lunes, 25 de noviembre de 2019

LA PAZ PACTADA


Jorge Gómez Barata

Descartado que lo ocurrido en Bolivia haya sido un plan de Dios, parece del demonio. Si ha sido urdido por el imperio, sigue siendo un misterio. A la conjunción de eventos prescindibles como la cuarta postulación de Evo, el referéndum fallido y la inocente apelación a la OEA, se suma la renuncia. La guinda del pastel es el desempeño del sector parlamentario del Movimiento al Socialismo (MAS).

Mientras no se aluda otra cosa, todo indica que la dimisión no fue colegiada con la jerarquía del Movimiento al Socialismo (MAS), no estuvo concertada con las direcciones del Senado y la Cámara de Diputados cuyos titulares después de que lo hiciera el presidente, renunciaron a sus cargos. Tales retiradas fueron decisivas porque allanaron el camino para que la vicepresidenta Jeanine Áñez se proclamara como presidenta provisional de Bolivia.

No obstante, días después, en condiciones de relativa seguridad, los senadores y diputados del MAS, retornaron a sus curules, sesionaron y fueron electos nuevos líderes parlamentarios que otra vez recayeron en representantes del partido de Evo Morales.

Lo curioso es que una vez reconquistado los fueros parlamentarios, en lugar de resistir el golpe o maniobrar de algún modo, el MAS depuso la beligerancia y, durante el fin de semana del 22,23 y 24 de noviembre, en una rara avenencia, la mayoría parlamentaria construida por Evo Morales en ambas cámaras, pactaron con los golpistas para aprobar por unanimidad el proyecto de ley titulado: “Régimen Excepcional y Transitorio para Realización de Elecciones Generales” que ayer domingo fue promulgada por la presidenta interina Jeanine Áñez.

Francamente, no recuerdo un asunto de tanta trascendencia, en medio de las tensiones de un golpe de estado que haya liquidado el más autóctono y legítimo proyecto político progresista en la región, con un presidente auténticamente popular, ahora exiliado y cuarenta muertos de por medio, que haya sido tratado de un modo tan expedito como la convocatoria a elecciones en Bolivia. En la firma de la ley estuvieron, Jeanine Áñez, presidenta interina y Mónica Eva Copa, presidenta del Senado por el Movimiento al Socialismo.

La mencionada ley anula las elecciones del 20 de octubre pasado ganadas por Evo Morales y ordena realizar otras en un plazo de 120 días. Los nuevos gobernantes decidirán el futuro político de Morales, actualmente exiliado, incluso la existencia del Estado Plurinacional de Bolivia en su diseño actual.

Por añadidura, este fin de semana finalizó el diálogo entre el gobierno y la Central Obrera Boliviana (COB), las confederaciones de campesinos y mujeres campesinas, los indígenas del occidente y el oriente bolivianos y los representantes vecinales de El Alto, que acordaron poner fin a la movilización popular. Los puntos de bloqueo de carreteras fueron abandonados y comenzó a regularizarse el abastecimiento de alimentos y combustibles a la capital.

Al acomodo de las fuerzas internas, se suma el tenue rechazo internacional al golpe que, prácticamente, no ha sido condenado ni apenas criticado por la comunidad internacional y que en América Latina solo ha sido rechazado por México, Cuba, Venezuela, Nicaragua y Uruguay. No lo han hecho la Unión Europea ni la ONU y países como Rusia, aunque critican el procedimiento, reconocen a la presidenta provisional Jeanine Áñez.

De momento, los más connotados líderes golpistas han sugerido que se presentarán a las elecciones. Mientras los “acuerdos” se cocinaban, se radicaba una causa contra Evo Morales por terrorismo, incitación a la violencia y sedición. Tales son los hechos. La paz no era imposible, pero nadie creyó que pudiera ser expedita.

No añadiré ninguna presunción ni incitaré a la “duda razonable” para que, como suele sugerir Reinaldo Taladrid, un popular presentador de la televisión cubana: “Saque usted sus propias conclusiones”. Allá nos vemos.

La Habana, 25 de noviembre de 2019

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El presente artículo fue publicado por el diario ¡Por esto!

