lunes, 14 de octubre de 2019

UN NOBEL PARA EL AFRICA PROFUNDA


Jorge Gómez Barata

Desde 1901 hasta 2018, se concedieron 943 Premios Nobel, de ellos 908 fueron a individualidades y 28 a organizaciones. Entre los individuos figuraron 27 africanos, de los cuales 10 son sudafricanos, siete de ellos blancos. No por blancos lo merecen menos, pero la asimetría es obvia. Los caucásicos nativos africanos son alrededor del uno por ciento de la población y, en todos los casos, sus ancestros llegaron de fuera.

El primer Premio Nobel africano fue en Medicina y se otorgó en 1951 al médico sudafricano Max Theiler, por investigaciones relacionadas con la fiebre amarilla. En 1960, se hizo justicia cuando se concedió el galardón de la paz a Albert John Luthuli (1899-1967), educado por misioneros, fue maestro, jefe tribal y presidente del Congreso Nacional Africano (ANC). En 1953 se le confinó en su granja hasta la muerte en 1967.

Otros africanos distinguidos con el Nobel de la Paz fueron Anwar El-Sadat en 1978, ex presidente de Egipto que lo mereció por los Acuerdos de Camp David, que restablecieron la paz entre Egipto e Israel. En 1984 el honor correspondió al arzobispo sudafricano Desmond Tutu, por su dedicación a la lucha contra el apartheid y en 2001 lo obtuvo Kofi Annan, secretario general de la ONU.

En 1993 dos sudafricanos, ubicados en las antípodas del pensamiento y la práctica política como Nelson Mandela, líder de la lucha contra el apartheid y fundador de la Sudáfrica integrada y Frederik de Klerk que ha pasado a la historia como el principal reformador de aquel oprobioso régimen.

En 2018 el Premio Nobel de la paz fue para el médico congolés Denis Mukwege, conocido como “doctor milagro” por sus esfuerzos para proporcionar asistencia médica y psicología a miles de mujeres secuestradas y violadas por terroristas.

 En 2005 le fue adjudicado a Mohamed el-Baradei, director general del Organismo Internacional de Energía Atómica. En 2011 correspondió a Ellen Johnson Sirleaf, ex presidenta de Liberia junto con su compatriota Leymah Gbowee. En 2015, se adjudicó al “Cuarteto del Diálogo Nacional Tunecino” por su labor para el restablecimiento de la democracia en su país después de la “primavera africana”.

En 2004 Wangari Muta Maathai, de Kenia, se convirtió en la primera mujer africana en recibir esa distinción.

A los premios nobel de la paz otorgados a africanos le siguen los de literatura que fueron merecidos por Wole Soyinka de Nigeria en 1986, primer literato africano en recibir el galardón. También obtuvieron Naguib Mahfouz de Egipto en 1988 y en 1991 Nadine Gordimer. En 2003 lo alcanzó el sudafricano John Maxwell Coetzeee.

Otros africanos distinguidos con el Premio Nobel han sido los sudafricanos Allan MacLeod Cormack distinguido en 1979 y en 2002, Sydney Brenner, ambos en Medicina y El egipcio Ahmed Zoweil en 1999, en Química.

Un momento estelar para los premios nobel africanos ha llegado en 2019 al ser galardonado con el pergamino de la paz el joven gobernante etíope, actual primer ministro Abiy Ahmed de 43 años. Hijo de una familia pobre de padre musulmán y madre cristiana, sirvió al ejército de su país donde también cursó estudios universitarios.

El principal argumento para concederle el premio fue su papel en la solución pacífica del conflicto entre Etiopia y Eritrea, a lo que se suman las reformas introducidas en su país que han contribuido a su democratización y que, al reducir el intervencionismo estatal, han facilitado el crecimiento del sector privado y estimulado la inversión extranjera.

Por primera vez en su larguísima historia, en Etiopia no está en guerra, no hay presos políticos ni periodistas encarcelados, la oposición se manifiesta en libertad y el turismo regresa al país. Tal vez sea el primer gobernante africano en disculparse por la represión y la arbitrariedad ejercida en el pasado.

Etiopia, único país africano que no fue colonia y uno de los cuatro de ese continente que participó en la fundación de la ONU, tiene ahora un Premio Nobel. Tal vez todavía tenga más desafíos que logros, pero parece estar en el lado acertado de la historia. ¡Enhorabuena! Allá nos vemos.

