domingo, 9 de septiembre de 2018

REVELAN SECRETOS DE LAS TORRES GEMELAS


Por Manuel E. Yepe

La CIA estadounidense y la monarquía de Arabia Saudita conspiraron para mantener en secreto los detalles del ataque a la Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York y otros objetivos en Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001, según lo anuncia un documentado libro de los periodistas John Duffy y Ray Nowosielski que pronto verá la luz.

Los autores lograron en 2009 una asombrosa entrevista con Richard Clarke, asesor antiterrorista de la Casa Blanca durante las administraciones de Bill Clinton y George W. Bush, cuya publicación enfureció a la CIA, en especial a su director, George Tenet, quien había ocultado información crucial sobre los planes y movimientos de Al-Qaeda, incluyendo la llegada a Estados Unidos de los futuros secuestradores participantes Khalid al-Mihdhar y Nawaf al-Hazmi.

La CIA y la NSA, con complicidad saudí, articularon una falsa historieta para encubrir la participación del gobierno estadounidense en el asunto.

Pero para cientos de familiares y un número cada vez mayor de ex agentes del FBI, la ceremonia del 11 de septiembre de este año avivó una rabia acallada, pero no extinguida, por la conspiración de silencio mantenida por altos ex funcionarios de Estados Unidos y Arabia Saudita.

Para muchos ex funcionarios de la seguridad nacional, las preguntas sin respuesta sobre los acontecimientos que condujeron a los atentados del 11 de septiembre de 2001 eclipsan a las del asesinato de John F.

Kennedy, porque el 11 de septiembre cambió el mundo entero. No sólo llevó a las invasiones de Afganistán e Irak, la fractura del Medio Oriente y el avance del militantismo islámico, sino que también acercó a Estados Unidos a su virtual conversión en un estado represivo de seguridad nacional. Ello se manifiesta, de acuerdo a los autores del libro, en que la política exterior de Estados Unidos se ha dotado de una estrategia para el exterminio de los movimientos populares en América Latina.

Según relato del nuevo libro, Mark Rossini, uno de los dos agentes del FBI asignados a la unidad “Osama bin Laden” de la CIA, dijo estar triste y deprimido porque los gerentes de la agencia les impidieron misteriosamente en el 2000 informar a su cuartel general sobre la presencia en Estados Unidos de los conspiradores de Al Qaeda futuros ejecutores del magno acto terrorista y de nuevo lo hicieron en el verano de 2001. "Es evidente que los ataques no necesitaban ocurrir y que no ha habido justicia", constató Rossini según el libro.

En 2002, Tenet juró al Congreso que él no estaba al tanto de la amenaza inminente porque esa información venía en un cable no marcado urgente y "nadie lo leyó". Pero cinco años más tarde supo la verdad cuando los senadores Ron Wyden y Kit Bond le obligaron a hacer desaparecer un resumen ejecutivo de la investigación de la CIA sobre el 11-S, donde se afirmaba que no menos de cincuenta personas leyeron una o más de las seis comunicaciones de la Agencia que contenían información sobre viajes relacionada con estos terroristas.

Hasta entonces, Clarke había confiado en Tenet, su colega cercano y amigo. Alegando desesperación por no disponer de medios para difundir la tan asombrosa revelación, en 2009, el ex asesor antiterrorista escribió un libro que tituló, Your Government Failed You (Su gobierno le falló), que fue ignorado en gran medida.

Dice Clarke que creyó durante mucho tiempo que se trataba de un reducido grupo de funcionarios de bajo nivel que obtuvieron esta información y no se dieron cuenta de la importancia. Pero resultó que más de cincuenta oficiales de la CIA lo sabían, Tenet incluido.

Tenet y dos de sus ayudantes “antiterroristas”, Rich Blee y Cofer Black, emitieron una declaración calificando la teoría de Clarke de "imprudente y profundamente equivocada".

Pero ahora Clarke no está solo. Duffy y Nowosielski hallaron otros ex agentes y funcionarios clave del FBI que han desarrollado profundas dudas sobre la historia de Tenet. El único elemento en el que no están de acuerdo es en qué hubo funcionarios responsables del supuesto subterfugio.

