martes, 23 de octubre de 2018

DE LA PLAZA BARRIOS, SAN SALVADOR, A LA PLAZA SAN PEDRO, ROMA

José Chencho Alas

La Plaza Barrios, frente a la catedral en San Salvador, se encontraba totalmente llena; ya no podía dar cabida a otra alma. Celebrábamos la “misa única” en honor al primer mártir de El Salvador, asesinado el 12 de marzo de 1977, Padre Rutilio Grande. “Misa única”, porque los sacerdotes no íbamos a celebrar la eucaristía en nuestras parroquias ese domingo 20 sino en la catedral con nuestro nuevo arzobispo, Mons. Oscar Arnulfo Romero.

Los días anteriores a la Eucaristía habían sido aciagos, cargados de hechos que iban a profundizar el enfrentamiento entre el gobierno-oligarquía-militares y la oposición que exigía el respeto a los derechos humanos, el fin de la represión, tierra y salud para todos. La muerte violenta de Rutilio, párroco de Aguilares, -una de las cincuenta o más parroquias comprometidas en el país- significaba tocar las fibras más íntimas de miles y miles de salvadoreñas y salvadoreños organizados o no para luchar por la justicia. De manera especial significaba tocar el corazón de Mons. Romero. ¿Cómo era posible que mataran a un hombre tan inocente? La única explicación que podía darse era que Rutilio había sido asesinado por ser un defensor de los pobres, particularmente de los campesinos asalariados de las haciendas que rodeaban Aguilares.

Todo cambió para Mons. Romero con el asesinato de Rutilio, -su gran amigo-, a pesar de ser un hombre reconocido por todos como conservador, de mal genio, introvertido, perfeccionista, quien prefería estar solo. Ricardo Urioste, quien fue su vicario general y amigo afirmó que cuando Romero decidía algo, era implacable y terco.

Su muerte le sumió en una profunda meditación. Después de su entierro le pedimos a Mons. Romero que el domingo 20 de marzo tuviéramos la mencionada misa única a la cual se oponían la mayoría de obispos de El Salvador, el cardenal Casariego de Guatemala, quien tenía poderosos amigos en Roma y desde luego, la oligarquía y los militares. El sábado 19 me encontraba pintando las pancartas que llevaban el nombre de cada parroquia, 136 en total, cuando llegó el Nuncio de su santidad el Papa. Me preguntó por el arzobispo y le respondí que no estaba. El Nuncio me entregó una carta y me dijo que se la diera tan pronto como regresara. Así hice. Monseñor se fue a su cuarto para leerla y como a los cinco minutos vino hacia mi y me pidió que la leyera. En nombre de Roma el Nuncio le pedía que cancelara la misa única. Mons. Romero me preguntó qué debía hacer y yo le respondí: “Recuerde lo que hemos afirmado en Cursillos de Cristiandad: Si tenemos un problema y no sabemos qué hacer, qué decisión tomar, lo mejor es ir a Jesús, hablar con El." Le sugerí que fuera a la capilla del Seminario y que hablara con El. Lo vi caminar despacio y calmado hacia el lugar sagrado. Aproximadamente una hora más tarde, retornando por el mismo corredor, monseñor vino hacia mi. Su rostro era sereno, de paz, una bella sonrisa adornaba sus labios. Me dijo: "Mañana estaremos todos en la catedral, celebraremos todos juntos la Eucaristía." Era el rompimiento con el pasado, la decisión tomada que le obligaba a definir su propia identidad, a aceptar su destino de pastor, de responsable directo de la herencia recibida.

Para mi, buscando una explicación de los sucedido ante el sagrario, me parece que Jesús le hizo ver que por encima de la obediencia a Roma está el bien del pueblo. Su concepto teológico de obediencia dio un vuelco. Dios está en el pueblo. Roma es solamente una intermediaria.

Para mí, esa fue la hora cero para Monseñor, la hora de su conversión. Una conversión que había comenzado quizá en Tres Calles, frente a la sangre de campesinos asesinados por la guardia nacional. Desde hacía algunos años le venía rodeando la sangre de nuestro pueblo clamando por su conversión.

La carta del Nuncio estaba llena de autoritarismo clerical. Por un momento creí que todo estaba perdido. Personalmente creo que monseñor tenía todo lo necesario para ser un sacerdote comprometido, al igual que muchos de los que trabajábamos en aquel entonces. Gente sencilla, inspirada, sacrificada, seguidores del Evangelio, del Vaticano II y de Medellín, conocedores de su pueblo.

Al llegar al altar para celebrar la Eucaristía monseñor tenía frente a él más de 100.000 personas que ocupaban el parque Barrios y calles aledañas.

Al principio de su predicación su discurso era lento, pesado, buscaba el giro de las palabras, se mostraba fatigado y sin querer enfrentar el reto de una muchedumbre que se encontraba de pie. No era fácil dar el salto del hombre dadivoso a profeta. El profeta es como el alma del pueblo, conoce sus angustias y presiones y lleva la esperanza de Jesús muerto y resucitado a todos. Aquel pueblo se lo pedía. Poco a poco se dejó llevar por el espíritu del pueblo y comenzó a denunciar el pecado, las estructura de pecado, el crimen, y a anunciar el Reino, movido por el Espíritu de Dios. Fue el momento de su confirmación. Invadido por ese Espíritu se convirtió para siempre en profeta. Aceptó algo más que el martirio. Desde entonces comenzó a vivir las angustias y las esperanzas de El Salvador. Hizo suyo el llanto de la viuda, el pan que pide el huérfano, la libertad que busca el joven, la lucha de una nación, y le dio la trascendencia que le viene del Reino. Yo diría que su primera reacción después de la Eucaristía del 20 de marzo fue sumergirse en el pueblo, sentir su nueva presencia, bañarse de su vida, beber de su palabra y de sus hechos. Es como la celebración de un nuevo bautismo.

Octubre 14 de 2018

Cuarenta y un año después Mons. Romero se encuentra en otra plaza, frente a una multitud venida de los cuatro puntos cardinales de la Madre Tierra para celebrar su canonización, en la plaza San Pedro, en Roma. El papa Francisco urbi et orbi lo proclama SANTO.

SANTO,
  • Por su relación íntima y profunda con el Dios de la Vida.
  • Por haber hecho de los pobres su misión preferencial.
  • Por dedicar su palabra a defender a su pueblo de toda opresión, de toda injusticia.
  • Por su defensa de los derechos humanos.
  • Por aceptar conscientemente el martirio, sabiendo de antemano que iba a ser asesinado por los seguidores del injusto histórico, el mayor Roberto D’Abuisson.

Austin, Tx. 22 de octubre de 2018

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