La Habana, 14 de octubre de 2019

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El presente artículo fue publicado por el diario ¡Por esto!

Desde los Cafetales de El Salvador a la Plaza San Pedro en Roma


Chencho Alas

EL 14  de octubre del año pasado, me encontraba en la Plaza San Pedro de Roma, una plaza oval de 2000 pies de largo por 1570 de ancho en la que caben 300,000 personas. Había gentes de todas partes del mundo. Celebrábamos la canonización de seis santos, entre ellos uno de El Salvador, mi país, San Oscar Romero, quien fue arzobispo de San Salvador. Se calcula que en la plaza nos encontrábamos 5.000 salvadoreños, un número muy grande para un país muy pequeño.

Muchas veces creemos que las grandes personalidades vienen de los medios de diversión, del cine, de los deportes, de la política, de la ciencia, de la investigación. No hay duda que el mejor futbolista es el argentino Lionel Messi, el futbol americano tiene a Darnell Dockett, a Chris Cooley y al jugador de baloncesto Lebrun James. Pero también tenemos gigantes en otros campos de la vida y de las actividades humanas, a los que debemos admirar y en ocasiones seguir sus pasos.

Mi país, El Salvador, es uno de los más pequeños en el mapamundi. Si ustedes no conocen geografía, les va a resultar difícil encontrarlo. No tenemos grandes jugadores, artistas, científicos, pero sí tenemos uno de los hombres más grandes del siglo pasado: Oscar Arnulfo Romero, quien murió asesinado en el altar mientras celebraba la misa, la eucaristía, el 24 de marzo de 1980, por estar a favor de la liberación de la opresión, de la injusticia que sufrían los más pobres.

El Salvador vivió por muchos años bajo la dictadura militar, de 1932 a 1992; para ser más exacto, por 62 años. Los militares permanecieron en el poder por tantos años debido a la protección de los gobernantes de Estados Unidos y de las familias más ricas de mi país. A todos los que trabajábamos por la liberación de los campesinos, de los obreros, de los pobres de las barriadas nos acusaban de ser comunistas. Muchos maestros, estudiantes, obreros, sacerdotes, campesinos fueron asesinados por los escuadrones de la muerte que obedecían las órdenes de los militares. Yo mismo fui secuestrado y torturado el 8 de enero de 1970. En el campo, en la región donde yo trabajaba, la gente no dormía en sus casas, prefería hacerlo en los montes para evitar ser hecho preso o asesinado. Mi país vivió 22 años muy difíciles, de 1970 a 1992, en los cuales fueron asesinados 17 colegas míos. Se calcula que el número total de asesinados por el ejército y los escuadrones de la muerte fue de 80,000. Es en este medio que San Oscar Romero desarrolló su labor de pastor.

Oscar Romero nació el 15 de agosto de 1917 en las montañas de El Salvador, a 12 millas de Honduras, en una zona en donde se cultiva muy buen café. La familia de Oscar tenía 104 acres cultivados de café, de maíz, de otros productos y una vaca. Desde muy pequeño mostró su gran interés por los estudios y por la fe. A veces se escapaba de la escuela para ir a la iglesia que quedaba muy cerca.

A los 13 años ingresó al seminario, el centro de estudios para ser sacerdote. Dada su reconocida dedicación a los estudios y terminados los tres años de filosofía, el obispo Dueñas lo envió el año 1937 al Colegio Pío Latino Americano en Roma, Italia, a estudiar teología. Yo estudié en esa misma universidad, una de las mejores de la Iglesia Católica.

No fueron tranquilos los estudios de teología para Oscar Romero. La segunda guerra mundial comenzó el año 1939 e Italia se alió con el AXIS, con el Japón y con Alemania que tenía de gobernante a Adolf Hitler, uno de los hombres más nefastos de la historia de la humanidad. Durante la guerra murieron entre 80 y 90 millones de personas, sobre todo rusos y chinos y se dio el holocausto, el asesinato de 6 millones de judíos. Los hombres de 34 países abandonaron los campos y se dedicaron a la guerra y a la industria armamentista.

Mucha gente murió de hambre. Los alimentos que se producían estaban destinados para alimentar los ejércitos. Oscar Romero y sus compañeros tuvieron que sufrir el hambre al igual que todos los habitantes de Roma. El año 1941 terminó sus maestría en  teología, se ordenó de sacerdote en abril de 1942 y decidió quedarse para estudiar su doctorado. No lo pudo terminar. Tuvo que regresar en barco a El Salvador por orden de su obispo, pero en el camino tuvo que anclar en La Habana, Cuba. Cuba estaba aliada con los Estados Unidos y Oscar venía de Italia, país enemigo. Las autoridades cubanas lo pusieron en la cárcel por seis meses.

