lunes, 23 de abril de 2018

¿A quién culpar?


Jorge Gómez Barata

Las diversas y reiteradas versiones que atribuyen al imperialismo, a sus servicios especiales y a la derecha cuantos hechos nefastos, protestas populares, alianzas fracasadas, y todo lo negativo que le ocurre a los gobiernos y procesos de izquierda, minan la credibilidad respecto a las teorías de las conspiraciones externas, recurso del cual la izquierda abusa. Creo sin embargo en la capacidad de esos factores para aprovechar, magnificar, y explotar los grandes y pequeños errores, en particular, las promesas incumplidas y las tendencias a la corrupción en que incurren los movimientos populares.

Sin haber cerrado el caso de Lula, condenado como parte de una sucia maniobra que aprovechó la buena fe, la falta de vigilancia y la excesiva confianza del expresidente y la expresidenta, bajo cuyas administraciones se desató la corrupción en Petrobras, Odebrecht y otras empresas, se presentan los casos de Ecuador y Nicaragua y la zaga de la relación de las guerrillas colombianas con el narcotráfico, lo que complica todavía más el panorama de la izquierda latinoamericana.

Se pueden poner las manos en el fuego en defensa de la honestidad de Rafael Correa, aunque es más difícil explicar el modo sumarísimo como uno de sus vicepresidentes, Jorge Glas fue condenado por delitos asociados a la corrupción, y el otro, Lenin Moreno, se convirtió en esquirol. Tampoco será fácil resolver, no la cuestión de la metodología para administrar la deuda, sino explicar por qué fue convertida en una gestión secreta. No hay manera de comprender como, de la noche a la mañana, el Movimiento Alianza País, que parecía sólidamente instalado y conducía con firmeza la revolución ciudadana, se desplomó.

Ahora es preciso lidiar con el caso de Nicaragua, donde tras una victoria legitima, aunque empañada por una maniobra que convirtió en vicepresidenta a la primera dama, la situación social y política del gobierno Ortega-Murillo se deteriora peligrosamente, esta vez por una combinación de medidas impopulares adoptadas en forma de “paquete”, que incluyen drásticos aumentos de precios de la electricidad, agua, combustible, y el avance de la corrupción en un país donde la economía crece al 4.5 por ciento anual. ¿Cómo explicar el recurrente caso de que la economía está mejor y el pueblo peor?

A las medidas de ajustes macroeconómicos que pueden estar o no justificadas, se suman prácticas corruptas en torno a la gestión del Instituto de Seguridad Social, que reporta déficits multimillonarios.

La pregunta es: ¿dónde está ese dinero? Según se afirma, los fondos de esa institución se utilizaron para préstamos privados destinados a lujosas y fallidas inversiones inmobiliarias y abultados préstamos a diputados y personas cercanas al gobierno. Ante esa situación, el gobierno acudió a recortes en las pensiones y sorpresivos aumentos de precios.

De ese modo ocurrió lo que tenía que ocurrir, mucha gente, justificadamente, se lanzó a la calle, y otros, con otros fines, aprovecharon la riada para conspirar, y el gobierno optó por la represión. El imperialismo y la CIA no podrían crear esta situación, pero si pueden aprovecharla para debilitar, y de ser posible, hacer caer uno de los bastiones de la izquierda latinoamericana.

El gobierno se apresura a calificar a los manifestantes de vándalos financiados por Estados Unidos que pretenden retornar al pasado, sin reparar que ese expediente está agotado, y que cada cual va a sacar sus propias conclusiones.

La primera vez que escuche a Fidel Castro citar a Lenin allá por 1962, invocó lo que debería ser un axioma: “La seriedad de un partido revolucionario se mide por la actitud ante sus propios errores”. Allá nos vemos.

La Habana, 23 de abril de 2018

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El presente artículo fue publicado por el diario ¡Por Esto! Al reproducirlo indicar la fuente.

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