lunes, 12 de noviembre de 2018

LO QUE BOLSONARO NO PUEDE


Jorge Gómez Barata

En América Latina, donde en el contexto de la II Guerra Mundial apenas hubo influencia y presencia fascista, aunque quisiera, Jair Bolsonaro no la podría establecer. El fascismo no es resultado de un hecho individual, sino fruto de un contexto, una ideología a partir de la cual se construyen liderazgos y se diseñan sistemas políticos incompatibles con el liberalismo, el socialismo, la democracia, y los preceptos acerca del estado y del derecho que forman las esencias de la cultura política de occidente.

El éxito ideológico del fascismo en Europa y Japón se explica porque sobre un fondo de crisis estructural, Hitler y Mussoline lograron demoler el sistema político y la administración de justicia basada en la democracia liberal.

El fascismo doctrinario es refractario a la institucionalidad, especialmente a cualquier manifestación de democracia, no tolera la separación de poderes, el parlamentarismo, ni la independencia del sistema judicial, y practica “tolerancia cero” frente a la prensa privada, libre, o independiente. Ningún fascista conviviría con una oposición legítima y beligerante, y por supuesto, no se somete ni acata resultados electorales.

A pesar de que los aliados realizaron una ocupación blanda de Alemania y Japón, limitándose en Francia, Italia, y el resto de Europa Occidental a restablecer las condiciones anteriores a la guerra, y condujeron la desnazificación de modo tolerante, después de Hitler, Mussoline, y Hidehki Tojo, ningún líder de derecha europeo o asiático logró reflotar la ideología fascista.

Aunque en la postguerra el revanchismo y el neofascismo intentaron levantar cabeza y hubo gobiernos de derecha y ultra reaccionarios, en setenta y tres años no se ha establecido en Europa o Asia ningún régimen fascista. Incluso, en países del Tercer Mundo, donde el pensamiento liberal no llegó a arraigar, la democracia y la izquierda sobrevivieron a feroces dictaduras como las Somoza, Suharto, Mobutu, Idi Amin y Augusto Pinochet.

 Aunque obtener casi cincuenta millones de votos y sobrepasar al adversario más cercano en diez puntos confieren a Jair Bolsonaro, presidente electo de Brasil, una legitimidad incuestionable, y las posibilidades para actuar como un virtual “rey sin corona”, hay cosas que no puede hacer, entre ellas revertir el curso de la historia.

Por extensión, a los fines de la propaganda política, se llama fascista y se compara con Hitler a cualquier sátrapa que llega al poder de modo irregular y ejerce el gobierno de modo brutal. Aunque se trata de epítetos que se tienen bien merecidos, no llegan a ilustrar una comparación precisa con el fascismo y el nazismo. Por otra orilla la derecha llamaba comunista a cualquier líder popular, liberal, o crítico de la oligarquía, que no había oído hablar de Carlos Marx ni leído el Manifiesto Comunista.

Con casi la mitad del electorado a su favor, la izquierda brasileña, igual que la de otros países donde han perdido las elecciones presidenciales, como la de Argentina y Ecuador, pudiera ejercer una oposición eficaz y contundente, redefinir sus plataformas, y reconstruir sus bases políticas y sociales, forjar nuevas alianzas, y definir metas compartidas.

En esos procesos deberían enmendar los errores en que incurrieron cuando detentaban el poder, evitando especialmente la corrupción, la sacralización de los liderazgos, y el clientelismo. Es preciso además evadir la tendencia a ejercer la crítica desde posiciones ideológicas con frecuencia abstractas, y ejercer la oposición de oficio. En Argentina y Ecuador la izquierda erró al elegir sus candidatos, y en Brasil se esperó demasiado para seleccionar el relevo de Lula.       

Creer que Bolsonaro pudiera cambiar la historia, y revertir los sustratos ideológicos creados en las luchas de masas y de liberación nacional de los últimos tiempos, incluidos el bolivianismo y el fidelismo, es exagerar las posibilidades de la derecha, y subestimar las fuerzas propias. No se trata de convertir epítetos en consignas, ni de esperar que el ciclo de otra vuelta u otra oscilación del péndulo, sino de actuar con madurez e intentarlo una vez más, y hacerlo de un modo mejor. Allá nos vemos.

La Habana 12/11/2018

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El presente artículo fue publicado por el diario ¡Por Esto!

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