lunes, 29 de octubre de 2018

Khashoggi. La justicia que no llega


Jorge Gómez Barata

Los reiterados casos de periodistas intimidados, reprimidos e incluso asesinados por criminales, narcotraficantes, tratantes de personas y otros que actúan al margen de la ley, conmueven cada vez menos a la opinión pública mundial. No ocurre así con Jamal Khashoggi, conocido periodista saudí, residente en Estados Unidos y Turquía, quien el pasado 2 de octubre, fue ultimado en el consulado de Arabia Saudita en Estambul.

Según evidencias en poder del gobierno turco, a Khashoggi se le tendió una trampa al ser convocado al consulado, donde un comando de 15 efectivos sauditas lo redujeron, lo mutilaron y lo asesinaron brutalmente. Los agentes, llegados a Estambul el día antes para realizar la criminal operación, han sido identificados como miembros o ex miembros de la seguridad, la inteligencia militar y las fuerzas armadas de Arabia Saudita.

Debido a que el crimen ocurrió en una instalación protegida por inmunidad diplomática, solo los perpetradores conocen los detalles, de lo cual han ofrecido tres versiones diferentes. Primero negaron los hechos sin poder explicar que Jamal Khashoggi entró al consulado y nunca salió. Posteriormente, la fiscalía saudita refirió que el periodista murió durante una riña sin poder aclarar por qué no se informó a las autoridades turcas ni se mostró el cuerpo. Actualmente, el crimen se atribuye a excesos de los elementos de la seguridad que tenían la misión de interrogarlo y llevarlo a Riad.

Según se afirma, la operación fue conducida por Saud al- Qahtani, ex capitán de la fuerza aérea y alto funcionario cercano al príncipe heredero Mohammed bin Salman (MbS). Según trascendido, Qahtani planificó y condujo la operación utilizando redes sociales y las facilidades ofrecidas por el sistema Skype mediante las cuales, en tiempo real, interrogó a la víctima.
 
Obviamente, en el asesinato de Jamal Khashoggi están presentes elementos de irrespeto y subestimación a las autoridades turcas y de arrogancia, que recuerdan que con total impunidad y sin consecuencias, en 1917 Arabia Saudita secuestró, retuvo y obligó a renunciar al primer ministro de Líbano Saad al-Hariri de visita en el país. Según se conoce, en aquella operación también participó Saud al- Qahtani.

Los mandatarios de Turquía, Estados Unidos, Alemania, Francia y otros países han reaccionado exigiendo a Arabia Saudita el esclarecimiento de los hechos y una confesión acerca de las responsabilidades de las altas esferas, amenazando, entre otras medidas, con cancelar la venta de armas a Arabia Saudita, acción poco eficaz, que no castiga a los culpables ni paraliza la mano asesina de Riad.

Por sus propias razones, tal vez por el orgullo nacional ofendido y en defensa de la soberanía estatal seriamente comprometida, el presidente Recep Tayyip Erdogán exige que las 18 personas, hasta ahora detenidas en Riad, sean entregadas a Turquía para ser juzgadas, cosa a lo cual difícilmente acceda la monarquía.

Todo indica que Arabia Saudita es una pieza demasiado importante para Estados Unidos en el Oriente Medio y un aliado de Israel en la confrontación con Irán y Hezbolá y aunque Riad encontrará chivos expiatorios y rodaran algunas cabezas, ninguna será una testa coronada. Hay en juego demasiados intereses geoestratégicos y, sobre todo, mucho dinero. Presumiblemente, al menos por ahora, la satrapía que gobierna al emporio petrolero no responderá por sus crímenes. Allá nos vemos.

La Habana 24 de octubre de 2018

……………………………………………………………………
El presente artículos fue publicado por el diario ¡Por esto!

No hay comentarios:

Publicar un comentario