A TRES AÑOS DE SU PARTIDA, MIS RECUERDOS DE FIDEL


Por Pedro Martínez Pírez

Tres años se cumplen este lunes del fallecimiento en La Habana del Comandante Fidel Castro, líder histórico de la Revolución Cubana, a quien siempre admiré por su consagración y entrega a los mejores destinos de la Patria.

Su obra crece con el tiempo y no olvido sus certeras palabras al llegar triunfante a La Habana, el 8 de enero de 1959, cuando advirtió que la Revolución no la había hecho él, sino el pueblo, y que todo sería más difícil a partir del triunfo del primero de enero sobre la dictadura sangrienta de Fulgencio Batista.

Tuve el privilegio a lo largo de mi vida de estar en varias ocasiones cerca de Fidel. Lo veíamos por las noches en la Universidad de La Habana, donde solía conversar con quienes estudiábamos distintas carreras en la Facultad de Humanidades.

Y antes, el 2 de septiembre de 1960, me correspondió ser uno de sus representantes en el bautizo de un niño ecuatoriano en la Embajada de Cuba en Quito.

Y fue allí, en abril de 1961, en los días de Playa Girón, cuando tuve la honra de recibir al artista ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, quien como muestra de solidaridad con la Cuba agredida por el imperio, me pidió viajar a La Habana y pintar a Fidel.

Pasaron los años y pude estar presente cuando el gran pintor ecuatoriano hizo en una casa de Protocolo en La Habana el cuarto y último retrato a Fidel, que dedicó a los setenta años de vida del Comandante, en 1996.

Mucho antes de ese singular momento había tenido la oportunidad, como periodista, de dar cobertura a la extensa gira de Fidel, desde Conakry hasta Moscú, en 1972, y de entrevistarlo en Nueva York el 12 de octubre de 1979, el día de su brillante intervención en la Asamblea General de la ONU, en representación de Cuba y del Movimiento de los Países No Alineados.

Como enviado de la agencia Prensa Latina, de Radio Habana Cuba y de la televisión cubana, participé en la cobertura informativa de otras actividades realizadas por el Comandante Fidel Castro, dentro y fuera de Cuba. Así, estuve Nueva Delhi en 1983, en Harare en 1986, en Ecuador en la toma de posesión del presidente Rodrigo Borja, en 1988, al año siguiente en Caracas cuando fue investido Carlos Andrés Pérez, y en 1990 en la toma de posesión de Fernando Collor de Melo.

En 1991 fui uno de los delegados al IV Congreso del Partido Comunista de Cuba, efectuado en la ciudad de Santiago de Cuba, y allí pude ser testigo del renovado liderazgo de Fidel.

Al año siguiente fui designado por Radio Habana Cuba para dar cobertura a la visita del Presidente Fidel Castro.

Y fue en Sevilla el 26 de julio de 1992, en el Pabellón de Cuba en la Exposición Universal de la capital de Andalucía, cuando hice la más entrañable de todas mis entrevistas a Fidel. Fue el año en que el Comandante asistió a la II Cumbre Iberoamericana en Madrid, a la XXV Olimpiada en Barcelona, a la Feria Mundial en Sevilla, y cuando visitó en Láncara, provincia de Lugo, en Galicia, la choza donde en 1875 nació su padre, Don Ángel Castro Argís.

Son muchos los recuerdos que guardo del Comandante Fidel Castro, con quien estuve en varias ocasiones en los estudios de la televisión cubana, una de ellas su comparecencia sobre la visita realizada a Cuba por el Papa Juan Pablo Segundo, en enero de 1998.

Líder carismático, muy receptivo, con quien pude dialogar sobre temas que van desde la criminal invasión yanqui a la pequeña Granada, en 1983, los célebres encuentros sobre la Deuda Externa o la inauguración de la Casa Guayasamín de La Habana, y a quien acompañé como periodista en la fundación de escuelas en el campo, de cooperativas agrícolas, centros científicos o desafíos de béisbol con su hermano venezolano Hugo Chávez Frías.

Fidel, un hombre sencillamente grande e inolvidable, el estadista y guerrillero que colocó a Cuba en la geografía mundial.

La Habana, 25 de noviembre de 2019