El libro de John Duffy y Ray Nowosielski relata muchos otros aspectos que agregan gravedad a su denuncia: la complicidad saudí con los secuestradores; el apoyo del gobierno saudí a Al-Qaeda en años recientes; el descubrimiento del papel de agentes de la monarquía financiando subrepticiamente los esfuerzos de relaciones públicas para descarrilar un proyecto de ley en el Congreso que permitiría a un grupo de familiares demandar al reino por daños del 11 de septiembre; que funcionarios del Ministerio de Asuntos Islámicos del reino saudí estaban ayudando activamente a los secuestradores a establecerse en California.

El fantasma del once de septiembre de 2001 sigue rondando a la Casa Blanca como uno de sus más grandes desmanes históricos.

La Habana, septiembre 6 de 2018

Especial para el diario POR ESTO! de Mérida, México.

¿Y si el 'traidor' anónimo no fuera nadie?: Qué efectos tendrá la columna en NYT contra Trump


RT  -   9 septiembre 2018 06:04 GMT

Un artículo de opinión anónimo publicado esta semana en The New York Times apunta a la existencia de una "resistencia" dentro de la Administración Trump que "frustra" la agenda presidencial.

El presidente de EE.UU., Donald Trump. Kevin Lamarque / Reuters

La explosiva columna publicada esta semana en The New York Times por un funcionario anónimo de la Casa Blanca que afirma ser parte de la "resistencia" contra Donald Trump, ha caído como una bomba en Washington.

Mientras los medios y los internautas se preguntan quién habrá sido su autor, y el presidente exige "entregar de inmediato" al 'traidor', algunos expertos apuntan la posibilidad de que el supuesto funcionario, sencillamente, no exista, siendo el artículo parte de una guerra de información destinada a sembrar la discordia en la Casa Blanca y "acabar" con Trump.

"Puede que el saboteador no exista en absoluto"

Andréi Manoilo, profesor de ciencias políticas de la Universidad Estatal de Moscú, estima en una entrevista con RT que es poco probable que el autor del artículo de opinión sea "uno de los miembros actuales del entorno de Trump".

Si bien la columna podría haber sido preparada "por cualquiera de las personas" a las que Trump despidió e "impulsada por una sensación de resentimiento", también cabe pensar que el misterioso saboteador "no existe en absoluto", señala el analista.  

Manoilo explica que esta técnica, que se denomina 'legalización de información mediante declaraciones de personas pseudooficiales', consiste en que un periodista cita a una persona anónima, "le atribuye un alto cargo", cuando, en realidad, resulta imposible "establecer y verificar la identidad de esta persona".

"Cuestión de vida o muerte"

En sí mismo, el artículo —sostiene el profesor—, forma parte de la guerra de información que se está librando contra Trump, y que se está intensificando en vísperas de las elecciones de mitad de término al Congreso en noviembre. Para Trump, "se trata de una cuestión de vida o muerte", porque si los demócratas ganan y reciben una mayoría en la Cámara de Representantes, "pueden iniciar un procedimiento de 'impeachment'" en su contra, explica Manoilo.

Para hacerlo, prosigue, recurrirían a uno de los dos argumentos: la 25.ª enmienda a la Constitución, o la traición del Estado. La primera permite que el presidente sea destituido de su cargo si el vicepresidente y la mayoría de los miembros del Gabinete lo consideran incapaz de cumplir con sus obligaciones, por ejemplo, en caso de problemas físicos o mentales.

De hecho, el misterioso funcionario menciona esta enmienda en su columna, argumentando que los miembros del entorno del presidente habían barajado la posibilidad de aplicarla. Asimismo, el autor anónimo sostiene que Trump "desde hace mucho tiempo se comporta de manera inadecuada: se pone histérico y tiene otros signos de un posible trastorno mental", recuerda Manoilo, precisando que este artículo "arroja una sombra" sobre el estado de salud del mandatario.

