jueves, 14 de noviembre de 2019

Líder de la bancada del partido de Morales es elegido presidente de la Cámara de Diputados de Bolivia


RT   -   14 nov 2019 15:56 GMT

En su primer discurso, Sergio Choque pidió a las Fuerzas Armadas detener la represión en la calles.

Sergio Choque, presidente de la Cámara de Diputados de Bolivia. Twitter / @Diputados_Bol

El diputado Sergio Choque, líder de la bancada de Movimiento al Socialismo (MAS), partido de Evo Morales, fue elegido el jueves de madrugada presidente de la Cámara de Diputados de Bolivia. En su primer discurso exigió el fin de la represión en las calles. 

"Decirle al mundo que se están vulnerando los derechos fundamentales, el derecho a la libre expresión, a la vida y educación, derechos que han sido vulnerados por este golpe en complicidad con la Policía y las Fuerza Armadas", aseguró Choque.

Lo que se está viendo estos días en las calles, comentó, responde al "estilo de las dictaduras más duras". 

"El delito del pueblo es defender la democracia de este país y por ello son masacrados por la Policía y las Fuerzas Armadas", aseveró, mientras pidió a los sectores movilizados "apaciguarse" porque "ya no podemos seguir enfrentándonos". Choque reiteró que la Asamblea Legislativa –bajo control mayoritario del MAS– tiene como objetivo alcanzar la paz.

Así, propuso un proyecto de ley para el repliegue de los militares y que permita a la Policía preservar el orden público pacíficamente. "Debemos elaborar una ley de urgencia para que el Ejército que hoy está en las calles retorne a los cuarteles. Nos podremos a trabajar de manera inmediatamente", anunció.

Choque sustituye a Víctor Borda, quien presentó su dimisión tras los ataques sufridos en la ciudad de Potosí, después de la renuncia forzada de Evo Morales el domingo. La cámara alta está conformada por 36 senadores, de los cuales 25 son del MAS, mientras que la baja tiene 130 diputados, 88 de ellos oficialistas.

Golpes y gas lacrimógeno

Miles de bolivianos se movilizaron el miércoles en rechazó al golpe de Estado perpetrado contra Morales, en medio de una fuerte represión policial y militar.

Varios de los senadores y diputados del MAS recibieron golpes y fueron rociados con gas lacrimógeno, cuando intentaban entrar a la sede del Parlamento. Una de las agredidas por oficiales de la Policía fue Adriana Salvatierra, presidenta del Senado, quien denunció que como su renuncia no había sido tratada en el Legislativo, continuaba en el cargo, y podía asumir como mandataria del país, según la sucesión establecida en la Constitución boliviana.

Este mismo día, la autoproclamada presidenta interina de Bolivia, Jeanine Áñez, tomó juramento del gabinete del Gobierno de facto. "Bolivia no vivió ningún golpe de Estado", declaró durante la juramentación de los ministros de su gabinete de facto. La senadora, una clara opositora al socialismo y que se autoproclamó el martes como presidenta de Bolivia pese a la falta de quorum en el Parlamento, declaró que el país andino vivía una "reposición de la legalidad constitucional".

Según datos oficiales, diez personas han fallecido durante estos días de conflicto social, ocho de ellas por proyectil de arma de fuego.

Desde México, Morales tildó de "artero, inconstitucional, ilegal y delictivo" el golpe de Estado en su contra, y acusó a Washington de estar detrás de su forzada renuncia. El presidente depuesto Morales pidió a la ONU, al papa Francisco y los países europeos apoyar el diálogo en Bolivia.

ANATOMIA DE UN RESCATE


Jorge Gómez Barata

La operación de extracción o rescate de Evo Morales, dispuesta por el presidente de México Manuel López Obrador y eficazmente ejecutada por las secretarías de Relaciones Exteriores, Defensa y la Fuerza Aérea Mexicana, pasará a los anales latinoamericanos como un gesto humanitario y un excelente ejercicio diplomático.

La complejidad del operativo y su urgencia, emanó de la certeza de que la vida del expresidente Morales estaba en peligro, razón por la cual no tuvo que pedir exilio en México, sino que este le fue ofrecido por el presidente López Obrador que sin vacilar calificó el evento como golpe de estado.

El profesionalismo diplomático fue particularmente notable debido a la necesidad de involucrar a Bolivia, Perú, Paraguay y Brasil, cuatro países sudamericanos cuyos gobiernos y mandos militares son definidamente adversarios ideológicos y políticos de Evo Morales, lo cual obligó a López Obrador y a Ebrard a emplear toda su capacidad de convocatoria y realizar delicadas negociaciones.

