sábado, 29 de septiembre de 2018

LA POBREZA DE LAS NACIONES


Jorge Gómez Barata

Ya sea que se adopte la versión del Génesis o la teoría evolucionista de Darwin, la humanidad nació en estado de necesidad, desde el cual, mediante el trabajo y el talento, se elevó hasta las cumbres alcanzadas hoy. Dios no le otorgó el maná, y la naturaleza no se lo proporcionó para que prosperara sin esfuerzo. La riqueza y pobreza no son fenómenos naturales, sino resultado de complejos procesos históricos.   

Cuentan historiadores de la lengua que el concepto “pobreza” originalmente significó incapacidad para generar riquezas. El término procede del latín “paupertas” o “pauperos” entendido como “parir o engendrar poco”. La voz se aplicaba tanto al vientre estéril, como al ganado y a la tierra de poco rendimiento. Con el tiempo el significado se invirtió para aludir a la imposibilidad de acceder a los bienes y servicios necesarios, no a su creación.

Probablemente el mayor problema de la humanidad de nuestros días, muchas veces denunciado como baldón y muestra de la incapacidad de la especie para convivir, es la existencia de la pobreza que, con perfiles relativos, afecta a más de mil millones de personas en todas las latitudes, incluidos los países ricos.

La pobreza humilla y hace vulnerables a quienes la padecen, y donde se instala, significa carencias, hambre, enfermedades, analfabetismo. Se trata de un círculo infernal del cual resulta difícil escapar. Viviendo en los límites de la supervivencia y a veces por debajo de ellos, carentes de educación y de salud, el pobre más que a la rebeldía tiende a la resignación.

Carentes de educación y muchas veces de salud, los pobres, más resignados que rebeldes, no son competitivos. Las familias pobres se llenan de hijos que crecerán en la misma condición, cumpliendo la cruda metáfora de que pobreza engendra pobreza.

Cuando la pobreza se propaga por todo un país o continente, suele dar lugar a autoritarismo, tiranías y guerras fratricidas. En los países pobres la institucionalidad suele ser débil, el progreso lento y excluyente, y la democracia se abre paso con extraordinarias dificultares, tales son los casos de África, Asia y América Latina. 

Las mutaciones sociales y políticas que originaron la pobreza tal y como hoy se le conoce se asocian a la entronización de la esclavitud y la servidumbre, y en la era moderna a la conquista y la colonización al amparo de las cuales se realizó la más vasta de operación de saqueo efectuada por las metrópolis coloniales durante casi quinientos años, continuada por las elites criollas, que en América Latina asumieron las repúblicas como botín, y continuada por gobiernos corruptos sometidos al capital extranjero.

Todo ello tuvo un funesto corolario en el desarrollo del neocolonialismo, que con un enfoque imperialista de la inversión extranjera, dio continuidad al saqueo de los recursos naturales, lo cual lejos de contribuir al desarrollo, empobreció a los países, generando la paradoja de un crecimiento económico que crea riquezas injustamente distribuidas, y empobrece a grandes mayorías, generando un contradictorio desarrollo del subdesarrollo.

La justicia social, promovida por liberales y socialistas es imprescindible, pero con ella no basta, porque no es posible distribuir la riqueza que no se ha creado, ni pretender el igualitarismo de una equidad que intenta emparejar el consumo por límites mínimos.

La búsqueda del bien común, cometido esencial del estado, se realiza por medio de programas sociales que es preciso sustentar en la creación de riquezas. Producir con eficiencia y distribuir con equidad es una excelente filosofía, y un resultado que se consigue auspiciando la creación de riquezas y organizando su distribución, para eso están los estados.

La Habana 28/9/2018

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El presente artículo fue publicado por el diario ¡Por Esto!