Por otro lado, el experto hace hincapié en que la columna lanza "una declaración infundada de que hay una oposición dentro del equipo de Trump que lo contiene, pero que está muy descontenta con él". Esto "influirá en los ciudadanos estadounidenses que lean el artículo", mientras que el propio presidente empezará a "sospechar de todos", desatándose "una manía de espías en la Casa Blanca", concluye el experto.

"Es realmente una guerra"

Por su parte, Chris Hedges, periodista ganador del premio Pulitzer que ha trabajado en The New York Times durante 15 años, también destaca en declaraciones a RT el "sombrío mundo de las fuentes anónimas" que ha permitido fenómenos como la columna de esta semana.

Por otro lado, el periodista subraya que el lenguaje que utilizan instituciones como The New York Times sobre el presidente —"llamándolo mentiroso día tras día", por ejemplo—, "hubiera sido totalmente inaceptable cuando estuve allí".

"Esta es realmente una guerra por parte de la prensa del 'establishment', por el 'establishment' de Washington, para acabar con Trump", subraya Hedges.

CONSPIRADOR: El gobierno de Trump discutió un posible golpe de Estado con militares rebeldes en Venezuela


Una ceremonia de la Guardia Nacional celebrada en Caracas, el mes pasado. Durante 2017, el gobierno estadounidense sostuvo reuniones secretas con oficiales militares rebeldes que querían derrocar a Maduro. JUAN BARRETO/AGENCE FRANCE-PRESSE — GETTY IMAGES

The New York Times  -  Por ERNESTO LONDOÑO y NICHOLAS CASEY
8 de septiembre de 2018

El gobierno de Donald Trump sostuvo reuniones secretas con militares venezolanos rebeldes para hablar sobre sus planes para derrocar al presidente Nicolás Maduro, según funcionarios estadounidenses y un excomandante militar venezolano que participaron en las conversaciones.

Establecer contactos clandestinos con golpistas en Venezuela fue una gran apuesta para Washington, dado su largo historial de intervenciones encubiertas en toda América Latina. Muchas personas de la región aún sienten un gran resentimiento contra Estados Unidos por haber respaldado rebeliones, golpes de Estado y complots en países como CubaNicaraguaBrasil y Chile, así como por haber guardado silencio ante los abusos que los regímenes militares cometieron durante la Guerra Fría.

En respuesta a las preguntas sobre esas conversaciones secretas, la Casa Blanca señaló mediante un comunicado que era necesario participar en un “diálogo con todos los venezolanos que expresan el deseo de restablecer la democracia” con el fin de “aportar un cambio positivo a un país que ha sufrido mucho bajo el gobierno de Maduro”.

Sin embargo, un comandante militar de ese país que estuvo involucrado en las conversaciones difícilmente puede ser considerado como un emisario democrático: está en la lista de funcionarios corruptos de Venezuela que han sido sancionados por el gobierno estadounidense.

Él y otros miembros del aparato de seguridad venezolano han sido acusados por Washington de un gran número de delitos graves, entre ellos torturar a los opositores del régimen, encarcelar a cientos de prisioneros políticos, herir a miles de civiles, traficar drogas y colaborar con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), un grupo guerrillero que Estados Unidos considera como una organización terrorista.

La mayoría de los líderes latinoamericanos están de acuerdo en que Nicolás Maduro, el presidente venezolano, es un gobernante cada vez más autoritario que arruinó la economía de su país ocasionando una escasez extrema de alimentos y medicinas. El colapso desató el éxodo de los venezolanos desesperados que escapan por las fronteras, y con ello abruman a los países vecinos.

Al final, los funcionarios estadounidenses decidieron que no ayudarían a los conspiradores, y el plan del golpe de Estado quedó estancado. No obstante, la disposición del gobierno de Trump de reunirse varias veces con oficiales rebeldes que pretenden derrocar a un mandatario de este hemisferio podría resultar políticamente contraproducente.

Desde hace mucho tiempo, Maduro ha justificado su autoritarismo con la afirmación de que los imperialistas de Washington están intentando destituirlo de manera activa, y las reuniones secretas podrían proporcionarle argumentos para cambiar la postura de la región que, en general, se muestra en su contra.

