jueves, 6 de diciembre de 2018

SOCIALISMO. COYUNTURA Y ESTRATEGIA


Jorge Gómez Barata

Estados Unidos ingresó en la era moderna en el mismo momento y condición que Iberoamérica. Ningún país desarrollado de Europa posee tantos recursos naturales como Brasil, Venezuela, Argentina, o Colombia. La opulenta Singapur es tan capitalista como Filipinas y Costa Rica, y tanto como Honduras.

Con 170 millones de habitantes menos, México tiene tantos pobres como Estados Unidos, pero un palacio de gobierno 14 veces más grande y más lujoso que la Casa Blanca. En doscientos años en Estados Unidos y Canadá no hubo ningún dictador ni golpe de estado, mientras en América Latina pasan de cien. Obviamente no se trata solo del capitalismo. La buena o mala administración hace la diferencia.

Es cierto que la situación económica y social de América Latina en gran medida se deriva de deformaciones estructurales introducidas por el colonialismo europeo, pero también lo es que tal dominación cesó hace doscientos años, tiempo más que suficientes para subsanar malformaciones o atenuar sus efectos. En cuanto al imperialismo, su dominación no es una fatalidad dictada por algún destino manifiesto, sino muestras de la incapacidad para el autogobierno propio de las repúblicas soberanas.

La situación del subcontinente no proviene de los excesos del capitalismo, sino del hecho de que esa formación social no se desarrolló plenamente. No se trata pues de liquidarlo, sino de permitir que se desenvuelva, no al arbitrio de oligarquías antediluvianas, de la “mano invisible del mercado”, ni a conveniencias del imperio, sino bajo la conducción de eficaces estados nacionales, que solo pueden fomentarse mediante sistemas políticos basados en el imperio de la democracia y el derecho.

En los países avanzados, en particular en la era moderna, el desarrollo económico y social se ha realizado bajo la dirección y el control de estructuras estatales que, mediante leyes y políticas adecuadas, regulan los aspectos sustantivos de la vida social, especialmente los de índole económica, comercial, y financiera, aplicando legislaciones fiscales, laborales, salariales y ambientales apropiadas a los diferentes momentos por los que transcurre el desarrollo.

La comprensión de que las sociedades capitalistas desarrolladas, en las cuales predomina el liberalismo económico, son entes caóticos, en los cuales los intereses empresariales prevalecen sobre los sociales y nacionales, no existe planificación de la gestión económica, es errónea. La verdad es que las libertades económicas y empresariales propias del liberalismo económico discurren bajo regulaciones dictadas por los estados, que a la vez promueven y regulan las libertades económicas.

Afiliada al pensamiento económico y político, así como a la institucionalidad de matriz soviética, la cultura política cubana, en lugar de promover el pragmatismo que, como en China y Vietnam, asimila variadas fórmulas y abre caminos al ejercicio de la creatividad y las libertades económicas, lo restringe.

Una mirada realista al colapso del socialismo real, y en una obligada asociación con la coyuntura, la Cuba de hoy sugiere, que desde una nueva mentalidad, asistida por una combinación de sabiduría táctica y perspectiva estratégica, con audacia, talento, y determinación, se liberen las fuerzas productivas. Renovar, como regla implica riesgos, pero la inercia augura reveses. Lo comprendió Fidel Castro cuando aseguró que el sistema no funciona, y lo subrayó Raúl al predecir que: “Cambiamos o nos hundimos”. Escoger no debería ser difícil.

La Habana 05 de diciembre de 2018

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El presente artículo fue publicado por el diario ¡Por esto!

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