sábado, 1 de agosto de 2020

La masacre en la prisión del Príncipe

EN EL 61 ANIVERSARIO 

Por iniciativa de Armando Hart, que en esta cárcel aguardaba su traslado a la llamada 'prisión modelo' en Isla de Pinos, los presos políticos en la cárcel y el Vivac, acompañados de no pocos presos comunes, habíamos cantado a medianoche del 25 de julio, en el centro de la capital, el himno nacional y el del 26 de julio

Armando Hart, junto a la hija y nietos del autor, en el aniversario 55 de la masacre de El Príncipe (Foto del Autor) 

Por GIRALDO MAZOLA 

Con voz entrecortada, el locutor del Circuito Nacional Cubano, CNC, Eddy Martín, lee en el noticiero nocturno del primero de agosto de 1958 el primer y único parte oficial elaborado por la tiranía de un supuesto motín en la prisión del Príncipe ese mismo día. Eddy, liberado unos días antes, se había reincorporado a su trabajo en la emisora. 

El parte felicita a las fuerzas del orden que lograron con su pronta actuación reducir y controlar un motín en la referida prisión. Anuncia el inicio de una causa contra una veintena de forajidos que serán juzgados por actividades terroristas al destruir propiedades en la cárcel y el Vivac, atacar y herir a varios miembros de la guarnición y a quienes se les ocuparon varias armas de fuego y explosivos. En el incidente murieron tres detenidos nombrados Roberto de la Rosa, Reinaldo Gutiérrez y Vicente Ponce Carrasco y hubo además 15 heridos. Al mencionar este último nombre la voz de Eddy se quiebra, tartamudea y se hace más aguda la gravedad del timbre. Ambos forjaron una amistad y hermandad en la prisión que parecía sería eterna. 

Al escucharlo en el propio Vivac, apiñados alrededor de un radio de pilas, que increíblemente escapó a los destrozos y el adicional saqueo de las pocas propiedades que teníamos, era indignante oír tal cantidad de mentiras de esa barbarie que dejó el saldo de tres asesinatos y una veintena de heridos. 

¿Por qué se produjo aquella masacre? 

La ofensiva contra la Sierra Maestra después del fracaso de la huelga de abril se había transformado en una contraofensiva de las fuerzas revolucionarias. Allá, en el frente principal, el curso de los acontecimientos tomaba el derrotero irreversible que condujo a la victoria el primero de enero de 1959. Allí se decidió el futuro y la tiranía estaba estratégicamente derrotada. Esa era la médula de la cuestión. 

En la capital las medidas adoptadas por el régimen contra los prisioneros en detención preventiva tampoco habían dado resultado. La designación de algunos jueces venales para que procedieran a condenar a los acusados y así remitirlos para el Presidio Modelo en Isla de Pinos, fracasó. El enfrentamiento de los que eran presentados a juicio convirtiéndose de acusados en acusadores irritaba a los que calcularon que podrían amedrentarnos imponiéndonos años de cárcel.

Vicente, Reinaldo, y Roberto, caídos en la masacre del Príncipe. (Foto: EduRed) 

Por iniciativa de Armando Hart, que en esta cárcel aguardaba su traslado a la llamada ‘prisión modelo’ en Isla de Pinos, los presos políticos en la cárcel y el Vivac, acompañados de no pocos presos comunes, habíamos cantado a medianoche del 25 de julio, en el centro de la capital, el himno nacional y el del 26 de julio. 

Estábamos jubilosos porque los familiares que nos visitaban comentaban que muchas personas decían que fue una actividad audaz y la elogiaban. Supimos después que había irritado a los jenízaros capitalinos que deseaban castigarnos de algún modo. 

No sabían que la convivencia de tantos revolucionarios de distinta procedencia política posibilitó que prevaleciera una corriente unitaria, no sectaria, y que se fueran quedando aislados los elementos divisionistas. Entre esas paredes, poco a poco se fue forjando la unidad que Fidel magistralmente consolidó después y que constituye el basamento de toda la obra de la Revolución. 