A las gestiones, por su cuenta, se sumó el presidente electo de Argentina que, sin haber tomado posesión de su cargo, realizo una intensa actividad que incluyó negociaciones telefónicas con AMLO, con Evo, así como con los presidentes Martin Vizcarra de Perú y Mario Abdo Benítez de Paraguay. Los oficios se hicieron extensivos a Rebeca Grynspan, secretaría iberoamericana quien puso al tanto a Josep Borrell, que recién sucedió a Federica Mogherini al frente de la diplomacia europea.

A las complejidades políticas se sumaron los factores geográficos.

Entre Ciudad México y Lima, por la ruta más corta, volando sobre el mar, la distancia es de más de 4.000 kilómetros. De hacerlo sobre tierra sería preciso cruzar sobre toda Centroamérica y obtener permiso de media docena de países. El hecho de que Bolivia sea un país mediterráneo, es decir sin costas, para acceder al mismo es preciso hacerlo a través del espacio aéreo de Perú, Colombia, Ecuador o Brasil, añadió complejidades extremas.

Para hacer las cosas más difíciles, Paraguay, el estado que se avino a cooperar para que el avión pudiera dejar Sudamérica, es junto a Bolivia uno de los dos países latinoamericanos que carecen de costas.

Desde Asunción para salir al océano Pacifico es preciso volar sobre Chile, Bolivia o Brasil y para hacerlo por el Atlántico habría que sobrevolar todo Brasil, cubriendo distancias que superan la autonomía del aparato.

La solución fue trazar una ruta sobre Brasil, bordeando la frontera con Bolivia, hasta salir al Pacifico por la frontera entre el gigante sudamericano y Ecuador. Estando en el aire, Ecuador amenazó con inspeccionar el avión si penetraba en su territorio, lo cual hizo necesario nuevos rodeos que en total sumaron varios miles de kilómetros, obligando a los pilotos mexicanos a exhibir sus habilidades e impecable profesionalismo.

Ante requerimientos humanitarios y en respuesta a las solicitudes del presidente de México y su canciller, los presidentes Vizcarra de Perú, Abdo de Paraguay y Bolsonaro de Brasil, considerablemente alejados de las posiciones de izquierda, actuaron con altura, cosa que no hizo Lenin Moreno, presidente de Ecuador y hasta no hace mucho cercano a Morales, cuya mezquindad y revanchismo harán historia.

El recibimiento en el antiguo hangar presidencial de Ciudad México se efectuó con la sobriedad requerida por una operación excelentemente realizada. Con palabras cálidas y mínimas, el canciller Ebrard dio la bienvenida a Evo Morales. Por su parte el expresidente, por voluntad propia, realizó una breve declaración y se retiró sin intercambios con la prensa. Una larga y por momentos dramática jornada había concluido.

Evo Morales estaba a salvo. Allá nos vemos.

La Habana, 13 de noviembre de 2019


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El presente artículo fue publicado por el diario ¡Por esto!

Bolivia, golpe de Estado y la irresuelta guerra entre la Biblia y la Wiphala


Ollantay Itzamná

El reciente golpe de Estado que defenestró al Presidente constitucional del Estado Plurinacional de Bolivia, Evo Morales, a simple vista, es una disputa política “resuelta” por la vía de la fuerza, entre blancos (Camacho y Mesa) y aborígenes (Evo Morales y los movimientos indígena campesinos). Pero no lo es del todo.

Cuando Camacho y sus seguidores, con toda una ritualidad medieval, sembraron la Biblia (sobre la bandera criolla boliviana) en el centro del viejo Palacio de Gobierno, en la ciudad de La Paz, bajo la arenga religiosa: “Bolivia para Cristo, la Pachamama nunca más volverá a entra a este Palacio”. Y casi simultáneamente otros citadinos mestizos descendieron la Wiphala (bandera quechua aymara) del frontis de dicho edificio y la quemaron públicamente. Esos actos, además de otros, evidencian que la “guerra” irresuelta entre q’aras (blancoides) y aborígenes es, ante todo, una contienda cultural simbólico.

Si durante la Colonia europea la simbología político cultural de los aborígenes había sido “extirpada” casi por completo, mediante métodos inquisitoriales inimaginables. Sin embargo, dichos símbolos (Wiphala, Chakana, wuakas, apus, etc.) subsistieron bajo las cenizas del dolor colonial, en territorios indígenas no controlados por la Corona.