Maduro en un consejo de ministros realizado en Caracas, este mes. La mayoría de los líderes latinoamericanos están de acuerdo en que es un gobernante cada vez más autoritario que ha arruinado la economía de su país. PALACIO DE MIRAFLORES

“Esto caerá como una bomba” en la región, comentó Mari Carmen Aponte, quien fungió como la principal diplomática en asuntos de América Latina durante los últimos meses del gobierno de Barack Obama.

Además del complot golpista, el gobierno de Maduro ya ha eludido varios ataques a pequeña escala, entre ellos una descarga de artillería desde un helicóptero el año pasado y un dron que explotó mientras pronunciaba un discurso en agosto. Los ataques han contribuido a la idea de que el presidente es vulnerable.

Los militares venezolanos buscaron tener acceso directo al gobierno estadounidense durante la presidencia de Obama, pero fueron rechazados, señalaron los funcionarios.

Después, en agosto del año pasado, el presidente Trump declaró que Estados Unidos tenía una “opción militar” para Venezuela, una afirmación que atrajo el repudio de los aliados de Estados Unidos en la región, pero que animó a los militares rebeldes venezolanos a comunicarse con Washington una vez más.

“Ahora era el presidente quien lo decía”, señaló el excomandante venezolano que se encuentra en la lista de sancionados durante una entrevista, quien habló con la condición de conservar su anonimato por temor a represalias por parte del gobierno de Venezuela. “No iba a dudar de la información si provenía de ese mensajero”.

Durante una serie de reuniones secretas en el extranjero —que comenzaron el otoño pasado y continuaron este año— los militares le dijeron al gobierno estadounidense que representaban a varios cientos de miembros de las fuerzas armadas que no estaban de acuerdo con el autoritarismo de Maduro. Le pidieron a Estados Unidos que les proporcionara radios cifrados, pues aseguraron que necesitaban comunicarse de manera segura, mientras desarrollaban un plan para instalar un gobierno de transición liderado por el Ejército con el fin de gestionar el país hasta que pudieran convocar elecciones.

Los funcionarios estadounidenses decidieron no proporcionar el material de apoyo y los planes se vinieron abajo después de un operativo de represión en el que se detuvo a decenas de conspiradores.

El recuento de las reuniones clandestinas y los debates políticos que las precedieron se elaboró a partir de entrevistas con once funcionarios y exfuncionarios estadounidenses, además del excomandante venezolano. Este dijo que por lo menos tres grupos distintos dentro de las fuerzas armadas venezolanas habían conspirado contra el gobierno de Maduro.

Uno estableció contacto con el gobierno estadounidense a través de la embajada de Estados Unidos en una capital europea. Cuando se informó a Washington sobre este acercamiento, los funcionarios de la Casa Blanca se mostraron intrigados pero recelosos. Les preocupaba que la solicitud de reunirse pudiera ser una trampa para grabar clandestinamente a algún agente estadounidense mientras al parecer conspiraba contra el gobierno venezolano, señalaron los funcionarios.

Un grupo de venezolanos hacía fila en Caracas para comprar alimentos subsidiados por el gobierno, en mayo. El país sufre una escasez extrema de alimentos y medicinas. MERIDITH KOHUT PARA THE NEW YORK TIMES

No obstante, conforme la crisis humanitaria de Venezuela empeoraba el año pasado, los estadounidenses decidieron que valía la pena correr el riesgo con el fin de tener un panorama más claro de los planes y los oficiales que buscaban destituir a Maduro.

“Después de muchas discusiones, acordamos que debíamos escuchar lo que querían decirnos”, comentó un funcionario gubernamental de alto nivel que no tiene autorización para hablar sobre las reuniones secretas.

Al principio, el gobierno consideró enviar a Juan Cruz, un agente veterano de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) que recientemente renunció a su puesto como principal autoridad normativa de la Casa Blanca en asuntos de América Latina. Sin embargo, los abogados de la Casa Blanca dijeron que sería más prudente enviar a un diplomático de carrera.

Le pidieron al enviado estadounidense que asistiera a las reuniones “solo para escucharlos”, y no le dieron autorización para negociar ningún asunto importante durante estos encuentros, de acuerdo con un funcionario de alto nivel del gobierno.