El 31 de julio habían trasladado arbitrariamente a la cárcel del propio Castillo del Príncipe a una treintena de prisioneros del Vivac, aludiendo que estábamos muy hacinados. Eso no había sucedido antes, y nos parecía que querían descabezar la dirección interna que teníamos o poner a los que consideraban más revoltosos en condiciones de mayor control. Especulábamos con las posibles causas de esa decisión de la dirección del penal pues dejaron muchos compañeros valiosos y combativos en el Vivac y ello no nos permitía validar esas hipótesis. También supimos después que fue la primera medida de castigo por la serenata. El ambiente se estaba caldeando. 

Se produjo el 1ro de agosto una situación explosiva por la suspensión de las visitas con el pretexto de un incidente ocurrido en la cárcel. Desde abajo en la cárcel nos gritaron nuestros compañeros demandando que los secundáramos en la protesta que iniciaban porque habían maltratado a los visitantes que acudieron ese día. Al rato, la protesta originada abajo se extendió. Protestaban los familiares afuera y los prisioneros dentro.

Con José Antonio Rabasa (a la izquierda), en el aniversario 55 de la masacre del Príncipe (Foto del Autor) 

Tanto en el Vivac como en la cárcel se bloquearon los accesos con cuanta cosa aparecía, incluso con literas, y se empezaron a quemar colchonetas. En el Vivac se también se bloqueó la puerta de la escalera al retirarse la guarnición y quedamos momentáneamente dueños de todo el recinto. 

Desarmamos literas para disponer de tubos con que defendernos, demolimos paredes internas para tener piedras como proyectiles. De inmediato empezó la represión. Del patio de la cárcel tiraban a los ventanales con fusiles y ametralladoras y con una 30 que emplazaron y cuyas ráfagas obligaban a agacharse. En la entrada del comedor se pusieron uno encima del otro los bancos utilizados para sentarnos en el almuerzo y la comida. 

No demoró mucho la llegada de los esbirros más connotados de la capital que acudieron con la flor y nata de sus asesinos y la balacera contra los prisioneros se incrementó. 

Cuando al fin los sicarios penetran al Vivac, después de habernos baleado a través de las ventanas y patios, se reinicia la balacera desde la entrada del pasillo y llegan hasta el cruce de los llamados Cuatro Caminos, por ser la entrada de cuatro galeras. 

Allí, un cabo del SIM asesina con una ráfaga a quemarropa, en la entrada de la galera 2, a Vicente Ponce, penetra el cubículo, lo remata y dispara a mansalva contra todos los detenidos. Otros esbirros lo secundan. De la Rosa cae fulminado instantáneamente y Reinaldo, con varios impactos en el pecho, avanza hacia ellos hasta que se desploma. Un grupo de heridos yace entre las literas mientras instintivamente otros tratan de agazaparse eludiendo la plomiza. Los sicarios disparan hacia los parapetos del comedor y se aprestan a avanzar para continuar la matanza. 

Al fin se detiene el tiroteo contra los detenidos desarmados y  permiten que los heridos y muertos sean trasladados a la enfermería. 

Al rato, se van retirando los sicarios y la policía de la prisión nos va retirando por grupos a las respectivas galeras, donde nos encierran. 

Aunque también me encerraron en una galera logré salir, después de muchas negociaciones, aludiendo a mi condición de “enfermero.” No había ningún médico detenido y Alipio Zorrilla y yo, únicos estudiantes de medicina, tratábamos de atender a nuestros compañeros en la enfermería. Alipio ya no estaba pues fue uno de los que enviaron a la cárcel y ese era un argumento más para poder salir. Me “curé” con agua la herida del balazo en la cabeza, me prestaron unas chancletas y me vestí con un pulóver y un pantalón que encontré y que me quedaban grandes. También curé con agua a otros heridos pues el mertiolate y alcohol de la enfermería lo usamos para prender las colchonetas. Ya se habían llevado los muertos y algunos heridos. 

