viernes, 21 de junio de 2019

EL CULTO YANQUI A BOMBARDEOS Y GUERRAS INFINITAS


Por Manuel E. Yepe

“Desde Siria hasta Yemen en Oriente Medio, desde Libia hasta Somalia en África, desde Afganistán hasta Pakistán en el sur de Asia, todo formando una cortina aérea estadounidense descendida sobre una enorme franja del planeta con el objetivo declarado de luchar contra el terrorismo. Su método principal se resume en  vigilancia, bombardeos y más bombardeos constantes. Su beneficio político es minimizar el número de “botas estadounidenses sobre el terreno” y, por lo tanto, de bajas estadounidenses en la interminable guerra contra el terrorismo, así como las protestas públicas por los numerosos conflictos de Washington. Su beneficio económico: un montón de negocios de alto rendimiento para los fabricantes de armas para los cuales el presidente puede ahora declarar una emergencia de seguridad nacional cuando quiera y así vender sus aviones de guerra y municiones a dictaduras preferidas en el Medio Oriente (no se requiere aprobación del Congreso). Su realidad para varios pueblos extranjeros: una dieta sostenida de bombas y misiles “Made in USA” que estallan aquí, allá y en todas partes”.

Así interpreta William J. Astore, teniente coronel retirado de las USAF y actual profesor de historia, el culto a los bombardeos a escala mundial que aprecia en su país, así como el hecho de que las guerras de Estados Unidos se libren cada vez más desde el aire, no sobre el terreno, una realidad que hace que la perspectiva de acabar con ellas sea cada vez más desalentadora, para al final preguntarse: ¿Qué está impulsando este proceso?

Para muchos de los responsables de la toma de decisiones en Estados Unidos –dice Astore-, el poder aéreo se ha convertido claramente en una especie de abstracción. “Después de todo, a excepción de los ataques del 11 de septiembre por parte de cuatro aviones comerciales secuestrados, los estadounidenses no han sido blanco de tales ataques desde la Segunda Guerra Mundial. En los campos de batalla de Washington, en el Gran Medio Oriente y el norte de África, el poder aéreo siempre es casi literalmente un asunto de una sola dirección. No hay fuerzas aéreas enemigas ni defensas aéreas significativas. Los cielos son propiedad exclusiva de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y de sus aliados, por lo que ya no estamos hablando de “guerra” en el sentido normal. No es de extrañar que los políticos y militares de Washington lo vean como nuestro fuerte, nuestra ventaja asimétrica, nuestra forma de ajustar cuentas con los malhechores, reales e imaginarios.

Se podría decir que, en el siglo XXI, el conteo de bombas y misiles reemplazó al conteo de cuerpos de la era vietnamita como una métrica del falso progreso. Según datos suministrados por el ejército de Estados Unidos, Washington lanzó no menos de 26.172 bombas en siete países en 2016, la mayoría de ellas en Irak y Siria. Sólo contra Raqqqa, la “capital de los terroristas”, Estados Unidos y sus aliados lanzaron más de 20.000 bombas en 2017, reduciendo  esa ciudad provincial siria literalmente a escombros. El bombardeo de Raqqqa unido al fuego de artillería causó la muerte de más de 1.600 civiles, según Amnistía Internacional.

Luego que Donald Trump asumió como presidente habiendo prometido que sacaría a EEUU de sus interminables guerras, los bombardeos yanquis han aumentado, no sólo contra el Estado islámico en Siria e Irak, sino también contra Afganistán. Aumentaron las víctimas civiles incluso cuando fuerzas afganas “amigas” han sido confundidas con “enemigas” y también liquidadas.

Los ataques aéreos de Somalia a Yemen también han ido en aumento bajo Trump, mientras que las bajas civiles debidas a los bombardeos estadounidenses siguen siendo subestimadas por los medios de comunicación estadounidenses y minimizadas por la administración de Trump.

La propensión de este país a creer que su capacidad para hacer llover fuego infernal desde el cielo le proporciona una metodología ganadora para sus guerras ha demostrado ser una fantasía de nuestra era. Ya sea en Corea a principios de la década de 1950, en Vietnam en la década de 1960 o más recientemente en Afganistán, Irak y Siria, Estados Unidos puede controlar el aire, pero ese dominio simplemente no lo ha llevado al éxito final. En el caso de Afganistán, armas como la Madre de Todas las Bombas (MOAB, la bomba no nuclear más poderosa en el arsenal militar de Estados Unidos), han sido celebradas como cambiadoras de juego incluso cuando no cambiaron nada. (De hecho, los talibanes sólo siguen fortaleciéndose, al igual que la rama del Estado islámico en Afganistán). Como sucede a menudo cuando se trata del poder aéreo de Estados Unidos, tal destrucción no conduce ni a la victoria, ni al cierre de nada; sólo a una destrucción aún mayor.