Después de la primera reunión, que tuvo lugar a finales de 2017, el diplomático informó que los venezolanos no parecían tener un plan detallado y se habían presentado con la esperanza de que los estadounidenses llegaran con ideas o directrices de apoyo.

El excomandante venezolano señaló que los rebeldes jamás pidieron una intervención militar por parte de Estados Unidos. “Jamás acordé ni se propuso un operativo conjunto”, precisó el excomandante.

Agregó que él y sus colegas consideraron llevar a cabo su plan el verano pasado, cuando el gobierno suspendió los poderes de la Asamblea Nacional, de mayoría opositora, e instaló la Asamblea Nacional Constituyente que es leal a Maduro. No obstante, dijo que abortaron el plan por temor a que sucediera una masacre.

Después planearon hacerse con el poder en marzo, relató el exmilitar, pero el plan se filtró. Finalmente, los disidentes decidieron que ejecutarían la operación durante las elecciones del 20 de mayo, fecha en que Maduro fue reelecto. Pero una vez más, se corrió el rumor de que los conspiradores se estaban preparando y tuvieron que detener sus planes, aunque no hay pruebas de que el presidente supiera que los golpistas habían contactado a los estadounidenses.

Para que cualquiera de los complots funcionara, explicó el excomandante, él y sus colegas creían que era necesario detener a Maduro y a otros personajes principales del gobierno al mismo tiempo. Para lograrlo, los funcionarios rebeldes necesitaban un medio para comunicarse en forma segura. Hicieron su petición durante la segunda reunión con el diplomático estadounidense, que sucedió el año pasado.

Legisladores en Caracas, el mes pasado. Los golpistas se sorprendieron cuando el gobierno instaló una nueva Asamblea Nacional Constituyente, leal a Maduro. CRISTIAN HERNANDEZ/EPA, VÍA SHUTTERSTOCK

A su vez, el enviado comunicó la petición a Washington, donde fue rechazada por los altos funcionarios. “Quedamos frustrados”, comentó el excomandante venezolano. “No hubo seguimiento. Me dejaron esperando”.

Después el diplomático estadounidense se reunió con los conspiradores por tercera ocasión, a principios de este año, pero no lograron obtener una promesa de ayuda material ni una señal clara de que Washington apoyaba los planes de los rebeldes, según el excomandante venezolano y varios agentes estadounidenses.

Aun así, los venezolanos consideraron las reuniones como una aprobación tácita de sus planes, argumentó Peter Kornbluh, historiador del Archivo Nacional de Seguridad en la Universidad George Washington.

“Estados Unidos siempre ha mostrado interés en conocer información de inteligencia sobre posibles cambios de liderazgo en los gobiernos”, dijo Kornbluh. “Pero tan solo el hecho de que un diplomático estadounidense se presentara a una reunión como esa probablemente se percibiría como un espaldarazo”.

En su comunicado, la Casa Blanca dijo que la situación en Venezuela era “una amenaza para la seguridad y la democracia en la región”, y señaló que el gobierno de Trump seguiría reforzando una coalición de “aliados afines y sensatos, de Europa a Asia y a las Américas, para presionar al régimen de Maduro con el fin de restablecer la democracia en Venezuela”.

Agentes estadounidenses han citado abiertamente la posibilidad de que las fuerzas armadas de Venezuela puedan tomar medidas.

El 1 de febrero, Rex Tillerson, que en ese entonces era secretario de Estado, ofreció un discurso en el que dijo que Estados Unidos no había “promovido un cambio de régimen ni la destitución del presidente Maduro”. Sin embargo, en respuesta a una pregunta, Tillerson indicó la posibilidad de que se produjera un golpe de Estado militar.

“Cuando las cosas estén tan mal que el mando militar se dé cuenta de que ya no puede servir a los ciudadanos, encontrará la forma de realizar una transición pacífica”, comentó.

Días después, Marco Rubio, el senador de Florida que ha buscado influir en el enfoque del gobierno de Trump sobre Latinoamérica, publicó una serie de tuits que animaron a los disidentes de las fuerzas armadas venezolanas a derrocar a su presidente.

