martes, 7 de julio de 2020

NINGUNA ADVERSIDAD FRENARÁ A LA HUMANIDAD

Jorge Gómez Barata

El auge de los conocimientos y las facilidades creadas por las nuevas tecnologías de la información, han posibilitado que alrededor de la COVID-19 se elaboren una enorme variedad de tesis. Entre tantas, me parece errada la que sostiene la pandemia posee potencial para descartar la globalización y hacer que la humanidad regrese a las “soluciones nacionales”.

El error consiste en asumir la globalización como un hecho corriente cuando se trata de un peldaño en los procesos civilizatorios, como un día lo fueron la creación del mercado mundial de bienes, fuerza de trabajo, tecnologías y dinero, generado por la imbricación de las economías de Europa, el Nuevo Mundo y África, la Revolución Industrial y el advenimiento del capitalismo y la democracia. 

Por otra parte, es preciso tener en cuenta el mundo global es una arquitectura en desarrollo que si bien no estará completa hasta tanto haya una cierta nivelación entre países y regiones, puede convivir con grandes asimetrías. Para que sus ciudadanos sean razonablemente felices, Nigeria no necesita alcanzar el nivel de Gran Bretaña. 

Se trata de procesos que han soportado las deformaciones entronizadas por el neoliberalismo y cuyo avance ha sido favorecido o frenado por hechos puntuales, y por el desempeño de líderes que ocupan roles decisivos. La sensatez de Deng Xiaoping quien arrojó el lastre remanente de la era soviética impulsando el progreso de China que es una de las fuerzas impulsoras de la globalización. 

En sentido contrario, la revisión del papel de los Estados Unidos realizada por el presidente Donald Trump, son evidencias de que el más importante cometido histórico de la actualidad, todavía corre peligros. 

La base de la globalización y sus resultados tangibles, no son quimeras ni acciones imperiales, sino procesos económicos, tecnológicos y culturales que, irradiando desde los grandes centros de poder y de desarrollo, han creado interrelaciones y encadenamientos de todo tipo cuya racionalidad intrínseca favorece las transferencias tecnológicas y los intercambios que coadyuvan a la unidad del mundo y también a su interdependencia. 

La globalización beneficia tanto a las economías subdesarrolladas, a los países emergentes y a los centros de poder, lo cual conduce espontáneamente a un consenso mundial. De alguna manera se perciben mutaciones que modifican las actitudes imperiales que en el pasado caracterizaron la relación de los grandes centros de poder con el resto del mundo. Son notorias, tanto la influencia positiva de China como la retranca de los Estados Unidos, gobernados por Trump. 

Sin provocar mayores tensiones políticas, de modo indoloro, China cuya relación con América Latina es cada vez más intensa, está participando en la refundación de África, estimulando demás el progreso de, prácticamente todas las economías emergentes. 

No caben dudas de que eventos negativos de la trascendencia de la COVID-19 y el revisionismo de Trump, si bien pueden retrasar algunos procesos, carecen de potencial para detener la globalización en su conjunto. Creer que ello ocurrirá es tan errado como hubiera sido frenar la Revolución Industrial o pretender “desinstalar” el capitalismo cosa que hizo a la Unión Soviética y a los países del socialismo real perder la mejor oportunidad que tuvo el socialismo de avanzar a escala global. Allá nos vemos.

 

La Habana, 05 de julio de 2020


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El presente artículo fue publicado por el diario ¡Por esto!


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