“Tales resultados son contrarios a la lógica del poder aéreo que absorbí en mi carrera en la Fuerza Aérea de Estados Unidos, de la que me retiré en 2005”, exterioriza el profesor William J. Astore.

La Habana, Junio 19 de 2019

Especial para el diario POR ESTO! de Mérida, México.

PRIMERO LAS OBRAS, LUEGO LOS LEGADOS


Jorge Gómez Barata

Desde que los Estados Unidos proclamaron su independencia, han vivido en ese país unos mil millones de personas, solo 44 de ellos han alcanzado la presidencia. El primero fue George Washington y el actual, Donald Trump. 

Como cualquier otro presidente norteamericano, Donald Trump cosechará lo que siembre y pasará a la historia por su legado. Para él como para los demás, no habrá segundas oportunidades. Cuando cumplidos los mandatos a que tiene derecho deje la Casa Blanca, su vida política habrá terminado para siempre. Nada que haga después será más significativo que lo realizado cuando recibió la oportunidad política más relevante a que pueda aspirar un humano. 

La historia de la presidencia de la Estados Unidos comenzó con la revolución anticolonialista, la primera en el Nuevo Mundo. Durante 13 años, desde la proclamación de la independencia en 1776 hasta la elección de George Washington en 1789, el país fue gobernado por los llamados “presidentes sin mando”, en total diez designados por los congresos continentales. El primero fue Peyton Randoph (1775-1777) y el décimo y último Cyrus Griffin (1788). 

La presidencia de los Estados Unido es un cargo que ha sido ocupado por 44 hombres en 230 años y que otorga a quienes la ocupan la responsabilidad de gobernar la nación más poderosa del planeta y el privilegio de ejercer la única función con posibilidades reales de influir en los destinos mundiales. Todos los presidentes estadounidenses han sido varones, solo uno, JFK fue católico, ninguno ha sido judío y únicamente Barack Obama es afroamericano.

El primero fue George Washington (1789), el único que no asumió en Washington ni habitó la Casa Blanca. Según sus propias palabras “Caminó sobre terrenos nunca pisados” y estableció precedentes, algunos de los cuales están vigentes todavía. El más joven resultó Theodore Roosevelt, el más longevo al llegar al cargo, Ronald Reagan y entre los más prestigiosos, además de Washington, figuran Lincoln y Roosevelt, único electo en cuatro ocasiones y que gobernó durante 12 años.

Profundamente antimonárquico, Washington rechazó el protocolo de las cortes europeas y trabajó para que quien ocupara el cargo, no fuera un “rey sin corona”. Ello explica la sobriedad de ese cargo. Ningún mandatario estadounidense puede recibir otro trato que el de “señor presidente”, no puede aceptar condecoraciones ni regalos personales ni permitir que sus gastos sean asumidos por personas o entidades ajenas al gobierno.

No obstante, George Washington es el ser humano más reverenciado en todo el mundo por motivos no religiosos.

Por razones doctrinarias, George Washington, que siendo presidente no salió de su país y antes había viajado solo a Barbados y La Habana, fue internacionalmente poco relevante. En el discurso de despedida (1796) aconsejó a sus sucesores: “…Mantenerse alejados de las alianzas permanentes…”, los alertó contra la influencia extranjera en los asuntos domésticos y contra la injerencia estadounidense en Europa. Nunca militó en partido político alguno y advirtió contra el partidismo en la política interna…

En el siglo XVIII hubo dos presidentes, Washington y Adams, en el XIX fueron 24, veinte en el pasado siglo y cuatro en el actual. En el siglo XIX cuatro murieron en ejercicio de sus cargos e igual cantidad en el XX, de ellos cuatro fueron asesinados. En esa centuria renunció Richard Nixon y Gerald Ford protagonizó el extraordinario hecho de ser vicepresidente y presidente sin haber sido electo para ninguno de los dos cargos.

Tal vez el más estoico fue Franklin D. Roosevelt que se sobrepuso a la invalidez provocada por una poliomielitis contraída siendo adulto. El más frágil de todos condujo con mano firme la más grande de las guerras librada contra el fascismo.  

De los 44 hombres que han ocupado la presidencia, 23 reinaron un solo mandato y 21 fueron relectos. Dos fueron juzgados por el Senado.

A pesar de que ya hay capítulos desafortunados como las guerras económicas, el ensañamiento con Cuba o el acoso a México, la historia de Donald Trump está por escribirse. Puede ser relecto o no, engrosar con Johnson y Clinton los que fueron sometidos a impeachment y resultaron absueltos o ser el primer culpable. Los agoreros y las cábalas son muchas. De él depende determinar cómo será recordado y por cuanto tiempo. Allá nos vemos.

La Habana, 16 de junio de 2019

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El presente artículo fue publicado por el diario ¡Por esto!