Durante la República, este conflicto sobre lo simbólico cultural se resolvió mediante la tácita coexistencia entre las dos bolivias (la oficial y la clandestina/aborigen). Medianamente cada quien vivía bajo su propia simbología. Después de todo, algunos indígenas eran bolivianos, pero en los hechos NO eran ciudadanos. Y, la gran mayoría, ni eran bolivianos nominales (sin documento de identidad), ni eran ciudadanos bolivianos (no sujetos políticos)

De ese modo, los símbolos políticos oficiales y clandestinos convivieron en el mismo territorio (boliviano) sin encontrarse, ni conflictuarse, entre sí, durante la República.

En la creación del Estado Plurinacional también se tuvo que consensuar la simbología del nuevo Estado. Así fue cómo la Wiphala ingresó en la Constitución Política como una bandera oficial, junto a la tricolor criolla. Lo mismo ocurrió con la Chakana, y las ritualidades constitutivas de las espiritualidades indígenas.

Proceso de cambio y la simbología boliviana

Durante los 14 años del proceso de cambio boliviano, bajo un Estado Plurinacional con presencia casi en todo el territorio boliviano, indígenas y mestizos convivieron sin mayor “guerra” por símbolos políticos, ni identitarios.

Las y los indígenas se sentían representados en la Wiphala que ondeaba junto a la bandera tricolor, y de igual forma los mestizos por lo suyo. De ese modo se pudo hablar de la “ciudadanía intercultural” en la Bolivia plurinacional.

Pero, el fatídico 10 de noviembre reciente, no sólo “restauró” la Biblia prepotente en el Palacio, sino también la bandera del Departamento de Santa Cruz, cuyo escudo contiene una Cruz de la cristiandad y una Corona Ducal medieval. Esta prepotencia simbólica, más el descenso y quema de la Wiphala, más las arengas de la “expulsión de la Pachamama del Palacio”, dibujan a brocha gorda la intencionalidad político cultural de los golpistas.

Destituir a Evo, pero sobre todo la Wiphala

Los golpistas no apostaron, ni apuestan, únicamente a destituir al gobernante indígena, escarmentar con públicos castigos físicos a los indígenas insumisos, y restaurar el sistema neoliberal en Bolivia. NO. Ellos van, ante todo, por la restauración del panteón simbólico del Estado criollo republicano, y hacer escarnio de la simbología política indígena. Porque allí, en esa simbología está, según ellos, la esencia de la insubordinación política de los y las indígenas.

En otros términos, van a destruir lo poco o mucho que se había avanzado en la construcción del Estado Plurinacional y de la ciudadanía intercultural.  Para ellos, destruir la bandera indígena, es anular simbólicamente los derechos indígenas consignados en las leyes. Y, anular derechos indígenas, es devolver al indígena a la condición de NO ciudadano, No sujeto.

Pero, estos predadores de indígenas, en sus planes golpistas premeditados, jamás previeron las reacciones que podrían activar en los indígenas el “sacrilegio” contra la Wiphala.

Horas después de aquel sacrilegio, un ejército de ponchos rojos (aymaras), flameando centenares de whipalas, descendieron desde la ciudad de El Alto hacia la ciudad cede del Palacio de Gobierno, a trote, rugiendo a todo pulmón: “Ahora sí, guerra civil. Ahora sí, guerra civil”. Era un escenario apoteósico que hizo llorar, de susto y/o de emoción, a muchos espectadores reales y virtuales. Los entrevistados concluían: “la Whipala es nosotros”. “Si queman la Wiphala, a nosotros nos queman”…

La Policía Nacional golpista que reprimía, hasta ese entonces, a los manifestantes contra el Golpe de Estado tuvo que replegarse y huir. En la ciudad cede del Palacio, las pocas autoridades políticas remanentes del Golpe tuvieron que ser evacuadas. Por unas horas, la “sensación del acabose final” se expandió y apoderó de las y los citadinos paceños. Hasta que las Fuerzas Armadas golpistas, “decretaron Estado de Sitio” y en conjunto con la Policía Nacional ocuparon la ciudad bajo aplausos y arengas de gratitud de la citadinidad asustada.

Minutos después, la golpista Policía Nacional, en un acto protocolar improvisado, volvió a colocar la Wiphala en su lugar. Pidió disculpas públicas a los indígenas. El golpista Camacho, en mensaje improvisado, intentó argumentar su respeto a la “simbología indígena…”

Nadie sabe a ciencia cierta cuál será el epílogo del caos e incertidumbre política actual de Bolivia. Lo único cierto es que los “seguidores”/comerciantes del Dios desconocido y de su Biblia son más miedosos/cobardes que las y los curtidos en las luchas subalternas bajo la “sagrada” Wiphala.


Ollantay Itzamná
Defensor latinoamericano de los Derechos de la Madre Tierra y Derechos Humanos
@JubenalQ