Temíamos que a los heridos los llevaran al hospital de la policía donde no sabíamos si realmente los iban a atender o los asesinarían y prevaleció nuestro criterio de que sólo salieran los heridos que debían realmente recibir atención hospitalaria y las heridas menores, como la mía, ventilarlas entre nosotros. A los jerarcas de la policía les daba lo mismo pues ya habían logrado castigarnos. 

Al triunfar la revolución se logró detener al asesino de Vicente Ponce. Parecía un alma en pena. Se entregó mansamente y sin resistencia. La desmoralización le quitó la arrogancia y altanería. Hablaba bajito, aunque se podía apreciar su primitivismo. Fue detenido e interrogado. Varias personas dijeron que se jactaba de haber matado a tres compañeros en el Vivac. Lo reconoció con desparpajo. Ya era teniente pues aquel acto le valió dos ascensos en pocos meses. En su calabozo se fue desmoronando y le temblaban las manos cuando le trajeron la comida. Por un descuido no se le quitó la corbata cuando se le desarmó y se le retiró el cinto. Amaneció ahorcado, colgado con ella de la ventana. 

También meses después de la victoria Eddy Martin cometió un soberano  “libretazo” pues no lo consultó con nadie. Había mandado a dibujar en una sábana un retrato de Vicente a partir de una foto de carné. Alfredo Yabur, que fuera abogado de muchos de nosotros y ahora Ministro de Justicia, se había comprometido a hablar en el sencillo acto que había organizado y se efectuaría después de la ronda de boxeo ese día. Por un imprevisto urgente fuera de la capital, Yabur no llegó a tiempo. Eddy Martín tuvo que convertirse en el orador.

Monumento a los asesinados en la masacre del 1 de agosto de 1958, en la prisión del Castillo del Príncipe./ Foto: granma.cu) 

También ese día se le entrecortó la voz, casi tartamudea y el tono grave de su tonalidad se alteró cuando anunció con solemnidad y mucho orgullo que a partir de ese momento “se había decidido” que el Frontón de Jay Alay de Concordia y Consulado, se denominaría, a partir de ese momento, Vicente Ponce Carrasco, en homenaje a un joven revolucionario cuyos sueños y sanas ambiciones fueron cercenados brutalmente, pero cuyas virtudes y ejemplo vivirían eternamente. 

Un laboratorio en Boyeros y una escuela en San Miguel del Padrón llevan el nombre de Reinaldo, pero para muchos cada vez que oímos a Carbonell recitando recordamos a aquel mulato fornido y fuerte que jovialmente declamaba imitándolo con acierto y gracia. 

No se aun hoy si existe alguna fábrica o escuela que lleve el nombre de Roberto de la Rosa. Muchas veces me prometí ocuparme de rectificar este involuntario olvido, si es que es así, pero confieso que me acordé de él cuando nació mi primer hijo pues cuando lo balearon mortalmente atinó a decir con preocupación instintiva “Ay, mis hijos” pensando tal vez en el futuro de esos niños en vísperas de su muerte. 

Pero creo que su monumento definitivo no es ponerle su nombre a una obra, sino que ese es la propia Revolución por la que murió, la que les garantizó a ellos y a todos los niños de entonces y de ahora un futuro seguro. 

Nota: José Antonio Rabasa estaba detenido también en el vivac aquel día. Lo encarcelaron porque dirigía una célula del MR-26 que le mandaba a Camilo suministros  durante la invasión. Fue torturado salvajemente y lo colgaron para ahorcarlo tres veces. Al triunfo fue capitán y ayudante de Camilo hasta su desaparición. Luego pasó a trabajar al MINREX donde fue agregado cultural en Italia (aprendió el italiano en la cárcel), encargado de negocios en Grecia donde repelió solo un intento de penetración en nuestra misión durante la dictadura de los coroneles y después funcionario de multilaterales donde durante 10 años con Pelegrín Torras atendió la negociación del derecho del mar.

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