Los primeros años de su vida de pastor fueron pacíficos, tranquilos. Eran los años que yo llamaría de hombre bueno. Cuando alguien se muere, algunos preguntan y ¿cómo era mengano? La respuesta que se obtiene la mayoría de las veces es: era un hombre bueno, una mujer buena. La pregunta obligada ante la respuesta es: ¿pero qué hizo? Y la respuesta casi siempre es: nada. Con gente buena que no hace nada, nada se puede hacer. No hay cambios, no se mejora. Todo sigue igual o peor.

Los años 1960 fueron muy importantes para el mundo. En este país, el presidente John Kennedy, en respuesta a las campañas de desobediencia civil de grupos como el Student Nonviolent Coordinating Committee y el Southern Christian Leadership Conference con Martin Luther King a la cabeza, introdujo reformas sociales que posteriormente fueron sancionadas por el presidente Lyndon B. Johnson incluyendo los derechos civiles de los afroamericanos y el cuidado de la salud de los ancianos y de los pobres.

Dentro de la Iglesia Católica, la década de los sesenta nos dio la celebración del Concilio Vaticano II, que introdujo cambios fundamentales que luego influyeron fuertemente en América Latina. San Oscar Romero es uno de los frutos de esos cambios. Al principio se resistió a cambiar. Prefería mantener su amistad con los ricos del país sin cuestionar los bajos salarios que pagaban, la pobreza que vivía el pueblo, las injusticias que se cometían. La vida era más fácil así. ¿Para qué meterse en problemas?

El 22 de febrero de 1977 fue nombrado arzobispo de San Salvador, una de las diócesis más avanzadas en el campo social y religioso de América Latina. La vida de Monseñor iba a cambiar drásticamente y para siempre. El 12 de marzo del mismo año, su mejor amigo, el padre Rutilio Grande fue asesinado. El golpe fue muy duro y lo hizo despertar. El país estaba sangrando. Ante el cuerpo del padre Rutilio decidió seguir sus pasos, ser el pastor del pueblo, acompañarle en sus angustias y en sus esperanzas, predicar el evangelio aceptando de antemano todas las consecuencias. Jesús murió crucificado, no en una cama rodeado de médicos y de personas amorosas.

A partir de entonces, comenzó a visitar las comunidades campesinas, caminar largas horas para llegar a ellas, aunque al principio le costaba mucho, se cansaba fácilmente. Mi país es tropical y el calor a veces es asfixiante. Un sacerdote que le acompañaba en una de las visitas cuenta, según la anécdota que nos trae Emily Wade Will, autora del libro Archbishop Oscar Romero the Making of a Martyr (Pag. 169) lo siguiente:

“In the distance we saw the outline of an amate tree, a promise of respite. When we arrived at the tree, the coolness of its shade restored Monsignor’s ability to speak.
“Why don’t we stay and have the Mass here where it’s cool?” he said, wiping the sweat from his face. “We can call the people to come here to the shade.” “All right” I said. I started to go ahead to let people know about the change, but I’d only taken a few stops when he called out to me:
-“Wait. Don’t go.”
-“No?”
-“No. I have to make it up there. The campesinos shouldn’t have to adjust their plans for me. I should adjust my plans for them.”

La gente abandonaba sus casas, sus cultivos, sus puestos de trabajo y huía a las ciudades en donde encontraban alguna seguridad. Particularmente buscaban refugio en San Salvador bajo la protección de Monseñor Romero. A principios de 1980 unos dos mil campesinos se habían refugiado en los jardines y patios de la oficina de la arquidiócesis y muchos más en otros edificios de otras iglesias. Cada día llegaban cientos y cientos más, según testimonio de tres de los doctores que les atendían.  

“Perhaps more remarkable is that Romero maintained this rigorous schedule in an ever-increasingly tense atmosphere. Almost every day brought a new crisis. Refugees fled rural repression. Security forces attacked demonstrators. Guerrilla factions took foreign ambassadors hostage. Right –wing deaths squads assassinated prominent persons and bombed key buildings. People’s organizations occupied churches. Guerrillas and military forces engage in face-offs, with explosions heard citywide” (Emily Wade Will, Pag. 176).

