Donald Trump y Kim Jong-un, respectivamente se encuentren en el hotel Capella de la paradisíaca isla Sentosa del no menos paradisíaco Singapur, se dará un paso decisivo para poner fin a una guerra inconclusa y avanzar para, por primera vez en la historia, desnuclearizar una potencia atómica por vía pacífica, como debe ser.

Aunque es difícil precisar las dimensiones de su arsenal nuclear, se afirma que Corea debe poseer entre diez y veinte bombas atómicas u ojivas nucleares acoplables en misiles capaces de alcanzar los puntos más cercanos de los Estados Unidos, incluidas sus magníficas urbes ribereñas del océano Pacifico. El parque atómico y la determinación mostrada hacen de Corea el rival nuclear más peligrosos para los Estados Unidos. Tiene menos bombas que Rusia y China, pero más razones para utilizarlas. La lógica de Trump es brutal e impecable. No hay que apaciguar a Kim, es preciso desarmarlo. 

Todo se reduce a una transacción legítima y bien lograda de bombas por financiación y transferencias tecnológicas para el desarrollo de su país. Lo cual, dicho sea de paso, no es una novedad, sino un retorno a la táctica practicada por Kim Jong-il, padre del actual mandatario y asimilada como buena por Bill Clinton, que no llegó a concretarse porque George W. Bush se rehusó a cumplir lo acordado, incluyendo a Corea del Norte en el “eje del mal”. 

La isla Sentosa, sede de la delicada negociación, no pudo ser mejor elegida. En lengua malaya significa “paz y tranquilidad”. Bajo la dominación británica, el territorio de poco más de cuatro kilómetros cuadrados y menos de dos mil habitantes, fue un bastión militar que, en 1942, durante la II Guerra Mundial fue ocupada por Japón y convertida en campo de prisioneros para militares ingleses y australianos.

En 1945, tras la capitulación de Japón, la isla retomó su perfil predominantemente militar hasta la década de los setenta del pasado siglo XX, cuando el gobierno decidió convertirla en un destino turístico de alto estándar y entregar su administración a la Corporación de Desarrollo de Sentosa que, mediante la inversión de capitales públicos y privados, nacionales y extranjeros, hizo de ella uno de los enclaves turísticos más atractivos y exclusivos del mundo.

Sentosa, a donde el próximo día 12 conversarán dos de los estadistas más diferentes que puedan ser imaginados, está separada de Singapur por un brazo de mar de menos de un kilómetro y además de botes y ferris se accede a ella por el puente Calzada, el teleférico Singapur Coche y el Sentosa Express, un ultramoderno ferrocarril monorraíl que además recorre toda la isla. No cuenta con aeropuerto con capacidad para operar el Air Force One.

Para preservar los bosques que ocupan el 70 por ciento de la isla y su biodiversidad, se han congelado la construcción de hoteles y otras atracciones que demanden grandes extensiones, como los campos de golf, de los cuales existen dos. No obstante, las preocupaciones medioambientales no impidieron la creación de tres kilómetros de magnificas playas artificiales con arena comprada en Indonesia y Malasia. Últimamente, mediante vertido y compactación de arena al mar, la superficie de la isla tiende a ampliarse.

Corea del Norte no va a Singapur a entregar sus armas atómicas, sino a negociarlas. Si alguien le dice que en Sentosa no se hablará de ellas, de las seguridades que el país asiático recibirá y de las compensaciones que reclamará, no le crea. Allá nos vemos.

La Habana, 07 de junio de 2018

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