“Los soldados comen lo que encuentran en los botes de basura y sus familias sufren hambre mientras Maduro y sus amigos viven como reyes y bloquean la asistencia humanitaria”, escribió Rubio. Después añadió: “El mundo apoyaría a las fuerzas armadas de #Venezuela si decidieran proteger al pueblo y restablecer la democracia con la destitución de su dictador”.

Durante su época como director de políticas de la Casa Blanca para América Latina, Cruz les envió un mensaje a los venezolanos durante un discurso en abril. Se refirió a Maduro como “demente”, Cruz dijo que todos los venezolanos debían “instar a las fuerzas armadas a respetar el juramento que hicieron de desempeñar sus funciones”, dijo. “Cumplan con su promesa”.

Conforme empeoraba la crisis en Venezuela en años recientes, los funcionarios estadounidenses debatieron los pros y los contras de establecer diálogos con facciones rebeldes de las fuerzas armadas.

“Eran diferencias de opinión”, dijo Aponte, la exdiplomática principal en materia de Latinoamérica del gobierno de Obama. “Había gente que le tenía mucha fe a la idea de que podían aportar estabilidad, ayudar a distribuir alimentos y trabajar en cuestiones prácticas”.

No obstante, otros —entre ellos Aponte— vieron los riesgos de establecer vínculos con líderes de las fuerzas armadas que, según el análisis de Washington, se habían convertido en un pilar del tráfico de cocaína y los abusos a los derechos humanos.

Roberta Jacobson, una exembajadora en México que antecedió a Aponte en el puesto de funcionaria principal del Departamento de Estado para políticas de Latinoamérica, dijo que, aunque desde hace mucho Washington considera que las fuerzas armadas venezolanas sufren de “corrupción generalizada, están muy involucradas en el narcotráfico y son despreciables”, ella pensaba que valía la pena establecer un canal diplomático extraoficial con algunos de sus miembros”.

“Dada la descomposición extendida de las instituciones venezolanas, se tenía la idea de que, aunque no necesariamente eran la respuesta, cualquier tipo de resolución democrática habría tenido que incluir a las fuerzas armadas”, dijo Jacobson, quien renunció al Departamento de Estado a principios de este año. “La idea de escuchar a los líderes de esos lugares, sin importar qué tan indeseables resulten, es esencial para la diplomacia”.

Sin importar cuál sea la lógica, sostener discusiones con los golpistas podría hacer sonar alarmas en una región con una lista de intervenciones infames: la invasión fallida de la CIA en Bahía de Cochinos para derrocar a Fidel Castro en 1961; el golpe de Estado respaldado por Estados Unidos en Chile en 1973, que llevó a la larga dictadura militar de Augusto Pinochet, o el apoyo encubierto del gobierno de Reagan a los rebeldes de derecha conocidos como los Contras en Nicaragua durante la década de 1980.

En Venezuela, un golpe de Estado en 2002 destituyó brevemente a Hugo Chávez, el predecesor de Maduro. Estados Unidos sabía que se estaba gestando un complot, pero lo desaconsejó, de acuerdo con documentos clasificados que más tarde se hicieron públicos. El golpe de Estado tuvo lugar de cualquier forma y el gobierno de Bush abrió un canal de comunicación con el nuevo líder. Los funcionarios estadounidenses después se distanciaron del nuevo gobierno debido a que creció el descontento del pueblo con el golpe de Estado y los países de la región lo denunciaron claramente. Chávez fue restituido como presidente.

En el complot más reciente, el año pasado había de 300 a 400 miembros de las fuerzas armadas vinculados con el plan, pero esa cantidad se redujo a casi la mitad después de las enérgicas medidas emprendidas por el gobierno de Maduro este año.

Al excomandante venezolano le preocupa que los casi 150 compañeros que han sido detenidos puedan ser torturados. Lamentó que Estados Unidos no proveyera los radios a los rebeldes, pues cree que eso pudo haber cambiado la historia del país.

“Estoy decepcionado”, dijo el exgeneral. “Pero soy el menos afectado. Yo no soy prisionero”.