Monseñor quería evitar que se diera una guerra civil, la que parecía inminente. Se reunía con unos y con otros sin descanso para convencerles que la violencia y la guerra no era la solución para los problemas del país sino el diálogo, la liberación de toda opresión y la justicia. Usaba la radio para comunicarse con su pueblo. Los domingos su sermón en el que daba información acerca de los acontecimientos más grandes del país, los enfrentamientos militares, los asesinados, era escuchado por todos, por pobres y ricos, en las ciudades y en el campo, en los países de Centroamérica. Sus sermones eran un análisis del texto evangélico de la misa de ese día y la aplicación a la vida diaria de los hombres y mujeres de buena voluntad. Los mismos militares lo escuchaban. Los periódicos no informaban lo que pasaba en el país por miedo o porque no les convenía.

Las amenazas a muerte se multiplicaron. Su fin lo veía cerca, como me lo dijo el mes de enero de 1980: “Chencho, creo que muy pronto voy a morir.” Su rostro era tranquilo. Sentí algo indescriptible en mi corazón, como que alguien oprimía fuertemente mi pecho. El domingo 23 de marzo de 1980 selló su condena a muerte en su predicación. Siendo testigo de la represión brutal que vivía su pueblo, dirigiéndose a los soldados les dijo: “En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios, que cese la represión, que no obedezcan si les ordenan matar.” Sus palabras equivalían a pedir a los soldados no obedecer a sus superiores, si las órdenes que recibían eran contra su conciencia, contra la ética.

Al día siguiente, 24 de marzo, a la caída de la tarde tenía que celebrar la misa en la Capilla la Divina Providencia ubicada en un barrio de gente clase media de San Salvador. Las palabras de su sermón fueron las siguientes: “Que este Cuerpo Inmolado y esta Sangre derramada por los hombres (refiriéndose al cuerpo y sangre de Jesús), nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de justicia y de paz a nuestro pueblo.”

Terminada su predicación, levantó el pan y el vino que iba a consagrar y en ese instante un francotirador le disparó al corazón.

San Oscar Romero nació en la montañas de El Salvador donde se cultiva el café. Vivió para ser profeta de su pueblo, llevar el mensaje de justicia y de paz a las naciones. El siglo pasado en Inglaterra eligieron a las diez personas más célebres del siglo. Su estatua se encuentra a la entrada de la catedral de Westminster en Londres. Somos grandes por el espíritu y el servicio a los demás, no por el oro o el poder.

Austin, Tx, 14 de octubre de 2019

NUEVA UNIVERSIDAD EN CUBA


Por Pedro Martínez Pírez

Mientras en otras naciones de Nuestra América los estudiantes universitarios salen a las calles a reclamar que no se privaticen sus centros de enseñanza, en la provincia cubana de Artemisa se inauguró el pasado sábado una nueva sede universitaria que estará estrechamente vinculada a la Zona Especial de Desarrollo de Mariel.

Allí estuvo el presidente de Cuba, ingeniero Miguel Díaz-Canel Bermúdez, quien aseguró que desde la Educación, la Ciencia, la innovación y la cultura se forja el futuro en esa joven provincia cubana, vecina de La Habana.

El rector de la nueva Universidad, Carlos Eduardo Suárez Ponciano, recordó que esa institución surgió hace siete años como parte del proceso de perfeccionamiento de la educación universitaria dirigido entonces por el propio Díaz-Canel, cuando era Ministro de Educación Superior de Cuba.

Precisó el Rector que la Universidad de Artemisa tiene una matrícula de cerca de cuatro mil alumnos que estudian en 24 carreras.

En la actualidad existen más de sesenta Universidades públicas en Cuba, lo cual demuestra el amplio desarrollo de los centros de altos estudios en el país, donde al triunfo de la Revolución solamente tres provincias cubanas disponían de estas instituciones en La Habana, Santiago de Cuba y Santa Clara.

La educación es en todos sus niveles absolutamente gratuita en Cuba, como también lo es la Salud, lo cual le ha proporcionado a Cuba el reconocimiento de la UNESCO, Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, y la OMS, Organización Mundial de la Salud.

Y todo ello a pesar de un criminal bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos contra Cuba, implantado hace casi sesenta años y recrudecido al máximo por la actual administración republicana de Donald Trump.

La Habana, 14 de octubre de 2019